Cruz Roja Mexicana

Esta institución asistió a los combatientes de la Revolución; en 1913, a los muertos y heridos de la Decena Trágica; la invasión norteamericana en Veracruz; los brotes epidémicos de tifoidea y de influenza española...

El presidente Enrique Peña Nieto realiza esfuerzos extraordinarios para ayudar a las miles de familias afectadas por Ingrid y Manuel, desplegando todos los recursos económicos y humanos del gobierno federal.

Los dineros asignados al Fondo Nacional de Desastres Naturales (Fonden) para estos siniestros son de seis mil trescientos millones de pesos. Insuficientes. Sólo el estado de Guerrero requerirá una cantidad mayor de recursos económicos. Así, Oaxaca, Veracruz, Tamaulipas, Zacatecas, etcétera, solicitan apoyos de la Federación. Menudo problema: ningún partido político, congresista o servidor público federal imaginó la pequeñez de lo programado presupuestalmente para apoyar este tipo de tragedias. Más allá de la calificación que tiene Luis Felipe Puente, coordinador Nacional de Protección Civil de Gobernación, de si alertó con oportunidad a los gobiernos estatales, municipales, a la sociedad civil y a su jefe, Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, y más allá de si estaba en Las Vegas disfrutando del puente septembrino y “la pelea de box del Canelo”, menester es destacar la altruista labor de la Cruz Roja Mexicana, institución centenaria no lucrativa, de interés social y voluntaria. En 1909 la ciudad de Monterrey sufrió lluvias torrenciales, afectando a más de 50% de la población; asistidos por la Ciudad de México, envió brigadas con víveres, coordinados por el doctor Fernando López y su esposa, Luz González Cosío de López. En reconocimiento a esta labor, Porfirio Díaz decretó el reconocimiento oficial de la Cruz Roja Mexicana en 1910. Asistió a los combatientes de la Revolución; en 1913, a los muertos y heridos de la Decena Trágica; la invasión norteamericana en Veracruz; los brotes epidémicos de tifoidea y de influenza española; las inundaciones del Bajío; los terremotos de 1911 y 1919; los niños exiliados de la Guerra Civil española en 1937; las víctimas de la erupción del volcán Paracutín en 43, el sismo del Ángel en 57. En 1968 inauguró su Hospital Central, atendiendo a las víctimas del disturbio estudiantil; en los 80, a los refugiados guatemaltecos; en 1985, a miles de damnificados por los sismos (jalando recursos de sus homólogas internacionales, Suiza, Alemania, Media Luna, etcétera) y pagar los enganches de 10% de los créditos otorgados para el pago de las más de 100 mil casas construidas en las vecindades expropiadas donde vivían como inquilinos. Una ciudad dentro de otra ciudad. Tormentas, huracanes, ciclones, sismos, explosiones e incendios del país: recordemos a Gilberto (88), Paulina (97), Juliette (2000) Stan y Vilma (2005), las inundaciones de Tabasco y Chiapas (2007), Emily y Alex (2010).

Por ello, nuestro reconocimiento a Fernando Suinaga y sus antecesores Daniel Goñi y Olegario Vázquez Raña, presidente de nuestra casa editorial Excélsior, por su discreta labor de dirección al frente de una institución que con donativos de miles de mexicanos despliega ayuda humanitariamente a todas las personas vulnerables, en estado de riesgo y sin discriminación alguna.

Ahora, seguramente el presidente Enrique Peña Nieto creará el Instituto Nacional de Prevención de Desastres Naturales con autonomía y presupuesto suficientes propios, dirigido por gente calificada. ¿O seguiremos tapando hoyos cada año, estimado lector?

                *Abogado y político

                jcsanchezmagallan@hotmail.com

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