Esa homofobia, ¿peligroso heraldo?
En una sociedad como la nuestra que lucha por la igualdad y el respeto a la diversidad, permitir que los discursos homofóbicos ganen terreno es un retroceso alarmante.En días recientes, se han reportado actos de vandalismo homofóbico cometidos por miembros del ...
En una sociedad como la nuestra que lucha por la igualdad y el respeto a la diversidad, permitir que los discursos homofóbicos ganen terreno es un retroceso alarmante.
En días recientes, se han reportado actos de vandalismo homofóbico cometidos por miembros del sindicato del Infonavit. Estos actos son más que un simple incidente aislado; representan un peligroso resurgimiento de discursos de odio que pueden amenazar con transformarse en oportunistas banderas en el ámbito político y social. En un contexto donde la oposición electoralmente apaleada buscará nuevas formas de resonar y recuperar terreno, existe un riesgo real de que la estridencia y los odio se conviertan en herramientas de movilización política.
El vandalismo homofóbico no sólo es un ataque directo contra la comunidad LGBTIQ+, sino que también es un síntoma de un problema más profundo: la intolerancia y el fanatismo como vehículos de expresión y cohesión política. En una sociedad que lucha por la igualdad y el respeto a la diversidad, permitir que estos discursos ganen terreno es un retroceso alarmante.
Históricamente, los momentos de crisis o debilidad política han sido fértiles para la proliferación de los discursos de odio. La oposición mexicana, tras sufrir la peor derrota electoral de los tiempos demorátivos, puede verse tentada a adoptar tácticas más extremas y divisivas para captar la atención y movilizar a sus bases. Esto es particularmente peligroso en un país como México, donde la violencia y la discriminación ya son problemas serios y generalizados.
El caso del sindicato del Infonavit debe ser una llamada de atención. No sólo se trata de condenar estos actos, sino también de tomar medidas concretas para prevenir que la intolerancia busque potenciarse en la política nacional. Los líderes de la oposición tienen la responsabilidad de rechazar categóricamente cualquier forma de discurso de odio y de buscar formas de fortalecer su posición política mediante propuestas constructivas y un diálogo respetuoso. Ojalá registren, desde ahora, que los discursos extremos tampoco han tenido cabida en el México contemporáneo: ni Eduardo Verástegui consiguió el registro de su candidatura, ni Lilly Téllez ni América Rangel su reelección.
La sociedad civil también tiene un papel crucial. Es imperativo que se mantenga vigilante y activa en la denuncia de cualquier acto de discriminación y violencia. La presión social y la demanda de justicia son fundamentales para garantizar que estos incidentes no queden impunes y para enviar un mensaje claro de que el odio no tiene cabida en nuestra sociedad.
En última instancia, la lucha contra la homofobia o cualquier forma de discriminación es un ataque a los derechos humanos y la dignidad de todas las personas. Permitir que la estridencia política se alimente del odio y el prejuicio es un riesgo que no podemos permitirnos. La oposición debe encontrar su camino hacia la relevancia a través de la inclusión, el respeto y la construcción de una sociedad más justa y equitativa para todos. Y sobre todo, respetuosa. Justamente por no acordarse de ello, de la dignidad de todas y de todos, fue que perdieron tantísimo terreno en las urnas mexicanas.
