Viva la democracia

Las filas eternas, el calor insoportable. Los vecinos de siempre; los rostros que apenas se reconocen, los extraños que terminan por convertirse en nuevos amigos. El entusiasmo compartido, y las emociones personales: la esperanza común a todos, y la confianza que ...

Las filas eternas, el calor insoportable. Los vecinos de siempre; los rostros que apenas se reconocen, los extraños que terminan por convertirse en nuevos amigos. El entusiasmo compartido, y las emociones personales: la esperanza común a todos, y la confianza que depositamos en las instituciones que hemos creado para salvaguardar nuestra democracia.

Una, dos, tres horas de espera, bajo el sol; en el extranjero habrían de ser cinco, seis, o incluso ocho horas más. Los comicios fueron una fiesta democrática que nadie quiso perderse, y el tiempo haciendo fila no representó una carga para nadie, ni acusó las deficiencias del instituto que los tuvo a su cargo: muy al contrario, la tardanza en las casillas —haya sido deliberada o no— impulsó entre la sociedad la percepción de una votación copiosa. Por primera vez, en nuestra memoria colectiva, la longitud de las filas no fue un obstáculo, sino un incentivo a la participación; por primera vez, en nuestra historia contemporánea, la sociedad se atrevió a enfrentar a sus agresores políticos, e hizo uso de la violencia colectiva para defender sus intereses legítimos.

Las movilizaciones en defensa de la democracia tuvieron más impacto de lo que sus propios promotores pudieron haber concebido, y la defensa del voto se convirtió en una causa que ayer se defendió —literalmente— a patadas: la violencia moderada, pero brutal, que vivimos en algunas casillas tiene razones que rebasan la mera contienda electoral, y atienden a orígenes mucho más profundos. Hoy comienza un país distinto, aunque la realidad a la que nos enfrentamos sea la misma de hace unas horas: hoy inicia un país diferente, y en las postrimerías del régimen en funciones incursionamos en su versión más peligrosa.

El momento del declive, y también el de la desmesura: el momento en el que el hombre que ha ejercido un poder casi absoluto durante seis años, y encabezado el gobierno más autoritario de la historia reciente, no sólo tendrá que mirarse en el espejo de sus resultados como Presidente, sino que se verá obligado a ceder los reflectores a una persona distinta que nunca sabrá si lo defenderá por siempre.

El mandatario sabe lo que fue, y lo que pudo haber sido: el titular del Ejecutivo sabe del país que está entregando, y lo que con él podría haber construido. La duda mata siempre: la curiosidad agitaría —de nuevo— las cortinas del Palacio Virreinal, pero la soberbia terminará por removerle las entrañas. Andrés Manuel se aproxima al olvido, y se peleará con sus propios subordinados: cuando el reflector ya no sea suyo, tratará de seguir interfiriendo.

Ha llegado el momento de mirarse al espejo. Para el Presidente, para sus seguidores, para la sociedad entera. Hoy comienza un país distinto, y tenemos que pensar en el futuro. ¿Qué sigue para la ciudadanía organizada, después del movimiento que se ha volcado en las urnas? ¿Qué sigue para los seguidores del mandatario? ¿Qué sigue para la próxima Presidenta, con la presencia ominosa de su predecesor y la amenaza constante de la revocación de mandato? ¿Qué sigue para la oposición, y qué sigue para los partidos que la conforman?

¿Qué sigue para la ciudadanía organizada? ¿Qué sigue para los más pobres, qué sigue para la clase media? ¿Qué sigue para los más ricos? ¿Qué sigue para México, en realidad? ¿Qué sigue para la oposición, cuando siguen siendo los mismos? ¿Qué sigue para la sociedad, si nos seguimos peleando entre nosotros? ¿Qué seguirá para nuestro país, después de Andrés Manuel?

Una visión distinta, una visión integral. Si tienes un enemigo y quieres que deje de serlo, trabaja con él, decía Mandela: si lo haces así, se convertirá en tu aliado, señalaba en su momento. Las filas eternas, el calor insoportable. Los vecinos de siempre, la esperanza compartida. Trabajemos en conjunto: no es momento de endurecer posturas, sino de buscar puntos de acuerdo. Lo de ayer no fue un referendo, sino la expresión de un país distinto: lo de ayer no fue un mero trámite, sino la búsqueda común del futuro que habremos de vivir en conjunto. Que viva la democracia.

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