El miedo de Trump

Este nuevo golpe comercial no es una novedad aislada, sino un eslabón más de una guerra que Trump lleva años librando con la esperanza de frenar lo que ya parece inevitable. Porque si algo ha aprendido EU, incluso bajo sus discursos más nacionalistas, es que China ya no ...

Este nuevo golpe comercial no es una novedad aislada, sino un eslabón más de una guerra que Trump lleva años librando con la esperanza de frenar lo que ya parece inevitable. Porque si algo ha aprendido EU, incluso bajo sus discursos más nacionalistas, es que China ya no es el taller del mundo... es la mente y la máquina de muchas de sus industrias más estratégicas.

A simple vista, el nuevo arancel de 104% que Donald Trump impuso a todas las importaciones provenientes de China parece una excentricidad más en su largo historial de confrontaciones con el gigante asiático. Pero, en el fondo, lo que revela es algo mucho más profundo —y mucho más humano—: miedo. Un miedo político, económico y estratégico. El miedo de ver, en tiempo real, cómo China no sólo se le acerca, sino que lo rebasa en los temas que definirán el liderazgo global del siglo XXI.

Este nuevo golpe comercial no es una novedad aislada, sino un eslabón más de una guerra que Trump lleva años librando con la esperanza de frenar lo que ya parece inevitable. Porque si algo ha aprendido Estados Unidos, incluso bajo sus discursos más nacionalistas, es que China ya no es el taller del mundo... es la mente y la máquina de muchas de sus industrias más estratégicas.

Veamos los datos que tanto inquietan al presidente y a su círculo más cercano. En manufactura, China alcanzó un valor añadido de 4.66 billones de dólares en 2023, lo que equivale al 29% de la producción industrial global. Según proyecciones del Coalition for a Prosperous America, para 2030 China controlará el 45% de la manufactura global, mientras que Occidente caerá a un modesto 11 por ciento. En inteligencia artificial, China no sólo está avanzando a pasos agigantados, sino que está construyendo su propia infraestructura de modelos (como DeepSeek) sin depender de Occidente, incluso con las restricciones tecnológicas impuestas por EU. Y en cuanto al plan Made in China 2025, más del 86% de sus objetivos ya se han cumplido, especialmente en industrias como semiconductores, vehículos eléctricos y energías renovables.

Lo que Trump intenta con sus aranceles es lo que cualquier imperio haría cuando siente que su hegemonía peligra: trazar barreras, encarecer la competencia, ralentizar al rival. Pero como lo han señalado expertos como Dan Ives, de Wedbush, lo que en realidad está logrando es una tormenta de precios para los consumidores estadunidenses, especialmente en sectores como el tecnológico, donde Apple y otras compañías dependen de componentes asiáticos.

Peor aún: este tipo de medidas pueden tener un efecto búmeran. China no sólo impone represalias (como los aranceles del 34% que activaron la reacción de Trump), sino que también acelera su independencia tecnológica, financiera y diplomática. Cada vez necesita menos a Estados Unidos. Y eso es lo que verdaderamente asusta a Trump.

Por eso, este 104% de arancel no es un número técnico. Es una medida desesperada. Un muro comercial contra el futuro. Pero, como todo muro, no detiene el tiempo. Sólo lo retrasa. Y, mientras más alto se construya, más costosa, peligrosa y brutal será su caída y desplome.

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Lo que necesita Estados Unidos —con o sin Trump— no es blindarse con tarifas, sino reconfigurarse con visión estratégica, invirtiendo en innovación, infraestructura, educación y liderazgo global, que ha sido su carta de triunfo durante todo un siglo. El miedo puede ser combustible político, pero nunca ha sido una buena brújula económica. Y menos cuando el rival probablemente ya dejó de verte por el espejo retrovisor.

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