Ridícula ignorancia

Lo escribió Platón y se le atribuyó a Sócrates: “Un ignorante puede persuadir más que un sabio, tratándose de ignorantes”. Es la tragedia e influencia social y engaño que viven los países pobres en política, economía, deporte, ciencia; con políticos, sin ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Lo escribió Platón y se le atribuyó a Sócrates: “Un ignorante puede persuadir más que un sabio, tratándose de ignorantes”. Es la tragedia e influencia social y engaño que viven los países pobres en política, economía, deporte, ciencia; con políticos, sin barniz de lógica, pensamiento científico, universal; sin sentido común. Después de más de 30 años sigue vigente, fresca la idea del pensador y humanista español José María Cagigal: “El drama actual del deporte es que los estudios serios que sobre él se hacen no son conocidos, no ya por la masa de aficionados, sino por la gran mayoría de informadores, ni siquiera por los dirigentes deportivos ni políticos responsables. Aquí la ignorancia no se queda en la masa, sino que invade esferas de altos responsables…”. Es ridículo el argumento que ofrecieron los presidentes de los Comités Olímpicos Nacionales al distinguir al keniano Eliud Kipchoge como el mejor atleta de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020; con el añadido igualmente subjetivo de que Kipchoge marca la mayor diferencia que se haya registrado en maratón desde 1972 a la fecha. Sin el respaldo de los brillantes y poderosos antecedentes, Kipchoge no habría alcanzado la nominación. Su crono de 2:08.32 es pálido ante el récord mundial asombroso del noruego Karsten Warholm, 45.94 en los 400 m con vallas, sin el empleo de zapatillas con alfombra mágica voladora. Emplear en la actualidad argumentos deportivos para valorar una actuación deportiva es, de hecho, un error. Dirigentes, comunicadores, los mismos aficionados y la manada que se tragan sin dirigir, por ojos y oídos, todo lo que ven y oyen, y aceptan sin valorar ni comparar la magnitud del esfuerzo del atleta, como sucedió con Wayde van Niekerk en los JO de Río. Como ha sucedido aquí en México con el Premio Nacional del Deporte, que está más cargado de intereses políticos que deportivos. Si sucede en el campo internacional, ¡por qué no va a suceder en México? Aunque aquí es más grave, pues a la ignorancia se suma el criterio de buitres y carroñeros del deporte, como sucedió con Joaquín Capilla, a quien le otorgaron la distinción unas semanas antes de morir. Esa misma estólida ignorancia no supo jamás valorar la más grande proeza de un atleta mexicano: los dos cuartos lugares de Juan Martínez en 5,000 y 10,000 m planos en los Juegos Olímpicos de México 68. Imperó el paupérrimo criterio político de no ser medallista olímpico. Como tampoco han sabido apreciar la hazaña de Elsa Flor Ávila, la primera mujer mexicana y latinoamericana en conquistar la cumbre del Everest; ni la de la nadadora Nora Toledano, sexta mujer en la historia en realizar la doble travesía al Canal de la Mancha; Nora recibió en 2006 el reconocimiento extranjero al ingresar a The Swimming Hall Of Fame, de Fort Lauderdale, Florida, sitio que ha entronizado a grandes nadadores como Mark Spitz, Ian Thorpe, Michael Phelps.

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