Asaltar el poder

Este año se cumplirá medio siglo del frustrado asalto al cuartel militar de Madera, en la sierra de Chihuahua, una acción armada que significó el arranque de la guerrilla moderna en México. En la madrugada del 23 de septiembre de 1965, un grupo de trece personas, ...

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Este año se cumplirá medio siglo del frustrado asalto al cuartel militar de Madera, en la sierra de Chihuahua, una acción armada que significó el arranque de la guerrilla moderna en México.

En la madrugada del 23 de septiembre de 1965, un grupo de trece personas, dirigido por el profesor rural Arturo Gámiz, e integrado por maestros, estudiantes y líderes campesinos, fracasó en tratar de tomar una guarnición integrada por 125 soldados.

Estaba fresco aún el triunfo de la Revolución Cubana y la idea que incitó a Gámiz y a sus compañeros a planear y ejecutar un ataque que, desde el principio, lucía suicida era emular el asalto al Cuartel Moncada, que le ganó a Fidel Castro un lugar en la historia y marcó el principio del fin de la dictadura de Fulgencio Batista.

Sin embargo, la historia de la guerrilla mexicana nunca pudo sobreponerse a ese fracaso inicial.

Quienes tomaron el camino de las armas —ante la negativa del régimen de abrir espacios de participación democráticos—, lo hicieron sin la preparación debida, dotados sólo de un arrojado voluntarismo.

Lo escribe Rosa Albina Garavito, veterana militante de la izquierda y efímera integrante de un grupo guerrillero en Monterrey, que se dio a conocer por un doble asalto bancario en enero de 1972.

Para aquellos jóvenes que soñaban con una nueva revolución, “todo llevaba a la conclusión de la necesidad de organizar al proletariado para tomar por asalto el poder”, cuenta Garavito en Sueños a prueba a balas. Mi paso por la guerrilla, libro que acaba de publicar en la editorial Cal y Arena.

“Según aquellos marxistas radicales, si esto no se había logrado, no era por las limitaciones de las fuerzas sociales, sino por la miopía y el colaboracionismo de las direcciones políticas de la izquierda.

“(…) Mucha discusión sobre la importancia del marco teórico para alejarse del empiricismo, y, a la hora de la verdad, ¡zaz!, el salto mortal: las condiciones objetivas ya están dadas para iniciar la revolución. ¿Que la realidad parece decir otra cosa? ¡Pues peor para la realidad!”.

Para Garavito la experiencia de la guerrilla terminó muy pronto. Herida de un balazo durante el asalto de la policía a su casa de seguridad —en donde murió uno de sus compañeros—, la economista sonorense pasó varios meses recuperándose en una clínica, con un brazo esposado a la cama.

Una vez amnistiados quienes participaron en la guerrilla, Garavito tomó el camino de la lucha democrática. Fue fundadora del PRD, diputada y coordinadora de su bancada, y senadora. En 2008, renunció al partido, desalentada porque, en su visión, el PRD se había convertido en un nuevo PRI.

“Tanto delirio teórico y tanta acción radical se nutrió de mucha ideología y nada de política”, relata sobre aquellos hechos de los años 70, que casi la llevan a la muerte y la hicieron vivir en el exilio.

Casi medio siglo después de los hechos de Madera, y sin reparar en las heridas que dejó aquella etapa guerrillera, hay quienes siguen convencidos de que la ruta de las armas es una forma legítima de llegar al poder.

Un ejemplo es el magisterio guerrerense agrupado en la CETEG, que lanza loas a Lucio Cabañas y dice explícitamente que busca destruir al “Estado burgués”, pero, a diferencia del líder del Partido de los Pobres, lanza sus arengas y realiza acciones violentas sin renunciar al cobro de quincenas que paga ese mismo Estado que quiere demoler.

No puede negarse que la aspiración de asaltar el poder está profundamente enraizada en la historia del país, pero cualquier análisis tendría que reconocer que el uso de la violencia como agente del cambio ha dejado muchos más males que beneficios.

Y también, que quienes contribuyen con la mayoría de los pretextos para que la vía armada y la presión que se ejerce mediante la violencia sean todavía contemplados como válidos por muchos mexicanos son los integrantes de la clase política, quienes no han hecho nada por mostrar que la democracia puede traer un cambio verdadero.

Hace casi dos décadas que la alternancia apareció en los Poderes de la Unión —y más de un cuarto de siglo en las gubernaturas— y los cambios de partido en el poder poco han hecho para modificar usos y costumbres como la corrupción.

Dice Rosa Albina Garavito en su libro —que, por cierto, es una magnífica contribución para documentar los hechos de aquellos años— que los marxistas radicales de entonces reprochaban a la izquierda partidaria su colaboracionismo.

Hoy quizá muchos acelerados digan que 18 años de gobiernos de izquierda en la capital del país no han representado cambio alguno.

Basta ver la sucia historia de la construcción de la Línea 12 del Metro para darles la razón.

El uso de una obra pública para apuntalar las ambiciones políticas del entonces jefe de Gobierno muestra que la izquierda cayó en lo mismo que criticaba, pues se gastó dinero del erario a raudales y, en el mejor de los casos, con ineficiencia; y, de acuerdo con la información en manos de Excélsior, se diseñaron esquemas fraudulentos, como la manipulación del tipo de cambio en los contratos, para aparentemente obtener ganancias personales.

A menos de que hayan caído en el cinismo, los guerrilleros de aquellos años que, tras de la amnistía de 1978, tomaron el camino de la lucha política legal probablemente digan “¿para esto lo hicimos?”                                           

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