Arquetipo social y deportivo
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,… Jorge Manrique El olor a cloro a la entrada del Centro Deportivo Chapultepec iba mucho más allá, era el abrir de puertas a una atmósfera que evocaba energía, juventud, el ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar,…
Jorge Manrique
El olor a cloro a la entrada del Centro Deportivo Chapultepec iba mucho más allá, era el abrir de puertas a una atmósfera que evocaba energía, juventud, el estímulo de la competencia, lucha deportiva y amistad, afán de superación, la fiesta en los balcones en la cabecera norte y la muchedumbre apostada alrededor de la Alberca Olímpica. Iba más allá de la comparación individual, en la natación, en los clavados, en el ballet acuático; en la expresión deportiva se manifestaban las relaciones humanas de las familias que se unían bajo la batuta creativa del maestro Mario Tovar. Era otra época en la que el deporte acuático ocupaba un sitio principal en la capital mexicana; captaba especial atención en el interior del país. Era un polo de atracción mediático, de admiración y orgullo. En el Centro Deportivo Chapultepec, con el uniforme azul y la franja naranja, se formaron notables figuras deportivas, se moldearon hombres y mujeres en una atmósfera sana, festiva, con los intensos colores de la vida.
Al conocer la desaparición física de Roberto El Champito Madrigal, que nos consterna a todos los que vivimos aquel hermoso periodo de la década de los 50 y los 60, la memoria proyecta una imagen en la que apreciamos su bonhomía, su carisma, su enorme clase en la elite de los clavados de plataforma, su nobleza y fuerza moral.
Delgado, elegante, fue un artista de la plataforma en la época en la que brillaron Joaquín Capilla, Gary Tobian, Robert Bob Webster, Klaus Dibiasi y otros mexicanos notables como Juanito Botella y Álvaro Gaxiola.
En dos ocasiones ocupó el cuarto lugar en Juegos Olímpicos. En Roma, 1960, después de Webster, de Estados Unidos y Gary Tobian —aquel estadunidense que sostuvo la cerrada prueba con Capilla, cuatro años atrás en la pileta de Melbourne—, y del inglés Brian Phelps. Y posteriormente en Tokio, 1964, con Webster en el podio dorado, Dibiasi con su presentación con la plata y el estadunidense Thomas Gompf. Entre éste y Madrigal hubo una diferencia de 2.30 puntos.
Quien haya tenido la oportunidad de seguir el deporte acuático sabe que los clavados, una disciplina subjetiva, arroja resultados que se producían no sólo conforme al criterio de los jueces, sino a una perspectiva cultural, social, económica, política, de la que no escaparon los propios jueces. El mundo anglosajón ejerció este poder incluso en 1988 en los JO de Seúl, en el duelo del astro Greg Louganis, de Estados Unidos, y el chino Xiong Ni, de 14 años, para un gran número de espectadores, el verdadero vencedor.
Arquetipo social y deportivo, la desaparición de Roberto Madrigal García ocurre cuando los deportes olímpicos han perdido la capacidad de influir en la sociedad mexicana. Ocurre, lamentablemente, en un medio social que no sabe conservar el valor de sus notables hombres, ocurre también no tanto porque el tiempo disuelva la identidad a medio siglo de distancia, sino por la poca fuerza de nuestras costumbres en no valorar la dimensión de nuestros héroes deportivos. En el Champito, cuánta alegría y nobleza contenía espíritu, había grandeza de talla internacional, mundial, olímpica.
A su esposa Bertha, a sus hijos, a sus familiares, a todo aquel grupo del Chapultepec les deseamos fortaleza moral y una pronta resignación.