Confrontación sin razón de ser

En diferentes partes del mundo, los movimientos de mujeres son más numerosos

Coincido con el ingeniero Carlos Slim: “la confrontación es una estupidez”. Mayormente cuando se produce desde quien ostenta el poder político. En esta semana, las descalificaciones del Presidente de la República fueron en contra de Azucena Uresti. Recordemos que hace algunos meses, un líder de un grupo criminal también descalificó a la periodista porque no le gustó una noticia en donde lo aludían. Pero ella sólo hace su trabajo: informar. En un régimen democrático, es lo más normal.

En esta ocasión, al presidente Andrés Manuel López Obrador le disgustó que Azucena transmitiera en vivo la marcha de las mujeres. Pero ningún buen periodista podía evitar el tema. El propio Presidente ha puesto la lucha de las mujeres como el tema más relevante de la agenda política del sexenio. No porque se ocupe de garantizar los derechos de las mujeres, sino porque le preocupa garantizar que las mujeres que marchan cada 8 de Marzo logren derribar las vallas que lo protegen.

Pero, el Presidente se equivocó, no hubo razón para desplegar el gran operativo de policías para resguardar el Palacio donde vive. Sólo distrajo la atención de los policías que deberían estar garantizando la seguridad de los ciudadanos en Zacatecas o Michoacán, por ejemplo. Además, con la descalificación a la periodista, volvió a tender una cortina de humo para no dar explicaciones, en esta ocasión, de la desaparición del programa de las escuelas de tiempo completo que, en estos días, decretó la profesora Delfina Gómez, secretaria de Educación Pública.

Ciertamente, la marcha por la conmemoración del Día Internacional de la Mujer se ha convertido en una acción simbólica de oposición al Presidente, pero no porque ése sea el principal objetivo, sino porque el propio mandatario así lo ha hecho ver. Desde el primer año de su gobierno declaró que detrás de las protestas había mano negra, pero nunca ha podido demostrar que así sea. Las mujeres marchan desde hace varias décadas, y si bien es cierto, ahora las marchas son más numerosas, esto no sucede sólo en México.

En diferentes partes del mundo, los movimientos de mujeres son más numerosos, toda vez que ha crecido la convicción de que los gobernantes tienen que garantizar el derecho a la igualdad económica, a la participación política y a vivir una vida libre de cualquier tipo de violencia.

Además, en México no sólo se han multiplicado las marchas en diferentes partes de la República. Tanto en las instituciones públicas del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial como en las universidades, las empresas y las asociaciones civiles, ha aumentado el número de foros, paneles, mesas de debate, cursos de igualdad de género y de nuevas masculinidades.

Así que no debería sorprenderle a ningún gobernante del ámbito federal, estatal o municipal, que las acciones de las mujeres vayan creciendo conforme pasan los años. Máxime cuando la violencia contra ellas sigue manifestándose, dolorosamente, en su expresión más infame: los feminicidios. Así que, los movimientos de este tipo cumplen una función importante en un país en donde son muy grandes las resistencias para acabar con la discriminación: ¿acaso hubo una forma más eficiente de llamar la atención sobre el dolor de las madres que buscan a sus hijas desaparecidas o asesinadas? Entonces, todos los actores políticos deberían impulsar acciones tendentes a generar un verdadero cambio hacia la igualdad de género.

Por supuesto que nos sumamos a las voces que cuestionan la agresión en contra de las mujeres policías y los reporteros, tal y como sucedió el año pasado, pero en esta ocasión quedó demostrado que, es posible manifestarse disruptivamente sin violencia. La marcha fue pacífica y de esta forma falló la intención del Presidente de descalificar la movilización de las mujeres.

En ese contexto, tal vez sea el momento de que el gobierno federal tenga que repensar su estrategia de atención a este tema: Menos policías, menos confrontación y más diálogo con las mujeres para generar los mecanismos que, verdaderamente, garanticen sus derechos.

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