Colonia Industrial, una cápsula en el tiempo
A sus casi noventa años de vida, mantiene el agradable sabor y la convivencia del barrio tradicional
CIUDAD DE MÉXICO, 25 de julio.- Un barrio sano, señalan los especialistas en urbanismo, es aquel donde persisten los habitantes originarios y sus descendientes, tiene redes tejidas entre sus vecinos, y cualquier satisfactor (abasto, servicios, parques, escuelas) se encuentran a una distancia que pueda recorrerse a pie.
Los negocios deben ser atendidos por los propios dueños que, de preferencia, sean vecinos de la colonia, dicta la ortodoxia barrial.
La colonia Industrial cumple con esas características; además, cuenta con parques, está rodeada de ejes viales, del Metrobús, Metro, y en los últimos años, paulatinamente se ha llenado de cafés, pequeños restoranes y una inmensa oferta de oficios.
Ubicada en el norte de la Ciudad de México, la Industrial aún es ajena del boom inmobiliario que ahoga a colonias como la vecina Lindavista, y está lo suficientemente lejos de la zona centro para desincentivar hasta ahora a quienes quieren mantenerse a tiro de piedra de la Roma, Condesa, o Narvarte.
A finales del porfiriato e inicios de la Revolución, la nueva clase media mexicana comenzó a poblar barrios como San Rafael y Santa María la Ribera. Posteriormente fueron fraccionadas la Nueva Santa María y la Industrial.
La colonia fue trazada con un eje que tiene como vértices los parques María Luisa y María del Carmen. Es en este segundo donde se encuentra la fecha de fundación de la colonia, 1926, en una fuente de mosaicos que tuvo mejores años, y que actualmente se encuentra llena de basura y agua estancada.
Andar a pie por la Industrial es entrar a una especie de cápsula de tiempo que aún depara sorpresas anuladas en otros barrios, como esa tlapalería de Necaxa y Buen Tono, con sus pesados exhibidores de vieja madera y decenas de manos de pintura; el letrero oxidado de la reparadora de calzado “El Reformatorio”, envidia de cualquier coleccionista vintage, de esa casona del parque María Luisa y Rómulo Escobar que podría ser sede de un hotel boutique, o de ese espléndido taller de reparación, limpieza y creación de candiles que funciona desde hace 38 años.
Coqueto, es la palabra con que Fernando, vecino de la calle Eureka, califica a este barrio de casonas viejas y descascaradas (algunas), con bóvedas, enormes escaleras, vitrales y calles con nombres de empresas que evocan tiempos de grandeza, donde conviven puestos callejeros con modestos cafés, restoranes, confiterías y expendios de cerveza artesanal.


