Ida Vitale, traducir poesía, el reto vital
La poetisa, ensayista y traductora uruguaya, quien está a punto de cumplir 91 años, regresa al país que le dio refugio durante una década, para participar en la XIV Feria Internacional del Libro del Zócalo
CIUDAD DE MÉXICO, 18 de octubre.- La memoria de la poeta uruguaya Ida Vitale (2 de noviembre de 1923) es un laberinto con pasadizos secretos. Su voz dicta una obra de teatro y, entre risas, cuenta la historia de su vida mientras se cruza una centena de nombres y fechas que van de la poesía al riesgo de su traducción, la música clásica, el exilio, la decadencia de los lectores, la mala educación y hasta el día en que hipnotizó a una lagartija.
Lo primero que recuerda es su llegada a la Ciudad de México, en 1974, para lo cual prepara un libro que posiblemente publicará el siguiente año con la editorial Penguin House Mondadori. “Debí traerlo terminado, pero por muchas razones no me fue posible. Sin embargo, puedo decirte que cuando llegué a México, lo primero que me impresionó fue la apertura de este país al extranjero, su amabilidad y la idea de que no tuvieran fronteras espirituales.”
Detrás de sus anteojos negros, la poeta oculta el cansancio de sus casi 91 años y el viaje en avión que la trajo de Austin a esta ciudad, donde se presenta en la XIV Feria Internacional del Libro del Zócalo. Su cuerpo menudo se acomoda en un silloncito, en el lobby del hotel NH del Centro Histórico y sonríe.
“Bueno, la poesía es como una mariposa… con alas de libertad”, dice la poeta y traductora, quien de inmediato recuerda su Mariposa, poema de 1998, donde escribió: “En el aire estaba / impreciso, tenue, el poema. / Imprecisa también / llegó la mariposa nocturna,/ ni hermosa ni agorera…”
¿Igual que Octavio Paz, se inclinó por el reto de la traducción?
Sí, pero lo importante ahí es ser fiel. Ése es el primer reto, porque puedes saber mucho de la otra lengua, pero lo esencial es dominar el español. Además, el mayor problema no es la traducción de novela, obra de teatro o ensayo, sino de poesía. Ahí la lengua no importa, sino el ritmo del poema.
¿Es difícil atrapar el ritmo dentro del poema?
Sí, y tengo la experiencia con un poema de Apollinaire que se llama El puente Mirabeau, que tradujo Paz. Es un poema que tiene sus trampitas en un estribillo y en la última estrofa que siempre fue un reto, pues me llevó diez años encontrar una palabra que me hacía falta para el último verso. Como sabes, ese poema alude al puente de donde se arrojó muchos años después el poeta alemán Paul Celan.
¿La música tiene que ver con el poema?
Eso dicen, pero son cosas distintas. Tengo buena memoria para la música. La música es la clásica y lo otro es ruido, aunque el folclor me gusta cuando es bueno. Aunque la música necesita de la nota más que el poema de la letra.
“Ahora escribo más. Antes era difícil por los hijos, la casa… y la vida. Pienso en Honoré Balzac, que escribía con un lapicero mojando en tinta, a mano y todo lo que hizo, pero ¡claro!, él no tenía televisión, radio… ni periodistas (sonríe).”
¿La poesía es una forma de aligerar la vida?
Quienes escribimos tratamos de sustraernos un poco a eso. La poesía complica mucho al poeta si no tiene un poco de conciencia sobre lo que escribe. Creo que el poeta tiene que sentirse responsable de lo que hace. A mí no me duele la poesía, pero me absorbe. Aunque luego el tiempo te dice que no valió la pena tanto trabajo (ríe), pero de alguna manera nos ayuda a sacar algo de adentro.
Lagartija suicida
La poetisa recuerda un viaje que hizo a Cuba a finales de los años 80, cuando hipnotizó a una lagartija. “Sí, soy culpable del suicidio de una lagartija. Hace muchos años yo estaba en Cuba y me subí a lo alto de una piedra muy caliente, donde estaba una lagartija medio dormida. Entonces empecé a tocarle la barba y se dejó. De pronto, ¡zum!, cayó al vacío.
