Diorama; semillero cultural
En el marco del centenario de El Periódico de la Vida Nacional, que se cumple hoy, presentamos un texto que da cuenta del nacimiento y desarrollo de uno de los suplementos que marcaron época en el siglo XX
CIUDAD DE MÉXICO.
“Que los mexicanos TOMEN CONCIENCIA DE SU PROPIO SER para que descubran que virtualmente no son inferiores a ningún otro pueblo de la tierra”. Este fue el principal objetivo que dio vida hace 68 años a Diorama de la Cultura de Excélsior, según se apunta en su primer número.
“Y que podemos igualarlos y aún superarlos si en ello ponemos nuestro empeño y situamos como primera virtud EL TRABAJO, que habrá de ser acompañado por EL ORDEN y LA CONSTANCIA”, prosigue el texto que presentaba ante los lectores la nueva sección dominical de tres hojas.
Fue el 4 de diciembre de 1949, cuando El Periódico de la Vida Nacional anunció en la página 5 de “Modas. Clubes. Sociedad y eventos varios” su apuesta por dar un espacio fundamental a la cultura y al arte.
“En este número empieza a enriquecerse la sección de difusión cultural de
Excélsior con la creación de nuevos sectores que están a cargo de distinguidos escritores, pensadores y hombres de ciencia”, se explica.
El editorial agrega que se le puso el nombre de Diorama de la Cultura “para dar a entender con claridad cuál es su objetivo: mostrar al gran público de México en amplias líneas de conjunto el estado actual de nuestra cultura”.
El diario dirigido en ese entonces por Rodrigo de Llano concebía a la cultura como el territorio donde se forman los valores éticos, por lo que desde su primer número hace una sugerencia.
“El lema que cada mexicano debe poner al frente de su escuela, de su fábrica, de su laboratorio, de su oficina, de su campo, de la mina, de la banca y de su comercio son estas palabras cuya magia creadora solamente se va manifestando con el tiempo: TRABAJO, ORGANIZACIÓN Y PERSEVERANCIA”.
Y se aclara que “nuestra misión quedaría incompleta si no hacemos una sana crítica a la labor política, económica y social de nuestros gobernantes”.
Esta visión integral de la cultura se confirma en el recuadro que detalla los temas que se abordarán y los colaboradores que escribirán, ya renombrados pensadores: en historia, Silvio Zavala; en filosofía, Samuel Ramos; en literatura, Julio Jiménez Rueda; en artes plásticas, Margarita Torres de Ponce; y, en música, José Barros Sierra, por citar sólo algunos.

Se advierte que también se tocarán temas como conocimiento del hombre, educación, antropología social y sociología mexicana. Es decir, se propone reflexionar sobre la cultura más allá de las bellas artes.
El artículo principal del primer número de Diorama de la Cultura se tituló “Cuauhtémoc en las letras mexicanas” y lo escribió el dramaturgo y diplomático mexicano Julio Jiménez Rueda.
Pero fue la música la que tuvo una presencia importante ese día: Carlos Díaz Du-Pond dedicó un texto a Luis Moctezuma, José Montes Esteves reseñó una ópera que se presentó en el Metropolitan de Nueva York, la que se publica con tres fotografías; se incluyó también la “Carta de
Schostakovich”, de Salomon Kahan, y “Junius” detalló el “Final de temporada de la Sinfónica Nacional”.
Además de la vocación internacional que la sección tuvo desde el primer número, también se le dio un buen lugar a la danza y a las artes plásticas: Se anunció la temporada en Bellas Artes de la coreografía El pájaro y las doncellas, de Ana Mérida, con tres fotografías; y la exposición La Ciudad de México interpretada por sus artistas, se desplegó con seis imágenes.
Y destacaron dos columnas: “Pro y contra”, del doctor Álvar Carrillo Gil, futuro coleccionista, y “Pintores, pintorerías y pintoretas”, de Roberto Furia.

