México y los nuevos acuerdos de libre comercio

Ambos pueden calificar o modificar de hecho especificaciones del TLCAN o, cuando menos, las posturas de su principal socio comercial, Estados Unidos.

¿Puede México quedarse al margen del acuerdo comercial transpacífico?

Esa es una pregunta importante y una que debe plantearse ante el debate que rodea ya al aún desconocido acuerdo, concluido hace algo más de una semana luego de complicadas negociaciones.

El libre comercio es tradicionalmente una causa de debate y frecuentemente recibido con desconfianza por sectores que no aceptan ser opuestos sino partidarios de un comercio “justo”.

Así ocurrió con el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) y de hecho el tema se encuentra ya en medio de una gigantesca discusión, una que esta vez es literalmente multilateral y ocurre en tres continentes (Asia, América y Europa).

Por un lado está ciertamente el presuntamente recién concluido Acuerdo Transpacífico, que abarca a 12 naciones —incluso México— y lleva implícita la intención de presionar a la República Popular China para terminar con lo que los estadunidenses dicen es su manipulación de la moneda.

El debate alcanza también a otro acuerdo comercial, aunque en desarrollo todavía, entre Estados Unidos y Europa.

En ambos casos hay grupos en cada lado que demandan la publicación de los textos en negociación y un cuidadoso examen de los documentos y sus compromisos.

El problema para México es que no puede quedarse fuera de uno y necesita ser incorporado en las negociaciones del otro, pero no puede demandar lo uno sin participar del otro.

Ambos son acuerdos “de última generación” que pueden calificar o modificar de hecho especificaciones del TLCAN o, cuando menos, las posturas de su principal socio comercial, Estados Unidos.

Habría que recordar que con todos sus defectos, el TLCAN dio nuevo aire a la economía mexicana y que si bien introdujo esquemas a veces brutales de competencia, permitió también innovaciones.

El libre comercio no es una panacea y con frecuencia expone las contradicciones y problemas de las economías participantes. Pero hasta ahora no hay nada que lo sustituya como motor económico.

Y no, México no puede darse el lujo de mantenerse al margen.

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