“A partir de esa experiencia escribí un libro llamado Donde vuela el camaleón (1996), el cual tomé de Leonardo da Vinci, así que no soy responsable del error de imaginar un camaleón que vuela”, explica la autora de libros como El ejemplo de Antonio Machado, El abc de Byobu y Reducción del infinito.
¿Cómo enfrenta hoy el acto de escribir?
Escribir es una obligación conmigo misma, es un hábito… aunque si fuera un verdadero hábito lo haría con más normalidad, pero ya son muchos años. Pero dejar de escribir sería como si alguien me dijera que debo cambiar de nombre, de familia, de casa o trabajo. Aunque ahora ya no tiene tanto sentido publicar.
¿Hay algún libro que le gustaría rescatar del olvido?
Tengo un libro que ha tenido muy poca resonancia y es al que más quiero. Me llevó mucho trabajo y lo hice muy divertida, aquí lo publicó la editorial Paidós y tiene por título De plantas animales: acercamientos literarios. En ese entonces me propusieron escribir alguna cosa que no tuviera que ver con la literatura, como un hobby y se me ocurrió eso.
¿Qué tan íntimo es su poema Cultura del Palimpsesto?
Habla sobre mi país y me vino muy bien para aludir la superposición y la tergiversación de palabras, de lo que se dice y no es totalmente cierto, como sucedió con la simpatía de los uruguayos con los Tupamaros, quienes más tarde sumieron a Uruguay en un profundo silencio.
¿Otro poema muy personal es Exilios?
Sí, porque el mundo siempre ha estado lleno de exiliados que van de un lado a otro. Yo nunca hablé de exilio respecto a mi país, porque llevo una guerra interna con Uruguay, pero trato de no llevarla adelante de todos, quizá no con el Uruguay, sino con ciertos políticos, porque estaría muy mal estar en contra del país que me formó con sus grandes maestros.
¿Le parece que ha decaído la educación?
Sin duda. Y la mayor lección me la ha dado mi nieta. Un día le pregunté quién era su profesora de literatura. Ella respondió que no sabía. Le pregunté por la del curso anterior y me dijo lo mismo. Le insistí con la de historia y repitió la misma respuesta. Entonces le dije que yo recordaba el nombre de todas mis maestras y profesores. Pero ella me miró y sólo dijo: “Serían buenos, abuela”.
“Eso resume la situación actual. Es claro que hoy las personas se han llenado de aparatitos que son una excusa para alejarse de la poesía y de la naturaleza, que es mucho más importante, así que hoy la ley de Malthus ya no parece un disparate.
¿También ha dicho que el vocabulario se ha limitado?
Es así. Lo que me molesta es cuando se inventa algo y después todos lo usan. Un ejemplo: en Uruguay se puso de moda la palabra ‘impactar’, como cuando un meteorito impacta la Tierra. Pero luego todos la usan: ‘el jugador impacta la pelota’ o la gente se siente impactada si llueve… Cuando algo se convierte en un abuso, sólo demuestra nuestra pobreza de lenguaje.
¿Usted ha equiparado la poesía con la mariposa?
Te refieres al poema Mariposa, poema. La poesía es como una mariposa… Ese poema lo escribí en México y nació de un hecho concreto. Nunca he visto una Monarca, pero puedo decir que siempre existirá un poema para cada situación. La verdad es que la naturaleza me toca mucho, porque es una gran compañera en cualquier lugar del mundo. La naturaleza es una manifestación que te saca del pozo.
“Por ahora me preocupa más los cambios del idioma, como esos neologismos del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Pienso que podemos agregar palabras con tino, pero no por eso deben ponerse en circulación palabras que no tienen nobleza; una palabra tiene que ser bien nacida y no una improvisación”, concluye.
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