“Soy el único sobreviviente”: Antonio Rosado García luchador en Helsinki 52
El atleta rescata los recuerdos de aquellos Juegos Olímpicos, cuando la UNAM dominaba en la lucha amateur y él era el capitán del equipo. a más de seis décadas de aquel viaje, responde: “no conocí a Xavier López”
CIUDAD DE MÉXICO.
Al doctor Antonio Rosado sus amigos le hablan por teléfono y, en tono de broma, le preguntan: ‘oye, ¿que perdiste con Chabelo?’.
Antonio Rosado García es el último sobreviviente de aquellos luchadores olímpicos que en 1952 hicieron el viaje a Finlandia para representar a México en los Juegos de Helsinki. A sus 85 años de edad tiene la fuerza y la memoria intactas. Recuerda al profesor Agustín Briseño, así como a los atletas Rodolfo Dávila, Leonardo Basurto, Mario Tovar y Eduardo Assam. También mantiene en la memoria un par de nombres de luchadores (Luis Ramírez y Miguel Ángel Alfaro) de los años 50 que pudieron vencer a aquel campeón nacional welter de lucha amateur.
“Se lo digo honestamente. En aquellos años todos los atletas mexicanos nos conocíamos demasiado, pues la lucha amateur no es un deporte popular y competíamos a cada rato con los mismos. El equipo de la UNAM dominaba sobre los de la Escuela de Educación Física, el Colegio Militar, el Venustiano Carranza y algunos clubes privados. No tendría objeción en reconocer haber perdido contra un atleta llamado Xavier López. No existió tal competidor”.
Las enormes manos del doctor Rosado, odontólogo de profesión, tienen la fuerza para lastimar en un apretón. Él argumenta que “los luchadores somos los atle-
tas más fuertes en una delegación deportiva, pues hacemos pesas, nadamos, corremos y luchamos. Chabelo tiene gran tamaño, pero no muestra la fuerza de un luchador olímpico y tampoco las cicatrices”.
La lucha olímpica le dejó a Antonio Rosado siete fracturas, un menisco operado, un tobillo lesionado, un hombro maltrecho y el escafoides de una mano en mal estado. También el orgullo de representar a México en los Juegos Olímpicos de Helsinki 52, un oro centroamericano, dos bronces panamericanos, el campeonato nacional por varios años, así como la oportunidad de ser entrenador del equipo de lucha amateur en la UNAM, integrar el salón de la fama universitario y que el gimnasio de lucha libre lleve su nombre. “Soy capitán vitalicio”.
En los Juegos Olímpicos de Hel-
sinki era la segunda vez que un equipo de luchadores mexicanos acudía a este tipo de competencias. “Era tal la ignorancia que nos mandaron con uniformes de luchadores profesionales. A las competencias llegamos con batas rojas, con mallas rojas con parches en las rodillas, botas largas y calzoncillos de latex. Los otros luchadores usaban la clásica mallita con dos tirantes. Éramos el punto de las miradas. Un circo”.
No olvida su participación en Helsinki, cuando el primer día de competencias se asomó al auditorio de lucha y se apareció el estadunidense William Smith. Una batalla ganada por el enemigo, que se convertiría, unos días después, en el campeón olímpico de peso welter. Rosado tendría otro combate, ahora ante el argentino Alberto Longarela. También sucumbió.
“Era tal el nerviosismo que yo miraba aquel lugar enorme, como un estadio. Y en el sorteo tuve la mala fortuna de enfrentar al futuro campeón y al cuarto lugar. Otros tuvieron un camino menos complicado. A Smith lo volví a ver en otras competencias y entablamos cierto compañerismo. Con el argentino Longarela hice gran amistad y llegamos a escribirnos varias cartas”.
Con los que dejó de mandarse cartas “fue con los luchadores cubanos. Ellos nos mandaron la última pidiéndonos que por favor ya no les escribiéramos, porque a cada rato la policía iba a investigarlos. Pensaban que hacían planes en contra de la Revolución”.
Comenta que “en los Juegos Olímpicos cumples tu mayor sueño deportivo, pero también haces grandes amistades. “Recuerdo a Chito Souza, corredor de los 100 metros; al Manotas Meneses, de basquetbol; a José Luis Dávalos, de box. ¿El Ratón?, él era muy vacilador con todos. Creíamos que sería campeón olímpico”.
De los boxeadores guarda una mayor amistad, pues “a veces entrenábamos juntos rumbo a los Juegos. Corríamos hasta el Castillo de Chapultepec y luego hacíamos ejercicios en el Colegio Militar. El que entrenó muchas veces con nosotros fue el famoso Gori Guerrero, luchador profesional que se daba tiempo para apoyarnos”.
En Helsinki brilló el checo Emil Zatopek, luego de imponer marcas y quedarse con el oro en cinco mil, diez mil metros y los maratónicos 42.195 kilómetros. “A Emil sólo lo pude ver de lejos. Todos queríamos conocerlo. Con el que sí platiqué fue con Paavo Nurmi, quien encendió el pebetero olímpico”.
El doctor Rosado se entusiasma aún cuando platica de aquel desfile de atletas en la inauguración de Helsinki 52. “En esa ocasión cayó un aguacero que obligó a muchos atletas y hombres de pantalón largo a buscar un lugar para protegerse. ¿Sabe que sólo las delegaciones mexicana y soviética permanecimos en nuestro lugar?”.
Cada tercer jueves de mes, Antonio Rosado García y otros veteranos de la lucha libre amateur se reúnen para recordar aquellos años de competencias, cuando el equipo de la UNAM dominó los combates por casi 20 años. “De Helsinki 52 ya no queda ningún compañero, todos han muerto. Soy el único sobreviviente”.
El perfil de Antonio Rosado García
- Nació el 9 de marzo de 1931 en el Distrito Federal.
- Estudió odontología en la UNAM.
- Jugó futbol americano en los equipos de Leyes y Medicina.
- Luchador amateur de 1950 a 1962.
- Campeón universitario welter en 1950.
- Campeón nacional welter de lucha olímpica de 1951 a 1963.
- Luchador olímpico en Helsinki 52.
- Oro centroamericano en Caracas 58.
- Bronce Panamericano en Chicago 59.
- Entrenador del equipo de lucha libre en la UNAM en 1964.
- Capitán vitalicio del equipo de lucha libre de la UNAM.
- El gimnasio de luchas de C.U. lleva su nombre.
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