Super Bowl de siglos...

La estela de imágenes de lucha, galvanizantes, la resonante victoria de los Patriots de New England sobre los Falcons de Atlanta, en la edición 51 del Super Bowl, presenciada por más de 72 mil espectadores en el estadio NRG de Houston y millones al través de la pantalla ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

La estela de imágenes de lucha, galvanizantes, la resonante victoria de los Patriots de New England sobre los Falcons de Atlanta, en la edición 51 del Super Bowl, presenciada por más de 72 mil espectadores en el estadio NRG de Houston y millones al través de la pantalla de cristal, dejó un mojón inmarcesible en la historia del deporte mundial, una acción victoriosa que incluso para aquellos que no tuvieron la fortuna de presenciarla servirá de referencia como en su oportunidad fueron las cuatro medallas de Jesse Owens, en Berlín 1936, como la conquista del Polo Sur por el noruego Roald Amundsen o la escalada a la cumbre del Everest por el neozelandés Edmund Hillary o las hazañas de Michael Phelps, del meteoro Usain Bolt o del astro de la raqueta, Roger Federer. Una hazaña indeleble. En el punto más alto del universo deportivo.

La conjunción del espíritu de lucha contra la adversidad, la preparación física y mental, los momentos de inspiración, de captar y encadenar ese instante único e irrepetible de una serie de acontecimientos voluntarios e involuntarios, estratégicos, técnicos, el aspecto aleatorio, de ganar el volado y entrar al terreno de juego en el tiempo extra con el esquema ofensivo hicieron posible que la sensacional y emocionante remontada, nunca antes vista entre los profesionales del Super Bowl, coronara en éxito, tras un cuarto cuarto de vértigo que zarandeó la emoción de millones de aficionados.

Queda inscrito en el tiempo y el espacio el nombre del quarterback Tom Brady y el couch Bill Belichick como las puntas de lanza que le dieron un vuelco sensacional a un juego que perdían por una diferencia de 25 puntos. Ambos alcanzan su quinto galardón.

Dos caras mostró el juego y eso lo marcará para siempre el cincel en el tiempo. El dominio de los Falcons con el mariscal Matt Ryan y su lugarteniente Devonta Freeman, durante la primera mitad. Parecía que la historia de las estadísticas era definitiva tras que colocó a su grupo 21-0 y 21-3; ningún conjunto pudo recuperarse de una diferencia superior a los diez puntos en una final.

Una escena captó la desolación de Tom Brady, cabizbajo, en el banquillo, mientras el equipo defensivo de los Patriots daba la impresión de hundirse. El tercer tiempo registró un score de 28-9. Pero el viento agonal cambió, un fumble, una atrapada y White y Edelman, que no podían cachar ni un balón playero, exhibieron su talento de receptores. La fortuna y la madurez agonal de los Patriots empujó con el arrojo del soldado en lo más ardiente del combate, con el estro del jugador de ruleta o del billarista que se ve envuelto en la magia del tapete verde y el sonido de la bolita de sauco o las esferas de marfil y se deja llevar en la inercia del acierto; uno detrás del otro; así, de pronto el brazo de oro de Brady empezó a funcionar con la precisión de un Mirage. ¡Cuánto no influiría en el ánimo colectivo la atrapada fortuita de Edelman cuando el tiempo se agotaba a 2.25 del silbatazo final con el score 20-28 en contra: el ovoide hizo cabriolas entre tres pares de brazos y dos piernas y justo a una pulgada de que tocara el césped las manos de Edelman lo rescataron como sólo Superman lo haría con Luisa Lane. El triunfo de los Patriots de New England (34-28) es un mensaje de esfuerzo, de lucha contra la adversidad. Sus imágenes espectaculares, con el gesto de nobleza deportiva del quarterback Matt Ryan, que fue a felicitar a su vencedor, Tom Brady, vivirán por siglos.

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