Herejía
Imposible predecir el abasto y la amplitud que cobrará el movimiento contra la “privatización de Pemex”.
La noticia fue, no por esperada, menos sorpresiva. Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, las dos figuras principales de la breve y sobresaltada historia del Partido de la Revolución Democrática, vuelven a converger, esta vez al frente de una naciente movilización en contra de la llamada reforma energética. Digamos que era lógico pero no automático. La relación entre las dos personalidades dista mucho de ser llana y prístina.
Nunca he acabado de entender cómo el ingeniero Cárdenas, fundador y líder indiscutible del Sol Azteca fue bruscamente hecho a un lado y dejado entre bambalinas por la intempestiva irrupción en escena del político tabasqueño. Menos aún entiendo el silencio y la resignación con la que Cuauhtémoc, hombre de temple, aceptó ser relegado.
La telenovela Ahumada, varios —no sé qué tantos— de cuyos capítulos aún permanecen en las sombras, tiene que ver sin duda con la defenestración, no por terso menos brutal, del político michoacano. Más de uno de sus principales alfiles fueron definitivamente, con menor o mayor contundencia, sacados del tablero. Tal vez algún día saldrán a la luz nuevos episodios del truculento asunto y ciertas actitudes hoy incomprensibles se aclararán. Tal vez. Pero el destierro político de Cárdenas es anterior y no se debe exclusivamente, ni mucho menos, a sus dos tropiezos electorales.
Sin embargo no son ellos las dos únicas figuras que confluyen en el proyecto opositor que se dio a conocer en la declaración que se hizo pública el pasado 19 (cualquier similitud con un sismo debe ser tomada como mera coincidencia). Un día antes, el miércoles 18, en otro manifiesto también contra la reforma energética, Cárdenas coincide con otros personajes, algunos de ellos en auténtico rescate, antiguos y muy cercanos socios, como Ifigenia Martínez o el zigzagueante e infaltable Porfirio Muñoz Ledo. Y otros con trayectorias tanto o más dudosas, como Manuel Camacho o Dante Delgado. Algo así como la noche de los resucitados.
Imposible en estos momentos predecir el abasto y la amplitud que cobrará el movimiento contra la que ya es denominada “privatización de Pemex”, pese a los esfuerzos del gobierno al insistir que no se trata de eso. Lo que sí era previsible era que tal “frente antiprivatizador” iba a surgir. Peña Nieto y su equipo debieron tenerlo presente. Supongo. Probablemente ya sabían que con su proyecto de reforma insuflaban nuevos bríos a políticos y formaciones decididamente alicaídos. Imagino que debieron haberlo medido. Imagino.
No son habas. La expropiación petrolera en 1938 es una de los tres o cuatro hitos solemnes, señales en el camino, que puntúan la historia de México. Ora sí que la Historia de la Patria. Y como tales, son emblemas sagrados, sin metáfora alguna. Directrices. Dogmas intocables. La reforma peñista no será privatizadora, pero lo parece. No importa si es o no razonable. Pero se enfrenta a lo sagrado, y eso basta para convertirla en una herejía. En este momento, a pesar de la clara mayoría parlamentaria de la que goza, no me atrevo a asegurar que la iniciativa pasará así nomás. Con lo sagrado no se juega.
Guardando todas las distancias, es similar a la cuestión de alterar el absurdo régimen vigente de colegiaturas en la UNAM. Cualquier apreciación sensata considera que es preciso corregirlo, por mil motivos. Pero la “gratuidad” es un paradigma. Y rozarla apenas es tabú. Y el tabú no se toca. Al menos tres rectores respetables ya se engancharon los dedos en tan loable como temerario intento. El caso de Pemex es tanto más peliagudo. Y de peso específico político y económico mucho mayor. Que ni qué.
Ya he dicho aquí que la actual situación de Pemex es insostenible. Va al garete y es indiscutible e inaplazable tomar medidas que corrijan y eviten, más que la deriva, el naufragio. Pero tales medidas deberán ser bordadas con un cuidado exquisito, quirúrgico. Si se pretende realmente implementarlas y que sea más que una manita de gato, como han resultado intentonas anteriores.
Proceder a repensar decisiones escabrosas moderaría ostensiblemente conductas obcecadas sugiriendo otras soluciones. Varios indicios conducen a considerar oportuno negociar mecanismos inéditos generando opciones, especialmente si otras salidas ocasionan menores objeciones serias. Las indispensables transformaciones estratégicas reclaman avenencias leales. A suspicacias intransigentes necesitarían oponer serenas alternativas menos ásperas modulando opiniones sectarias.
La encrucijada es tanto más delicada cuanto no faltarán advenedizos de toda laya que querrán sacar botín de ese trance, genuino brete. Se trata, ora sí, de hacer política de a de veras. En serio y con responsabilidad. Al menos por parte de aquellos que, de un lado y otro, sean serios y responsables. Que no son todos, ni siquiera muchos.
*Matemático
