La lapidación de Elena L.

Fue Charles Baudelaire, el inasible, quien sentenció: “El verdadero progreso no está ni en las mesas giratorias ni en las máquinas de vapor. El único progreso realmente tangible sería el de desembarazarnos por fin del agobiante pecado original”. Un siglo después ...

Fue Charles Baudelaire, el inasible, quien sentenció: “El verdadero progreso no está ni en las mesas giratorias ni en las máquinas de vapor. El único progreso realmente tangible sería el de desembarazarnos por fin del agobiante pecado original”. Un siglo después otro vertiginoso, Sigmund Freud, vino a decir lo mismo en su Malestar en la cultura. La idea que subyace bajo ambos planteamientos es el de la culpabilidad ineludible.

Esa culpa que se gesta en los primeros años de la infancia, llevada de la mano por los principios morales y las prohibiciones inculcadas en el proceso formativo y educativo, que se disimula en los más recónditos recovecos del inconsciente individual y colectivo, y que se manifiesta de las más disímbolas e insospechadas maneras. Vivimos nuestras actitudes y nuestra conducta de manera culpígena y en permanente expiación.

Entre los distintos mecanismos que revelan tal fenómeno, destaca la tendencia inexorable de andar descubriendo y denunciando el mal que nosotros mismos depositamos en el otro, mediante ese curioso y poderoso mecanismo que el maestro vienés llamó proyección. Sin cesar andamos buscando culpables de nuestras propias transgresiones. A este fenómeno la sabiduría popular lo condensa en la notable expresión de “ver la paja en el ojo ajeno”.

Esta perversa práctica se ha visto incrementada y acentuada en la actualidad, a niveles que ni Baudelaire ni Freud hubieran imaginado nunca, gracias a la proliferación y penetración de los medios electrónicos de comunicación e información. De presunta información y presunta comunicación debo acotar. Los linchamientos mediáticos están a la orden del día. La cruel voracidad conque son llevados a cabo no tiene nada que ver con las responsabilidades reales o imaginarias del inculpado, de aquel que es sentado en el banquillo de los acusados y condenado a la picota o al patíbulo. El punto es que esta nueva y más santa que nunca inquisición, está encarnada en quienes deberían limitarse a dar a conocer, desde una óptica neutra y equitativa. Bendito San Twitter.

Hoy en día muchos locutores, cronistas y comentaristas se ven convertidos en fiscales, jueces y verdugos, todo a la vez. Son cada vez más los comunicadores que abdican de su imparcialidad y se arrogan el derecho de erigirse en ministerios públicos y tribunales de primera y segunda instancia sin reparo alguno. Y lo más lamentable de esta intolerable y sin embargo tolerada perversión es que gigantescas audiencias tartufas se dejan pastorear mansamente por los modernos torquemadas.

Un ejemplo tan reciente como ilustrativo lo representa la actual lapidación de la maestra Elena López del kínder Montessori Caracola acusada y anatemizada por las muchedumbres piadosas, justicieras y sedientas de escarmientos ejemplares, a partir de un video tan casero como confuso, en el que la educadora “sicópata” gritonea, manotea y medio zarandea a uno de sus pupilos.

No entro ni salgo en si la actitud de la señorita López es adecuada o no. Qué sé yo. Ni la defiendo ni la acuso, sino todo lo contrario. A quien sí acuso sin cortapisas es a quienes la acusan y hacen un escándalo histérico en torno a un episodio sin mayor significación ni daño. Lo único inadmisible en este asunto, que sería ridículo si no fuera alarmante, es la facilidad con la que se levantan piras purificadoras, basadas en criterios moralinos empalagosos y deplorables y en testimonios más que dudosos.

Autos de fe muy similares protagonizaron en su momento los ajusticiados Schulenburg, Gloria Trevi, Succar Kuri, Mario Marín, René Bejarano, Rosario Robles, Kalimba, Marcial Maciel, y hace apenas unos días el caso del arzobispo polaco Josef Michalik. Los menciono a vuelo de pájaro. Con más ahínco podría encontrar docenas más en todos los niveles. Y tengo que insistir: No estoy juzgando a quienes son juzgados, estoy juzgando sí a sus juzgadores.

En general en semejantes defenestraciones el dedo flamígero se arma de argumentos tanto morales como jurídicos, fabricados ex-profeso y ad-hominem, pero es preciso condimentarlas con especias suficientemente pimentadas que despierten el apetito de las masas ávidas de penitencias ajenas. Una y otra vez.

Puestos a repetir el juego añaden ingredientes de esencia abiertamente lasciva. Inducen nuevas sensaciones obstaculizando la indispensable templanza arbitral, manipulan al gusto nuestra inseguridad fraguando insidias claramente arteras, invocan reflejos represivos enconados propiciando exabruptos totalmente insostenibles bajo lastimosas excusas. Maniqueísmos inflexibles validan inevitablemente exorcismos satanizadores unciendo nuevas intolerancias con arquetipos. Mesurar en cambio auspiciaría ecuanimidad.

Dicen que hace tiempo el Hombre de Nazareth se interpuso entre la víctima y sus feroces verdugos profiriendo: “Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. Por lo visto entre nosotros son muchos los que necesitan presentarse como libres de culpa. Y muchos los que los aprovisionan de proyectiles.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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