“El caso era pensar arriba del ring”: la lección de Miguel Canto

El expugilista yucateco que dominó la división mosca a mediados de los años 70, habla de su relación con un deporte que, ante todo, practicaba para divertirse

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MÉRIDA.

Si el boxeo moderno en México alcanzó la cima como fenómeno social, Miguel Canto (Mérida, Yucatán, 1948) colaboró decididamente en ello. Canto, monarca de la división mosca, que realizó 14 defensas, fue un “esgrimista” exquisito arriba del ring, esto es que rara vez sufría una “estocada”. En corto, pegaba y no le pegaban. El poder de los puños no fue lo suyo, pero sustituía la fuerza con agilidad e inteligencia, virtudes armónicas con las que forjó su leyenda.

“Soy uno de los grandes admiradores de Miguel Canto, me gusta cómo peleaba: su maestría, la forma de quitarse los golpes…”, menciona Julio César Chávez (en De puño y letra. Historias de boxeadores, editorial Ficticia, México, 2005)

Canto, sin más, fue un boxeador con esmoquin. En 1998 ingresó al Salón de la Fama del Boxeo. La siguiente conversación ocurrió hacia las 11 de la mañana del 24 de diciembre del año pasado, a 35 grados a la sombra.

¿Cómo estudiaba a los rivales?

Yo me preparaba como siempre. Todos los días. Que determinado peleador es muy fuerte, que se va encima de uno. Está bueno, pues de todas maneras yo tengo que pelear con cualquiera. Entonces yo entrenaba con fajadores y con peleadores con mucha técnica.

¿Quién le enseñó a moverse en el ring?

Solo. Así me vino el boxeo, natural. Mi hermano me llevó a una función de box y me dieron ganas de boxear. Era yo un chamaco todavía. Tenía como 14 años.

¿Nunca fue de agarrarse en la escuela, en el barrio?

Eso no es negocio, no funciona, porque realmente pelear en la calle o donde sea puede uno salir lastimado, porque te pueden pegar con un palo, te pueden tirar piedras, entonces, para qué. Yo mejor peleo con peleadores que sepan, porque en la calle nadie sabe pelear. Yo de chico era nada más de trabajar. Vi esa función de box y me gustó. Al día siguiente me salí a correr.

¿Y fue a buscar un gimnasio?

Entrenaba en mi casa. Hasta que a las tres semanas, un mes, empezamos a ver un gimnasio. Entonces mi hermano me dijo que entrenáramos juntos, porque él había sido peleador. Pero realmente eso de enseñar es muy difícil. ¿Por qué es muy difícil? Porque te pueden enseñar y no aprendes. Yo lo traje nomás así, entonces empecé a boxear y esto y lo otro. Y realmente me salía muy bien. Y había una función de box, un campeonato amateur que iban a hacer aquí, y dije, me voy a meter. “Está bueno, vamos a meternos”, me dijo mi hermano. Y él me subía al ring y gané el campeonato amateur. Yo creo que fueron como 36 peleas. En ese entonces el promotor nos equipaba y todo.

¿Alguna vez le ofrecieron ir a pelear a unos Juegos Olímpicos?

Nunca quise ir a unos Juegos Olímpicos. Me lo dijeron varias veces, pero no, no, no. Yo, lo mío es el amateur y del amateur voy al profesional. No es que no me guste el boxeo olímpico, pelear es lo que me gusta. Me gustaba más el amateur de acá, de Yucatán, y empezaba a boxear en profesional. Y así brinqué a profesional de Yucatán, al nacional y después defendí el campeonato mundial 14 veces. Ya después me retiré, pero me hablaron los promotores: “Oye, ahí están los peleadores que están ilusionados de que vengas”, y fui y volví a pelear con todos ellos, como 20 peleas.

¿Quién le puso El Maestro?

Creo que fue durante la transición del amateur al profesional cuando me pusieron El Maestro, por la manera en que boxeaba yo, como no boxeaban ellos. A mis rivales los hacía yo fallar mucho.

Pero eso fue por la manera en que se quitaba los golpes…

Lo que pasa es que al quitarse los golpes puede uno pegar bien. Pero el chiste es prepararse. Desde el día uno, todos los días y todo el tiempo boxeaba. Peleaba y seguía yo entrenando. Cuando menos cuatro horas diarias, sin descansar ni un día. Me gustaba tanto, que hasta solo estaba yo vacilando con el costal, y esto y lo otro.

¿Entonces, boxeaba por diversión?

A mí el boxeo me divertía mucho, aun siendo campeón el mundo. Me divertía endemonial. Me gustaba tanto que no tenía temor a que me pegaran. Lógicamente,  pues yo tengo que recibir golpes, pero aprendí a moverme.

... y Choláin Rivero se ubica en su esquina

Jesús Choláin Rivero (Mérida, Yucatán 1929) fue el entrenador de Canto de 1975 a 1979. Rivero estudió Derecho y Filosofía y Letras en la UNAM. Muchos años después, a mediados de los años 90, Choláin Rivero se convirtió en mánager de Óscar de la Hoya.

