El garrote de Tillerson y Kelly
Al menos esta vez México conoció el decreto antiinmigrante de Trump antes de que llegaran el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el de Seguridad Interior, John Kelly. De todas maneras, no quita el batazo que conecta Donald Trump en la primera visita de altos ...

José Buendía Hegewisch
Número cero
Al menos esta vez México conoció el decreto antiinmigrante de Trump antes de que llegaran el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el de Seguridad Interior, John Kelly. De todas maneras, no quita el batazo que conecta Donald Trump en la primera visita de altos funcionarios de su gobierno, con ese estilo golpeador que ya antes obligara a la cancelación del encuentro con Peña Nieto en Washington. Pero el nuevo ataque y el nivel de los interlocutores revelan una agenda articulada, que contrasta con la tibieza y falta de enfoques del gobierno mexicano frente a la amenaza de deportaciones masivas de inmigrantes ilegales.
Tillerson y Kelly hablarán con la cúpula militar y el gobierno de Peña Nieto tras la publicación de las órdenes ejecutivas de Trump que endurecen la cacería policiaca para la expulsión expedita de migrantes, así como de la construcción del muro fronterizo. Ambas definiciones disipan incertidumbre sobre el alcance de la política migratoria estadunidense, pero recortan la principal estrategia de protección a las deportaciones a través de la defensa jurídica en tribunales. Y, más grave aún, profundizan la criminalización de trabajadores indocumentados que quieren permanecer en EU. Como es usual en la forma de negociar de Trump, dieron el batacazo antes de saludar la “robusta y saludable” relación con México.
Con respecto a la ofensiva migratoria, Peña Nieto rechaza genéricamente “imposiciones”, pero sin ofrecer directrices políticas, por ejemplo, contra el muro como símbolo de exclusión y de la narrativa envenenada hacia los trabajadores migrantes. Videgaray se resigna a aceptarlo como asunto de soberanía de EU, sin entender que es signo gráfico y generador de emociones en favor de la deportación como recurso de seguridad contra delincuentes, terroristas y “bad hombres” que Trump reivindica. El problema del muro no es que sea un gesto “poco amistoso” o si quiere que México lo pague, sino ser el emblema del peligro de la cerrazón y la intolerancia. Es la materialización invariable de esa retórica que va más allá de una medida migratoria para servir como alfabetización del lenguaje contra los “distintos” y elemento de la difusión internacional.
Tillerson y Kelly llegan con los planos del muro bajo el brazo y con las órdenes ejecutivas de Trump para dar un giro al veto migratorio. Sus prioridades son claras y no olvidan la agenda que desde la campaña puso a México en el centro de los ataques contra el “contagio” del exterior. Bien decía la semana pasada en México, en una reunión privada, un alto funcionario del Bush Center, Matthew Rooney, que detrás de la renegociación del TLCAN y las acciones antiinmigrantes hay una política de “supremacía blanca” que explota el temor al futuro de los que creen que el crecimiento de “América primero” depende de rechazar a la élite globalizadora, a musulmanes, minorías raciales y migrantes.
Pero el gobierno de Peña Nieto no entiende que el problema es político y no se reduce al cambio de las reglas de intercambio con un socio comercial. Por eso la incapacidad de ofrecer nuevos enfoques que cambien la imagen de los trabajadores indocumentados, de delincuentes o violadores; de desmontar la visión de ellos casi como peligrosos narcos o terroristas, como justifica Israel el muro con Palestina. Para devolver dignidad y respeto a su trabajo y también ofrecer soluciones alternativas para ordenar la migración y asumir la responsabilidad de la expulsión de connacionales. Nada de eso se puede si se transige con la idea del muro.
Se preguntaba el gobierno mexicano cuál es la primera frontera en la negociación del paquete completo de la relación bilateral: el muro. ¿Es posible encontrar nuevas reglas justas de la relación bilateral en comercio, seguridad fronteriza y migración tras el icono del racismo? ¿Puede haber respeto a los migrantes y al país desde la permisividad a una política de intolerancia y exclusión?