Trump y su estilo de gobierno
Gran parte de su prestigio está en la afirmación de que tiene éxito, aparentarlo, gritarlo y hacer creer a los demás que lo tiene.
Las primeras dos semanas de gobierno de Donald Trump hicieron mucho por solidificar la intranquilidad alrededor de su mandato y sus acciones.
No es que haya sido especialmente bueno o malo. De hecho, se movió hacia el cumplimiento de sus promesas electorales. Pero como lo hizo refleja mucho de su estilo como empresario, de una forma que ciertamente rompe con normas políticas y no parece temperado por la promesa de parecer presidencial. Más solemne, o si se quiere más digno en otras palabras.
Hay la decisión, sí, pero en la mayoría de los casos no parece haber análisis ni estudio de causas o consecuencias o algo tan simple como sobre la forma —o legalidad— de hacerlo. Y por supuesto, tampoco hay interés por modificar posturas o dar marcha atrás y sí, en cambio, de acuerdo con al menos algunos análisis sicológicos remotos, a proclamar victoria simplemente con base en apariencias.
Lo que sí hay, y mucho, es el braggadocio, la fanfarronería que suele acompañar a los neoyorquinos, una ciudad donde las apariencias son parte importante de la vida diaria y que siempre deja con la duda de hasta qué grado un lado puede o quiere respaldarse con acciones y en qué medida el otro quiera o se esté dispuesto a comprobar su veracidad.
A nivel persona tal vez no implique mucho más que el desdén para los habladores. El problema es que en este caso el fanfarrón tiene a su disposición medios inmensos para respaldar sus palabras sin correr riesgos.
Esa situación parece perfecta para un personaje que, como Trump, gusta de negociar a partir de posiciones de fuerza y ha presumido de hacerlo —aunque su éxito real es difícil de medir— y logrado una fortuna con ello. Cierto, mucho de su estilo es apariencia: gran parte de su prestigio está en la afirmación de que tiene éxito, aparentarlo, gritarlo y hacer creer a los demás que lo tiene.
Pero también hay algo de fondo. Sus desarrollos inmobiliarios, hoteles y campos de golf son una realidad. La renta de su nombre como símbolo de lujo le ha dado ganancias y la renuencia para separarse de sus negocios privados es evidente. Al mismo tiempo, y esto es algo a notarse, en sus negocios abusó frecuentemente de empresarios más pequeños y les demoró pagos hasta que aceptaron fracciones en vez de totales.
Pero la duda está en lo que haga como Presidente. No se trata de simpatías o antipatías. Es sólo una cuestión de cuántos frentes puede abrirse al mismo tiempo, en cuántos puede ejercer presión simultáneamente, en cuántos puede retirarse o en cuántos puede hacer su voluntad.
Cierto. Estados Unidos es un país muy grande, el hegemón de nuestro tiempo. Y todavía, como afirmaba Madeleine Albright, “la nación indispensable”.
Pero esa hegemonía no es resultado sólo de la voluntad estadunidense e incluye factores que hoy Donald Trump parece dispuesto a cambiar, como la doctrina de alianzas económicas y militares que su país promovió por décadas y el acuerdo interno de nación.
Y si Trump hizo guiños a la idea de alterar o cambiar las alianzas internacionales y creó preocupación por la posibilidad de asumir una política exterior aislacionista, en lo doméstico ha hecho nada por tender puentes en la cada vez más políticamente polarizada sociedad de su país y más bien ha profundizado sus divisiones.
