Nadar contra corriente
Jorge Rueda Amézquita no eligió la profesión de entrenador de clavados. Se la ordenaron. La tomó como un desafío y, después de varias décadas, la transformó en un apostolado. Su primer alumno, Carlos Girón, estuvo a punto de subir al podio olímpico en los ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Jorge Rueda Amézquita no eligió la profesión de entrenador de clavados. Se la ordenaron. La tomó como un desafío y, después de varias décadas, la transformó en un apostolado. Su primer alumno, Carlos Girón, estuvo a punto de subir al podio olímpico en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, pero falló las 3 ½ vueltas, la misma pirueta que erró en su despedida en los JO de Los Ángeles 84. Rueda y Carlos necesitaron 16 años para lograr la medalla de plata en Moscú 80 (cuánta polémica basura, patrioterismo e ignorancia de la prensa mexicana con la repetición del salto del soviético Aleksandr Portnov. Cuánta ceguera y ominoso silencio con la repetición del clavado de Jesús Mena en los Panamericanos de La Habana 1981, que le permitió adjudicarse la medalla de plata. ¡Las reglas, sólo cuando nos favorecen; ¡de lo contrario, son un atraco!).
Apareció por las circunstancias, el tiempo y el aire olímpico, entusiástico, que se respiraba en México en 1965. Admirable su tenacidad obsesiva, impulsado por el hambre de ser, de emular, partiendo de cero, al legendario Mario Tovar, hacedor de Joaquín Capilla, Juanito Botella, Álvaro Gaxiola, Champito Madrigal; Tere Adames, José Robinson, las hermanas Baraldi… los objetivos los formó conforme adquirió y fortaleció conocimientos y los fue escalando, peldaño tras peldaño, en una batalla diaria ante complejas situaciones que pusieron a prueba su espíritu de lucha ante la adversidad. Jorge fue hijo de una familia muy humilde que procreó once hijos y sumó un niño más como miembro de la familia. Su padre fue administrador de una bodega en La Merced. Los clavados parecían reservados para un núcleo social de buena posición media económica.
Estudió educación física. Su tez morena y su ignorancia deportiva le valieron hirientes puyas. Su carácter lo mantuvo con firmeza ante difíciles situaciones morales y sociales: la muerte de su esposa, Rosita, en un accidente a una cuadra del hogar; el desprecio, por el tono de su piel, a sus proyectos en la Conade; la pérdida de la mayoría de sus ahorros cuando invirtió en León en una fosa de clavados; se enteró de que uno de sus alumnos movió los hilos de la traición con el fin de que fuese removido de su posición de entrenador en el Centro Deportivo Olímpico Mexicano. Cuánta entereza y fuerza espiritual para trasmitir, al día con día, la energía y el estímulo en sus alumnos; para rumiar solo y lamerse sus heridas.
El carácter de Jorge, en torno al agua, al trampolín y la plataforma, fue como el de una llanta: duro y flexible; conforme a las raíces de la disciplina de aquellas décadas. Aprendió, principalmente, de soviéticos y alemanes; más tarde, de los chinos. En su trayectoria, tras Girón; Jesús Mena, bronce en Seúl; Fernando Platas, plata en Sidney; Mary José Alcalá, bronce en el Mundial de Roma. Formó entrenadores, Salvador Sobrino, quien labora en Australia; a sus hermanos Francisco y Chuche, Salvador Osorio, Iván Bautista.