El suplemento
Diorama de la Cultura continuó ocupando cada domingo, durante casi 20 años, tres de las 12 páginas que poseía “Modas. Clubes. Sociedad y eventos varios”. Su numeración correspondió siempre a la del periódico; no tuvo numeración propia ni un consejo de redacción independiente.
Entre semana, “Modas…” fue dando poco a poco cabida a las noticias culturales —conciertos, exposiciones, presentaciones de libros, premios, homenajes—, sólo que sin el cabezal mencionado y diseminadas entre toda su información. Pero el domingo se construía una sección cultural en forma.
Así, el 19 de enero de 1969 Diorama de la Cultura dejó de ser una sección dominical y se transformó en el suplemento cultural Diorama, por lo que se presentó separado del resto del diario, en tamaño tabloide y con 14 páginas.
Ese mismo año, el 7 de diciembre, se publicó una edición especial de Diorama, cuya portada fue hecha ex profeso por el artista plástico José Luis Cuevas, a manera de homenaje por los 20 años de vida de Diorama de la Cultura.
“Diorama cumple, pues, dos décadas de servir a los intereses de la cultura, a lo largo de los cuales ha tratado de dar testimonio del conjunto de ideas vivas de que debe nutrirse el hombre que realmente desea pertenecer a su tiempo”, se lee.
En el número del 11 de enero de 1970, el suplemento apareció por vez primera con su directorio propio. En un recuadro, en páginas interiores, se notificó que Julio Scherer era el director general del periódico, y Pedro Álvarez del Villar el responsable del suplemento. Las portadas eran generalmente del caricaturista peruano Oswaldo, y eventualmente de Cuevas.
Retomando la experiencia como sección dominical, Diorama se consolidó rápidamente durante la década de los 70 de la pasada centuria. Se daban a conocer adelantos de Último round, el nuevo libro de Julio Cortázar, poemas de Pablo Neruda, Susan Sontag escribía “¿Por qué y cómo hice mi primera película?” y Raquel Tibol entregaba “La función de la crítica en Latinoamérica”.
Se fueron incorporando como colaboradores Jorge Ayala Blanco, José Antonio Alcaraz, Emilio García Riera, Alberto Dallal, Fernando Curiel, Maruxa Vilalta, Héctor Azar, Esther Seligson, Luis Cardoza y Aragón, Salvador Elizondo, Rosario Castellanos, Marta Traba con sus exclusivas desde Montevideo, Miguel Ángel Granados Chapa, Hugo Gutiérrez Vega, Miguel Ángel Asturias desde París, y Ricardo Garibay.
Destacó la aparición, el domingo 5 de agosto de 1973, de la columna “Inventario”, del entonces joven poeta José Emilio Pacheco, que él escribiría durante 40 años y sería considerada “La Biblia del periodismo cultural”.
En cada entrega se incluyeron traducciones, ensayos literarios, poesía, cuento breve, crónica y textos sobre artes plásticas y música, además de comentarios sobre publicaciones y escritores.
A partir de agosto de 1973 el escritor Ignacio
Solares fue el responsable de la edición por un lapso de tres años, pues dejó esta responsabilidad en julio de 1976, con la salida de Julio Scherer de Excélsior.
De hecho, la mayoría de los colaboradores que se formaron en las páginas de este suplemento fundó con el equipo de Scherer la revista Proceso. Magdalena Saldaña fue la nueva encargada a partir de enero de 1977.
Diorama dejó de existir el 3 de octubre de 1982. Sin embargo, las semillas sembradas y cultivadas durante 33 años, si se cuenta desde que nació como sección dominical, rindieron frutos no sólo en El Periódico de la Vida Nacional, sino en otras publicaciones, que se nutrieron e inspiraron en esta singular propuesta.
Excélsior renovó su apuesta por la cultura dos años después, cuando nació el suplemento El Búho, que se publicó hasta 1998.
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