Extrañar a Peña

En mi primer curso de economía en la licenciatura, nos tocó un maestro muy limitado. Compensó su mediocridad siendo un barco. Los dos alumnos más matados protestamos ante las autoridades. No lo asignaron en el siguiente semestre. Bastó la primera clase del segundo curso de economía para saber que lo íbamos a extrañar. El nuevo era todavía más chafa.

Si López Obrador gana la Presidencia, hay, por lo menos, un tema donde podemos llegar a extrañar a Peña Nieto: en su relación con los periodistas y articulistas. El presidente Peña ha sido objeto de todo tipo de notas adversas y hasta de crueles editorialistas. Nunca los ha enfrentado ni respondido en público. No considera a los comunicadores sus enemigos. Se le puede, incluso, criticar por no haberse defendido con argumentos. Peña Nieto casi no da entrevistas abiertas ni se suele sentar a hablar con quienes lo critican.

Bastó un texto crítico de Jesús Silva-Herzog Márquez, este lunes, intitulado AMLO 3.0, donde argumenta que AMLO se ha vuelto capaz de recibir en su partido a cualquiera, para que el aludido lo acusara de ser un secuaz de la mafia del poder, conservador con apariencia de liberal. No es el primer caso de intolerancia de López Obrador con los medios de comunicación. Insultó a Pepe Cárdenas por entrevistarlo con firmeza. Ha demandado legalmente a medios que lo han criticado, como a The Wall Street Journal en el 2016 cuando publicó un artículo sobre sus departamentos al sur de la Ciudad de México. Reflejo de la intolerancia de López son sus aguerridos seguidores capaces de inundar a sus adversarios de agresivos tuits.

Trump nos puede haber acostumbrado a los ataques directos contra los comunicadores. No ha sido así en la historia de Estados Unidos. No debe ser así en una democracia.

En el libro, Cómo mueren las democracias, sus autores, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, ofrecen una serie de los síntomas que podrían indicar que un candidato se puede convertir en un gobernante autoritario si gana la contienda. La lista incluye su relación con los medios de comunicación. Es mala señal que el candidato confronte agresivamente a sus críticos, peor aún que amenace con buscar acciones legales o de otra índole en contra de ellos. Tiene razón López Obrador cuando defiende su derecho a contradecir a un crítico, pero él no argumenta, descalifica. Al descalificar a Silva-Herzog el tabasqueño muestra no haber cambiado tanto.

La relación de este gobierno con los medios de comunicación no es para presumir. Peña Nieto repartió mucho dinero a través de publicidad oficial para tener medios más amables. Particularmente preocupante fue el aparente uso de auditorías del SAT contra el presidente de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad por haber criticado la honestidad del Jefe del Ejecutivo y al economista Enrique Cárdenas, quien encabezó la crítica a la candidatura de Paloma Merodio como vicepresidente del Inegi, propuesta por el entonces secretario de Hacienda, José Antonio Meade. No podemos olvidar el caso del software Pegasus y el espionaje a periodistas y adversarios. Son temas impropios de una democracia e ilegales. Esto no lo vamos a extrañar. Pero no creo que vaya a ser muy distinto con López Obrador en el poder, dada su intolerancia y la de tantos de sus seguidores.

Hay, por lo menos, dos casos de comunicadores despedidos por sus patrones por haber sido muy críticos del gobierno, como el caso de Carmen Aristegui, o por haber defendido a sus invitados regulares críticos, como el de Leonardo Curzio. Sin embargo, los aludidos siguen escribiendo en algún periódico y contribuyendo en medios electrónicos, incluso en el caso de Leonardo, junto con sus antiguos invitados, Ricardo Raphael y María Amparo Casar, en el Canal 11, propiedad del Estado.

El riesgo central para un periodista en la provincia es que lo maten. Es terrible, pero eso pasaba con Calderón y seguirá pasando si gana López Obrador si no se logra enfrentar con instituciones sólidas al crimen organizado y a aquellos gobernadores que parecen una versión distinta de lo mismo. No bastan sus buenos deseos.

En este sexenio el Presidente no ha enfrentado por nombre y apellido a sus críticos. Su enojo, si lo tuvo, lo ventiló en privado. Nos parece normal que así sea. Dista mucho de serlo. Podemos extrañar a Peña Nieto si un triunfo de López Obrador volviera la crítica una traición al pueblo que lo eligió, una muestra de que la mafia del poder no lo deja gobernar, una prueba de que hay intereses ocultos o conspiraciones en su contra.

Ésta es la lógica que anima a su movimiento. Según artículo de El Universal, precandidato que critique o desobedezca al partido, a sus rivales o a su dirigencia, pierde el registro para ser candidato. https://goo.gl/AK6ay7. Mano dura contra los críticos en el propio partido. Finalmente, lo siente de su propiedad. ¿Si ganara la Presidencia sería tolerante? No parece estar en su naturaleza.

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