MH17 o la locura del nacionalismo
Confieso que siempre pensé que la era postindustrial de la humanidad, caracterizada por la globalización y el predominio de las tecnologías de la información, darían al traste con el nacionalismo. ¿Qué sentido tendría seguir aferrándose a las prácticas de un país ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Confieso que siempre pensé que la era postindustrial de la humanidad, caracterizada por la globalización y el predominio de las tecnologías de la información, darían al traste con el nacionalismo.
¿Qué sentido tendría seguir aferrándose a las prácticas de un país en particular cuando en internet se está formando una nueva identidad?
Si nos hemos vuelto tan interdependientes en este planeta solitario, lo lógico era que las aspiraciones globales se impusieran sobre los intereses nacionales.
Concluida la Guerra Fría, derrumbados los muros y convertidas en irrelevantes muchas de las fronteras, supuse que el nuevo paradigma de nuestra subsistencia como especie consistiría en encontrar un nuevo sentido de espiritualidad que reconociera las aspiraciones de todos los pueblos a un reparto equitativo de los recursos del mundo, que no dependiera de etnicidad, religión u origen nacional.
Para alguien que cruzó el río Rin antes de la entrada en vigor del tratado de Schengen, la imagen de una frontera francoalemana sin garitas de revisión —luego de que la región fue motivo de encarnizadas luchas por la asimilación cultural y política— no podía sino generar reflexiones como las anteriores.
Sin embargo, un siglo después de que los nacionalismos emergieran como motor de la economía mundial, y provocaran dos conflictos armados internacionales que dejaron varios millones de muertos, el sentido de pertenencia a una tierra o un pueblo ha vuelto a ser algo por lo que mucha gente está dispuesta a morir y, peor aún, a matar.
Es probable que no estemos viviendo un fenómeno de neonacionalismo sino el despertar de un fenómeno que estuvo adormecido desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.
Durante la Guerra Fría, el mundo se caracterizó por el enfrentamiento de dos bloques ideológicos, basado cada uno de ellos en un modelo de desarrollo, pero el mundo que emergió luego del derrumbe del Muro de Berlín y el levantamiento de la Cortina de Hierro mantiene la hostilidad entre Este y Oeste, que ahora encuentra su razón de ser en el nacionalismo.
En esta nueva confrontación, el Oriente parece tener mayor cohesión que el Occidente. Rusia, el corazón del antiguo bloque socialista, ha solidificado sus relaciones con Asia. En cambio, los viejos aliados de la OTAN, pese a la expansión que realizó esa organización entre 1999 y 2009, tienen diferencias crecientes sobre las relaciones internacionales.
Incluso la Unión Europea, fundada como antídoto contra los hechos bélicos que propició el nacionalismo, da muestras de desasosiego.
La crisis europea que comenzó con la recesión mundial de 2008 no es ya meramente económica: es cultural, social y política. Ha surgido la nostalgia por las fronteras y las monedas nacionales. El debate sobre la migración ha visto crecer los movimientos políticos nativistas, para los cuales la solución es aferrarse a la historia y las tradiciones.
Rusia reaccionó al empuje de las fronteras de la OTAN cuando estaba a punto de perder por completo su flanco europeo. Hungría, Polonia y la República Checa se unieron al pacto militar encabezado por Washington, en 1999. Siguieron, en 2004, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y los países bálticos. Y, finalmente, Albania y Croacia, en 2009.
La única frontera que faltaba por caer era Ucrania (no tomo en cuenta Bielorrusia, cuyo régimen es adicto a Moscú). Cuando el régimen pro ruso de Kiev fue puesto en jaque por el movimiento Euromaidán a fines del año pasado, Rusia no esperó sentada.
Es temprano para decirlo, pero es probable que 2014 sea recordado como el año del resurgimiento violento de los nacionalismos.
La anexión de Crimea por parte de Rusia y los movimientos separatistas en las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk —detrás de ambas está una red informal de activistas, encabezada por Alexandr Borodái, que converge en Moscú —son una muestra de qué tan lejos ha pretendido llegar Rusia en el uso del nacionalismo para fines internos y externos.
Un siglo después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, el nacionalismo vuelve a cometer un acto de guerra que pone en riesgo la estabilidad mundial: el ataque, premeditado o no —está por verse—, contra un vuelo comercial, desde la zona de guerra del este de Ucrania.
El viernes, el gobierno de Kiev dio a conocer una grabación que, de ser real, indica que fueron los rebeldes pro rusos de la región de Donetsk quienes derribaron el vuelo MH17 de Malaysia Airlines —que iba de Amsterdam a Kuala Lumpur, utilizando la principal ruta aérea comercial que une a Europa con Asia—, mediante el disparo de un misil Buk de fabricación rusa.
La muerte de los 298 pasajeros del Boeing 777, de los cuales 193 eran holandeses, ha desatado una tensión internacional pocas veces vista desde el fin de la Guerra Fría, y cuyo diferendo más inmediato es cómo conducir una investigación imparcial sobre los hechos del jueves 17 de julio en una zona donde los insurgentes pro rusos han hostigado a observadores internacionales y periodistas de varios países.
¿Hasta dónde se permitirá que llegue el nacionalismo, que ya impactó incluso a la aviación comercial? ¿Qué fuerza moral podrá hacer frente a esa plaga del pensamiento, calificada de “enfermedad infantil” por Einstein y “último recurso de los tontos” por Schopenhauer?