“Mi hermano y don Chucho son amigos de muchos años”, refiere Canto. “Una vez fue al gimnasio, porque le gustaba mucho el box. Él fue boxeador también. Y ahí estaba yo cuando me vio y me dijo: “Si quieres, yo te puedo entrenar, porque yo he entrenado a muchos boxeadores”. Y así me quedé con él y nos fuimos hasta el campeonato mundial. Es un hombre muy culto. Todavía lee mucho, pero yo era enemigo de eso de sentarme a leer, no me gustaba. De los años que estuvimos juntos habré leído unas cinco veces. A mí me gustaba la soledad. Yo nunca me sentaba a conversar, así como ahorita. Soy raro. Tampoco me gustaban las fiestas, salir de la casa, que ir con los chamacos. Nada”, recuerda.

Usted conoció a muchos políticos y celebridades de su tiempo.

A todos los gobernadores de acá los he conocido. Fui a Los Pinos a ver a Luis Echeverría. Lo único que recuerdo es que me saludó y me dijo: “Qué bueno que hiciste caso a la invitación que te hice”. “No se preocupe, yo voy a donde me invitan siempre”, le dije. Y luego me invitó dos o tres veces más. Conocí a Tin Tan, a Cantinflas, a Pedro Infante. Se llevaban muy bien conmigo. Pedro Infante boxeó y luego hizo la película... Tantos años han pasado que ya se me olvidó. Realmente le juro que no me acuerdo.

¿Hizo amistad con otros boxeadores?

Me llevé rebién con Rubén Olivares. Buen amigo. Con Mantequilla Nápoles y Cassius Clay, al que vi muchas veces pelear. Era buenísimo. La forma en que se movía, caso rarísimo. Tanto peso para moverse así, pero para eso entrena uno. Entrenas y no tienes problema, y él corría mucho, entrenaba todos los días. Pues tienes que entrenar todos los días para que el momento en que te lo digan estés preparado.

¿Se iba de parranda con Rubén Olivares?

No, no, nunca. Rubén tomaba bastante. Y cuando estuve varias veces con él, me decía: “¡Órale, Miguelito, vamos por una cerveza!” “Tómala tú, Rubén. A mí dame mi Coca-Cola y yo me la tomo aquí, contigo”. Eso sí, he tomado mucha Cola-Cola, yo creo que me he tomado como dos fábricas. He tomado Coca-Cola terriblemente.

Usted peleó lejos, en Japón, con arenas llenas. ¿No se sentía solo, descobijado?

No había ningún mexicano. Ni uno. Nada más la esquina, pero no me sentía solo ni nada. Ésa fue mi ventaja para poder pelear bien y ganarles, porque no me ponía a pensar que no había ni un mexicano para que nos ayude. ¿Y de qué nos van a ayudar? No se pueden subir al ring de todas maneras. Y tú tienes que tirar los golpes que estás acostumbrado a tirar. El caso era pensar arriba del ring. Si piensas arriba no tienes ningún problema para ganar. No me preocupaba que si iba yo a defender el campeonato. Siempre igual, como si nada.

¿No eran viajes cansados?

A Japón eran casi 18 horas, pero no era cansado, no, no. Estabas en el avión, sentado. ¡Qué te vas a cansar! Llegaba diez días antes de la pelea a entrenar a un gimnasio.

¿Hizo amistad con sus antiguos rivales?

Me llevé con mucha gente japonesa. Con Oguma, con Betulio González, sólo que Betulio era pesadito. Se creía como que es el mejor. Cuando terminé la pelea con él, le decía: “¿Quién es el mejor?” Se quedó callado. “Yo”, me decía.

Usted siempre le agradeció a Dios.

Soy católico. Al rato, en la tarde, vamos a ir a misa. Me persignaba en cada pelea y antes de las peleas. También en cada round. Tocaban la campana, y dale, vamos. Terminaba y otra vez lo mismo. Si eran 15 rounds, 15 bendiciones decía. Siempre agradecido con Dios. También me encomendaba a la Virgen de Guadalupe. Me iba a la Basílica a dar gracias, pero a Dios no me lo desbancaban.

¿Y llegó a entrenar jóvenes?

Sí, entrené algún tiempo, pero los chamacos se vuelven muy flojos, medio temerosos. No sé qué pasa. Gané dos campeonatos amateur con ellos.

Se retiró en el 82 ¿Fue difícil?

No fue difícil. Así como entré me salí. Porque yo cuando entré al box, yo llegué solo. Empezaba yo a entrenar en mi casa. Compré un costal, y dale. Compré una pera y la puse en una mata.

¿No tuvo amigos que le hicieran segunda?

Nada. Por eso le digo yo que era muy raro. Me gusta la soledad. Me quedaba solito, aquí en la casa. Solito ponía mi pera. Mi papá ni se metía... muy buena gente mi papá, mis hermanas. Fui el menor… la vida es bonita, pero el tiempo ya pasó, ya estamos llegando al final.

Usted es del 48. ¿67 años después, es feliz?

Estoy feliz, pero lo que yo quisiera es pelear. Ya me fastidié. Pongo mi costal y mi pera aquí atrás, pero ahora los tengo colgados por estas fechas.

¿Y dónde están sus trofeos?

Los cintos y los trofeos los tengo guardados arriba. No soy de exhibirlos. No me gusta. No sé. Ya hice lo que hice, ¿pa qué voy a estar mostrándolos? No, no, no... Yo me divertí mucho en el box. Para mí no era peligroso, era una diversión muy bonita. Pero en las peleas me sentía mal después de ganar. Me alzaban el brazo, pero yo no quería mostrarme. No sé…