Amour: el Amor con A mayúscula

Día. Interior de un departamento en París. Es luminoso y de estilo conservador, techos altos, muebles antiguos. La puerta principal se abre con fuerza y entran los bomberos y la policía con tapa bocas. Se anuncian y recorren el lugar. Las puertas y ventanas están ...

Día. Interior de un departamento en París. Es luminoso y de estilo conservador,  techos altos, muebles antiguos. La puerta principal se abre con fuerza y entran los bomberos y la policía con tapa bocas. Se anuncian y recorren el lugar. Las puertas y ventanas están selladas con cinta; las abren para que salga el fuerte olor que se percibe. Las delgadas cortinas blancas se mueven con el viento. Revisan las habitaciones hasta llegar a una en la que encuentran a una anciana muerta acostada en una cama. Su cuerpo ha sido acomodado con amoroso esmero, flores secas rodean su cabeza y se entrelazan con sus dedos. La pantalla se va “a negros”, aparece con letras blancas la palabra Amour.

Palabras más, palabras menos, así debió iniciar el realizador austriaco Michael Haneke la construcción del guión de su película Amour-Amor (Francia-Austria-Alemania, 2011) que es un intenso viaje a la más pura realidad, infernal o redentora, como se le quiera ver. Esa escena es el primero de varios golpes que Michael Haneke nos da dejándonos inermes, disminuidos y con una punzante sensación de vacío. Ganadora de la Palma de Oro en el pasado festival de Cannes seguramente se llevará el Oscar a la mejor película en lengua extranjera.

Todo gira en torno a una pareja de ancianos, Georges y Anne. Son maestros de música jubilados, sensibles, refinados, viviendo su otoño apaciblemente en el enorme departamento. Su relación de más de 60 años se antoja envidiable, han llegado al momento en que el amor hace que los integrantes de una pareja se sientan y presientan, se adivinen, se comuniquen sin palabras, casi sin gestos, parecería que con la sola comunión de sus espíritus son capaces de entenderse plenamente. Georges está interpretado por el espléndido Jean Louis Trintignant para quien Haneke escribió el personaje; Anne es la bellísima Emmanuelle Riva, elegante, frágil pero consistente, con gran personalidad, etérea.

Un día mientras comen en una pequeña mesa de la cocina, Anne sufre un accidente vascular, se queda paralizada, la mirada perdida. Georges la cuestiona con desesperación, se levanta a llamar a un médico. Cuando se sienta de nuevo Anne “ha regresado” y se sorprende al verlo tan preocupado. Él le explica lo que ha pasado, ella no recuerda nada. El principio del fin ha comenzado.

A partir de ese momento Haneke nos hace parte integral de la intimidad del día a día de Georges y Anne. De manera sobria, contundente y precisa somos testigos de la penosa situación que los abraza. Muchos podemos sentirnos identificados con la historia en la que Haneke es prolijo en la descripción de sus emociones, de su dolor, frustración y desesperanza. La más pura humanidad queda de manifiesto en la pantalla sin miramientos ni complacencias, con sobriedad y mucho vigor.

Haneke el maestro de las descripciones descarnadas dibuja a sus personajes y situaciones como lo hizo en La pianista, Funny Games —en las dos versiones de su autoría— y en La cinta blanca. Austero en la recreación de los espacios y en la técnica fotográfica, hace que ambos recursos enmarquen el relato de dos seres que llevan 60 años viviendo en un “tú y yo” que está llegando a su final.

Todo está tejido en torno a esta trama que es una columna vertebral. Los personajes que se suman no son propiamente subtramas sino elementos que la refuerzan como la hija interpretada por Isabelle Huppert que llora su propia realidad, alejada del universo de sus padres, entre el egoísmo y la distancia que le hacen imposible comprender a un matrimonio que se ha quedado solo.

Las cuidadoras son también presencias crueles, casi brutales, que refuerzan en Georges la convicción de que su microcosmos se ha reducido a Anne y él, que sólo Georges y nadie más puede adivinar lo que Anne pide con la mirada.

Amour es un historia de Amor, con mayúscula, pero también de compasión y muerte. Es una película que conecta golpes bajos, que sacude y conmueve; es la realidad tal cual, sin adornos ni artificios, llevada a la pantalla. Es una obra maestra que de ninguna manera debe dejar de verse.

10/10.

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