¿Inexorable la corrupción?

En su edición del domingo 3 de septiembre, el diario El País dedica el espacio de su suplemento ideas a disertar acerca de la corrupción. En vista de que en mi país, la capital universal de las paradojas, se libra una batalla entre políticos con el fin de nombrar a un ...

En su edición del domingo 3 de septiembre, el diario El País dedica el espacio de su suplemento ideas a disertar acerca de la corrupción. En vista de que en mi país, la capital universal de las paradojas, se libra una batalla entre políticos con el fin de nombrar a un fiscal anticorrupción utilizando para ello medios corruptos, mucho de lo que dice el suplemento nos viene a modo. Para los que lo duden, van los datos del organismo Transparencia Internacional acerca del lugar que ha ocupado y ocupa México entre los países más corruptos del mundo: al finalizar el sexenio salinista estábamos en el número 32. Cuando concluyó el mandato zedillista habíamos descendido al 59. Fox nos llevó al 70 y Calderón al lugar 105. Peña Nieto nos tiene hundidos en el 123 de 176 posibles.

En ideas, Fernando Savater nos ilustra: la corrupción es tan antigua como la condición humana, y enseguida cita a Juvenal, quien proponía que suelen ser más corruptos quienes más favorecidos han resultado en la vida. ¿Cómo dudarlo en un país miserable que ha prohijado a algunos de los hombres más ricos del mundo? De los políticos mexicanos mejor no hablamos, si de ilustrar el punto del historiador romano se trata. Pensando de esa manera, Thomas More (“Santo Tomás Moro” para nuestra muy corrupta iglesia) propuso su corruptio optimi pessima: lo peor de la corrupción es que aqueja a los mejores, a los más destacados. Savater reflexiona acerca de las motivaciones de los corruptos para legitimar sus fechorías: aprovecharse de todo aquello con lo que se pueda lucrar, por esa sola condición; suponerse merecedores de recompensas adicionales (¡e ilegales!) en vista de que se prestan servicios destacados; o haber nacido para la tropelía y la deslealtad que se convierten en mórbido placer. ¡Pobre México, víctima de la depredación implacable por parte de las tres modalidades de corruptos! El filósofo español concluye proponiendo que la batalla contra la corrupción nunca podría ser ganada. En su trabajo, Cristina Galindo recupera las aportaciones del sicólogo norteamericano Dan Ariely (Nueva York, EU, 1968). Nos recuerda el experimento aquel en que se propone a los participantes colaborar en dos actividades distintas. La primera paga cuatro euros, la segunda 40, y es un volado el que decide cuál se asigna a los voluntarios. El investigador propone a quienes pierden el volado que paguen dos euros para que el resultado se cambie. ¡Lo hacen el 86% de los participantes!

¿Algunos de los postulados de Ariely? El engaño es contagioso, en el sistema abundan las trampas, es fácil caer en la tentación. La corrupción puede entenderse como aprendizaje por imitación. La moralidad se asocia al grado de engaño con el que una persona se siente cómoda. Oscilamos siempre entre nuestro deseo de considerarnos honestos y la posibilidad de hacer trampa y sacar provecho. Y algo especialmente interesante: mientras mayor es la recompensa que se ofrece por ser honesto, más probable es que nos enfoquemos en esa recompensa y pasemos por alto la causa. Hasta aquí llegué yo, blindado —pensaba— por mi pesimismo a ultranza. Un grupo de legisladores pretende prohijar un fiscal a modo para que proteja durante nueve años a los peñanietistas y a los tránsfugas del calderonismo, cuyos delitos contra el patrimonio de la nación prescribirían hasta entonces. El otro pretende, al oponerse, ganar un posicionamiento político que los lleve a ganar las elecciones presidenciales del año próximo; ilegítimos ambos fines. De modo que ni partidos ni credo político ni estrato social ni experiencia en el ejercicio de un cargo público ni nada de nada va a moderar siquiera nuestra caída en picada en la tabla de Transparencia Internacional.

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