Asalto a la inmortalidad de Felipe Tibio Muñoz en México 68
La imagen emblemática del nadador mexicano en el podio tras el oro en la prueba de los 200 m estilo de pecho
CIUDAD DE MÉXICO, 22 de octubre.- Las imágenes aparecen frescas, vivas, ahí están, en el azul turquesa de la pileta de México 68. ¡Felipe Tibio Muñoz conquista el oro olímpico y la rama de olivo en los 200m estilo de pecho!
La persecución frenética del chiquillo mexicano, ¡la furia azteca en erupción!, convierte el escenario en un pandemónium. Poco más de diez mil almas gritan estentóreamente hasta llegar a la afonía, las tribunas se cimbran. Unos brincan, otros corren, otros se abrazan, lloran, ríen.
La ciudad enciende sus luces, los claxons de los automóviles, en interminables hileras por las principales calles, resuenan rítmicamente, festejan la victoria y la grandeza espiritual, la garra, el valor, el desarrollo gradual, dramático de la prueba: cómo de un quinto o sexto lugar, con enérgica brazada va cazando –como en un guion de película de tintes dramáticos, en los que un adolescente delgaducho enfrenta y tiene en el banquillo a su lado derecho al monarca de la URSS y a la izquierda al campeón de Estados Unidos, las dos grandes potencias del orbe-, y va derrotando uno tras otro a los más prestigiosos pechistas del planeta. ¡Tiene el oro olímpico, el sueño idealizado de un pueblo sumido y acostumbrado a saborear el acíbar de muchas derrotas! Su resonante triunfo lleva miel al corazón y a la mente. Aliento, esperanza, alegría, orgullo.
“Mi victoria en Melbourne es opaca al lado de lo que acaba de realizar este muchacho”, expresa el clavadista Joaquín Capilla, ganador de cuatro medallas olímpicas.
Fue el martes 22 de octubre alrededor de las ocho de la noche. Un formidable rugido sale de las tribunas cuando aparece Felipe Muñoz. Su rostro muestra la blancura del cirio; camina reconcentrado, sus ojos brillan intensamente con el fuego de la determinación y su cuerpo escuálido contrasta con el resto de los nadadores. Una onda de porras lo acompaña cuando se dirige al banquillo lleva las piernas rasuradas. ¡Al carril cuatro se trepa un tigre rasurado! “Ronald”, le había dicho a su entrenador, “esta noche voy a poner de rodillas a mis adversarios”.
¡Qué persecución, qué carrera tan explosiva! Henninger, el alemán demócrata, se lanza por el carril ocho a ganar o a morir. Va adelante. La onda ruidosa de gritos rebota en el techo metálico en forma de paraboloide hiperbólico. Por el tres el monarca y plusmarquista mundial Vladimir Kossinski, de la URSS; por el cinco Brian Job, Estados Unidos. Van adelante del Tibio que se desplaza por el carril cuatro. El primer estanque lo toca en quinto o sexto lugar. Y empieza el asalto a la gloria y a la inmortalidad deportiva.
Kossinski es líder en el hectómetro (1:12.3). El Tibio toca en cuarto. Ondula su cuerpo y desplaza furioso miríadas de átomos líquidos y cristalinos. Su brazada es corta y su impulso de piernas y pies poderoso. ¡A los 125m atrapa a Job y pasa en tercero los 150m! El claro que lo separa de Kossinsky se reduce lenta e inexorable, brazada tras brazada, alarido tras alarido.
A los 175m pesca al soviético ¡y es la locura, el paroxismo! Llamea el espíritu del Tibio y su inextinguible fuerza se incrementa en la agonía de la prueba. Está tan concentrado que no sabe que triunfó. Mira a Kossinski y hacia el tablero y ve encendido el foquillo rojo en el carril con su nombre. Se empuja de la pared, exulta y se zambulle feliz. En 2 minutos con 28 y 7 segundos se ha escrito la más grande y celebrada victoria olímpica conquistada por un mexicano. México llora de alegría y felicidad.
A la fecha su victoria es incomparable.
Roland Matthes, de la RDA, rompe RM en 100m espalda en 58.7.
María Teresa Ramírez, de 15 años, califica en 800m libres en tercer lugar; pasan a finales en 800m Laura Vaca y Rafael Hernández en 400m combinado. Echevarría termina en 11 en 400m libres en 4:24.
La noche es completa. En boxeo Agustín Zaragoza, Joaquín Rocha y Antonio Roldán pasan a semifinales y amarran medallas. Vencieron al checo Jan Hejduk, al holandés Rodolfus Lubbers y al soviético Valeri Protnikov.
La quinteta mexicana de basquetbol en final eléctrico derrota a España por 73-72.
Al terminar el partido México 2 –3 Bulgaria, lo que parecía tragedia, se escucha por los altoparlantes: “Respetable público, Bulgaria no tiene la culpa y debemos despedirla con un aplauso”.
Poco después del mediodía se roban la bandera olímpica oficial de la Villa Olímpica.
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