Preguntas para 2014

La falta de claridad es una causa de debilitamiento del liderazgo, pero, además, la confusión dificulta la aplicación de reformas que aún deben materializarse en leyes secundarias que las hagan operables

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José Buendía Hegewisch 05/01/2014 00:00
Preguntas para 2014

Si hubiera que escoger una palabra para describir el arranque de 2014 sería: confusión.  El año parece comenzar con el ánimo perturbado, desordenado y, sobre todo, sin paz. Se mezcla la agitación de un intenso año de profundas reformas,  energética o  telecomunicaciones, con las resistencias de décadas a ellas; las esperanzas de que cuajen con el temor a la protesta; la necesidad de que se traduzcan en crecimiento y la decepción de otro año sin suficiente empleo; el desasosiego de poner en segundo plano la información sobre la inseguridad, sin que mejore la violencia en la calle; los buenos deseos de atacar la corrupción sin voluntad ni cualidades institucionales; el anuncio de grandes obras, como el  nuevo aeropuerto, sin superarse el trauma de la represión en Atenco; la desaparición de instituciones fundamentales para la democracia, como el IFE, por dudosas aventuras de la partidocracia.

La confusión parece consecuencia inevitable de las propias reformas que en 2013 comenzaron a impulsar el gobierno con los partidos. Es cierto que el país se ha movido, como prometió Peña Nieto al llegar hace un año. En efecto, su administración logró desbloquear la agenda legislativa con acuerdos cupulares no vistos desde hace años. Su alianza con las dirigencias permitió comenzar a moverlo, pero eso no significa que haya cambiado. El Pacto sacudió un país empolvado y enmohecido por los privilegios, pero no es diferente al que había cuando llegó, aunque el PAN augure que están en marcha transformaciones que le cambiarán el rostro. Pero no todos esperan cambios, por ejemplo, los zapatistas creen que hace frío, como en 1994, cuando se levantaron en armas.

México vive un momento contradictorio. Por ejemplo, todos los pronósticos coinciden en que la economía repuntará en 2014 luego de una casi recesión, pero estará por debajo del promedio de América Latina. Las reformas ofrecen recuperar el potencial de crecimiento, pero, en su caso, los beneficios se verán en el largo plazo. La oposición advierte que el gobierno ya no tendrá pretextos para no dar resultados, mientras otros temen que las reformas hayan llegado demasiado tarde.

El mayor afectado por la confusión es el liderazgo, porque lo primero que se espera de Peña Nieto es que sepa a dónde y cómo quiere llevar al país. Ser capaz de evitar que las reformas descarrilen o se fundan. La falta de claridad es una causa de debilitamiento del liderazgo, pero, además, la confusión dificulta la aplicación de reformas que aún deben materializarse en leyes secundarias que las hagan operables. Ese es el riesgo de que la agitación se instale en el proceso de reformas, que las debilite o impida su funcionamiento.

Pero la confusión no proviene solamente de los problemas en el liderazgo. El apoyo en la opinión pública a Peña Nieto es menor que el de los últimos Presidentes en el primer año de gobierno, a pesar de la mayor producción legislativa. El debilitamiento del liderazgo, como advierte el ex presidente español Felipe González, en su reciente libro En busca de respuestas: El liderazgo en el siglo XXI, se debe sobre todo a la fragilidad de las instituciones. En nuestro caso, es un viejo problema, pero hoy es más grave, porque la posibilidad de tener liderazgos “sólidos, fuertes y creíbles” implica compartir el poder, no sólo con las cúpulas de los partidos, sino abrir realmente las instituciones a la participación de la sociedad. Uno de los mayores pendientes de la democratización mexicana es la apertura del ejercicio del poder y que eso se plasme en nuevas formas de funcionamiento de las instituciones.

La partidocracia, vehículo de las reformas constitucionales en 2013, es una expresión de debilidad institucional. Por eso los cambios no pueden depender sólo de alianzas restrictivas y entre actores desgastados y con poca legitimidad, como los partidos. La transformación real y efectiva del país pasa por lograr que las instituciones de seguridad,  justicia o de desarrollo social dejen de funcionar bajo lógicas personalistas, verticales y autoritarias del viejo régimen. El problema es que los partidos no parecen muy dispuestos a sacar las manos de las instituciones, ni el gobierno a profundizar en una nueva lógica de poder compartido para privilegiar el acuerdo.

Por eso, una vez aprobados los cambios constitucionales, las reformas permanecen en vilo. ¿Habrá el liderazgo y la fuerza institucional para sacarlas adelante? ¿Será la partidocracia el obstáculo del cambio? Aquí la primera respuesta que me gustaría encontrar en 2014 y desear un buen año para todos.

                *Analista político

                jbuendia@gimm.com.mx

                Twitter: @jbuendiah

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