No pueden con el poder

Por Ignacio Anaya Los problemas de México pueden explicarse con muchas narrativas y desde una infinita variedad de aproximaciones; sin embargo, ha sido la épica de sus políticos la que mejor revela por qué cargamos un lastre tan adverso, reproducido desde hace muchos ...

Por Ignacio  Anaya

Los problemas de México pueden explicarse con muchas narrativas y desde una infinita variedad de aproximaciones; sin embargo, ha sido la épica de sus políticos la que mejor revela por qué cargamos un lastre tan adverso, reproducido desde hace muchos años en un irrompible círculo vicioso.

Ya estamos en 2016 y la evidencia resulta contundente: si los tres órdenes y los diferentes niveles de gobierno no han podido gobernar con prestancia y firmeza en la primera mitad del sexenio, ¿se podrá dirigir al país de manera asertiva y con resultados tangibles y relevantes en los tres años restantes?

En este contexto, la percepción de hartazgo social y en general el malestar ante la incapacidad de resolver problemas se dirige por igual a las autoridades, tanto federales como locales, donde por otro lado la rendición de cuentas es prácticamente nula.

Pero la clase política también incluye a los integrantes de los poderes judicial y legislativo, así como a los funcionarios de los órganos autónomos, que en conjunto deberían inyectar vitalidad al Estado mexicano. Hablamos de servidores públicos bien pagados a quienes nadie exige cuentas en el ámbito de sus tareas.

De lado de la oposición no hay mucho qué diferenciar: los líderes más destacados tampoco han contribuido a rescatar este país desde los congresos estatales o federal, ni mucho menos cuando se transforman en autoridades y gobernantes. Los dos sexenios de gobierno panista realizaron aportaciones importantes, pero el tema de la inseguridad sólo lo agrandaron. En esta irresponsabilidad colectiva no pueden quedar fuera, de ninguna manera, los demás partidos políticos.

Ciertamente, la desbordada violencia y la inseguridad que conlleva forman parte de una compleja telaraña tejida a través de los años a partir de la corrupción, de la complicidad y sobre todo de la impunidad. Si México enfrentar estas expresiones de barbarie es porque encontró terreno fértil para crecer.

Hay que decirlo con claridad: los políticos no están haciendo política, ni desde el gobierno, pero tampoco desde las oposiciones.

De entre el caudal de retos que nomás no pueden garantizar estos señores y estas señoras, sin duda, el más relevante es la incapacidad para controlar y contener la violencia. Ya inició 2016, pero las acciones establecidas durante 2015 para detener al crimen organizado no modificaron nuestra realidad. Persisten los delitos federales y del fuero común que no disminuyen como tampoco la corrupción y la impunidad.

¿Y por qué sucede esto? ¿Por qué transcurren los sexenios y el crimen organizado se sostiene? ¿Cuál es la razón de que la impunidad persista? ¿De qué están hechos nuestros gobernantes que no pueden acabar con la corrupción?

El analista Moisés Naím ha planteado la tesis de que en el entorno mundial los Estados se encuentran debilitados frente a un radical cambio de paradigma porque el poder no sólo se está diluyendo sino que vive una etapa en la que se traslada a sectores con mayor fuerza bruta, hacia las nuevas generaciones, hacia las mujeres y en general hacia los nuevos actores sociales.

Aunque México tiene sus peculiaridades, esta tesis puede ayudar a explicarnos por qué no se está usando el poder del Estado para extirpar el tumor que representan la corrupción y la impunidad.

Sería muy precipitado asegurar que hoy por hoy el poder en México está desahuciado; pero de que tiene síntomas de agotamiento los tiene, que no quepa duda.

Por ese motivo es que el aparato de Estado le cuesta muy caro a la población, que lo sostiene con impuestos y sobre todo con su encomiable decisión de asumir una autorestricción de libertades constitucionales como el derecho a la protesta, la movilización y la organización.

Sin embargo, esta tolerancia no puede extenderse. Ya no. Que el ciudadano responsable y trabajador rehúse echar más leña al fuego de la ingobernabilidad no puede constituirse como un cheque en blanco para ningún político, ni mucho menos para quienes gobiernan. México necesita con urgencia que sus ciudadanos debatan, discutan y protesten, sobre todo cuando resulta inocultable que la autoridad ya no puede con el poder.

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