De puños duros y corazón noble, describen a Lupe Pintor en libro
“Quien quiera saber cuánto pesa un muerto, que venga y le pregunte a Lupe Pintor”. Así inicia el relato del periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos sobre la tragedia del boxeador de Cuajimalpa en su pelea con el galés Johnny Owen, que perdió la vida a causa de ese combate
CIUDAD DE MÉXICO.
Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, Colombia, 1963) tenía nueve años cuando comenzó a escribir cartas en secreto. Las hacía para conjurar el romance de una solterona que vivía en su casa con un repartidor de quesos. Las ponía por ahí regadas para que ella las encontrara y se conmoviera, porque el otro, guapo lo que se dice guapo, no era.
Le apodaban Caracol y le faltaban los dientes frontales además de que su cabello ensortijado y rústico no podía peinarse.
“Hasta la fecha siguen juntos. Cuando uno hace un truco como ese a los nueve años y le funciona, ya queda encadenado de por vida a la escritura”.
Hay otro hecho que estaba escrito de antemano en el guión de su vida: fue el campeonato de Antonio Cervantes Kid Pambelé. Por la radio escuchó el nocaut de Pambelé a Alfonso Papermint Frazer y ganar para Colombia el primer campeonato de boxeo del mundo.
“Para oír imágenes tenías que creer lo que decían los que retransmitían. No podíamos establecer una relación entre esa voz y lo que sucedía. Era un auto de fe. Años después, cuando charlé con Pambelé, nos atascamos en un taxi en el tráfico; él no estaba acostumbrado y se bajó en plena avenida. Llevaba un sombrero que dejó en el auto. Cuando lo alcancé ofuscado, le puse el sombrero y me dijo: ‘No, porque así nadie me va a reconocer’, en el fondo le gustaba que lo adoraran”, relata.
Cuando el mundo era aún más romántico y “las noticias iban a lomo de burro”, Alberto Salcedo Ramos se enteró que un boxeador mexicano con nombre de mujer había matado en el ring a un galés que pasó a la historia por resistir como marioneta. Se llamaba Lupe Pintor y el muerto Johnny Owen.
“Quien quiera saber cuánto pesa un muerto, que venga y le pregunte a Lupe Pintor”, inicia así una crónica de su último libro, Los Ángeles de Lupe Pintor (Editorial Almadía, 2015)
En un ejercicio de reflexión, Guadalupe Pintor, ocho años más grande que Salcedo Ramos, recuerda: “Soy miembro de una familia desintegrada por culpa de un hombre agresivo, violento y muy cabrón. Se llama igual que yo. Con él anduvimos de aquí para allá, a golpes y maltratos. Así crecimos, en un barrio de Cuajimalpa sin pavimento ni carretera. Hasta que un día le puse un alto y me fui de casa. Hasta que mi esposa me leyó una parábola de La Biblia, descansé. Mi pasado tardó en irse, pero me dejó”.
Salcedo Ramos y Lupe Pintor se juntaron para conocerse.
“El boxeo me gusta desde la infancia. Es un enfrentamiento valiente entre dos hombres que no tienen más armas que sus puños. También puede verse como una metáfora de la lucha más primaria del hombre, que es por la supervivencia. Yo empecé a seguír a Pintor a comienzos de los años 80. Supe de él, justamente, cuando protagonizó en el ring una tragedia de la que todavía se habla en los ámbitos boxísticos”, refiere.
Pintor no es de esos deportistas intratables; al contrario, cuenta su historia con la misma emotividad.
“Pintor me pareció un hombre valiente, ejemplar, que honró el deporte con su conducta intachable”, rememora Salcedo Ramos.
Lupe Pintor tenía una épica asombrosa y un corazón enorme.
“Me tocó pelear en San Antonio contra un joven de Coahuila, Gaby Cantera. Me tumbó en el segundo round y desde ese momento quedé desconectado. Desperté en la regadera, cuando un chorro de agua cayó sobre mi cabeza. ‘Ay güey, ¿qué me pasó?’, pensé. Salí del baño en el hotel y estaba el chofer que me traía de aquí para allá. Le pregunté qué pasó en la pelea y se me quedó mirando raro. Extrañado, me respondió que gané en el octavo asalto. Creo que eso mismo le pasó a Johnny Owen cuando peleó conmigo, él estaba desconectado.”
La pelea del 19 de septiembre de 1980, en Los Ángeles, fue una brutalidad, como relata el periodista de Excélsior Arturo Xicoténcatl.
“Owen salió en camilla y la gente aún así le tiraba cervezas e insultos. En la madrugada regresé a mi hotel en la avenida Figueroa. Desde la tarde me percaté de unas palmeras que estaban en la fachada. Cuando miré por la ventana, estaba el padre de Owen golpeándose la cabeza en esas mismas palmeras, con lo nudillos sangrados. Tenía el dolor moral de haber entrenado a su hijo y de tenerlo en ese momento en el borde de la muerte”.
Semanas después Owen falleció.
Toda capacidad de sorpresa se refleja en la charla de Salcedo Ramos con Lupe Pintor. No hay secretos ni oscuridades, “lo sentí totalmente suelto. Se abrió al diálogo conmigo, algo que le agradecí. Siempre le pongo el corazón a las historias que cuento. No he vuelto a hablar con él. No soy amigo de los personajes sobre los cuales escribo”.
A Lupe Pintor ya no le duele la mandíbula como cuando, de una motocicleta se cayó en una carretera. Sueña mucho. Ahora da clases de acondicionamiento físico. Su cuerpo es envidiable a los 60 años. Dan ganas de verlo de nuevo en el cuadrilátero, pero lo de Owen no se va, “lo sueño de chamacos, algo que nunca ocurrió. Dice mi mujer que Johnny es mi ángel, yo lo siento así, que me cuida cuando hay peligro. A lo mejor es mi imaginación, pero ése es mi sentimiento”.
Pintor jura que lo suyo era ser maestro “de primaria o secundaria”. Lo dice al tiempo que se mira los nudillos.
“Lupe tuvo el oficio de los seres humanos que tienen los puños duros y el corazón noble en un mundo lleno de personas que quieren imponer sus códigos a punta de armas”, finaliza el escritor Alberto Salcedo Ramos.
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