La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo.
Galileo Galilei
La unicidad es la calidad y la cualidad de ser único, irrepetible, solo y singular. La unicidad tiene mal cartel, lo que está solo no gusta, incomoda y se cuestiona. Y sorprende, porque para ser quien se es y, más, para quien se aspira a ser, se necesita esa unicidad… ese solo.
Y sí, hay de soledades a soledades… Hay soledades que la vida impone y otras que uno mismo le impone a la vida. Las primeras son, de todas, las más duras, son aquellas que no elegimos, que tememos, las de las ausencias, la confusión y el vacío. Después existen otras soledades, las que uno le impone a la vida, las elegidas, las necesarias, las que nos llenan, nos conectan, las que nos permitan disfrutar de nuestra propia compañía, las que calman, inspiran y liberan, las que sacan lo mejor de nosotros mismos y nos permiten escucharnos, sentirnos, comprendernos, resolvernos y contenernos… Y no, a ésas no les llaman ya soledad, sino solitud.
La solitud es una clase de soledad donde no se precisa del otro y donde uno es capaz de desarrollarse exponencialmente debido a la introspección lógica a la que invita dicha circunstancia. Dentro de los beneficios que ofrece están: la regulación emocional, la mejora de la salud mental, el ajuste psicológico positivo y el manejo del estrés; la contemplación y satisfacción por la vida, el incremento y mejora de la calidad de las relaciones, la estimulación creativa y la oportunidad para el autoconocimiento y el crecimiento personal. En palabras breves: la unicidad.
No existe una sin la otra, no existimos en lo auténtico si no hemos tenido la oportunidad de experimentar en carne propia la soledad y la solitud. Y como siempre le digo, mi querido lector, nunca trato temas que no haya experimentado, y la soledad, la solitud y la unicidad son tres experiencias que he vivido muy de cerca desde los albores de mi infancia. Y le diré que cada una de ellas ha tenido su espacio protagónico y sumamente enriquecedor. Porque, sí, la soledad que la vida le impone a uno sin quererla es fría y despiadada, y la sensación que deja a su paso —sin dramatismos— es vacía y devastadora. Lo que se nos olvida es que el vacío y la devastación son también dos panoramas que nos obligan a la reconstrucción, al traslado de un estado a otro, al cambio de pensamiento y al hacer. Nadie regresa igual de la soledad de como era antes de vivirla, y aclaro que muchas veces esta sensación no implica ni siquiera el haberse quedado solo, hay soledades terribles que se viven en compañía y dentro de un bullicio irrefrenable.
Lo que sí puedo advertir es que uno le encuentra su puntillo al diálogo interno al que le obliga la circunstancia, a la valentía que requiere asomarse para medir las dimensiones del vacío y a la reflexión y la duda del primer paso que dar. Y nada se compara con el vértigo que ofrece la libertad de elegir cuando uno ya no tiene nada que perder. Y, perdido, es cuando uno se encuentra a sí mismo; como único recurso. Y ahí es donde empieza una unicidad profunda, sistémica e imparable.
Poco a poco, la soledad se convierte en solitud y la solitud en unicidad. En un refugio de comprensión, aprendizaje, contención, contemplación y silencio, pero no cualquier silencio, sino un silencio repleto de sensaciones indescriptibles que comienzan a traducirse en el bosquejo de un nuevo ser. Un ser que puede ser ya todo lo que quiera ser porque nada teme, nada espera, no precisa de la aprobación ni del gusto de nadie, tampoco tiene quien le exija seguir siendo quien era ni tiene, tampoco, que cumplir con ninguna otra expectativa o responsabilidad que no sean aquellas que a sí mismo se haya prometido. Así es como el vacío se llena de paz y de calma, de nuevos cotidianos, de nuevos objetivos, metas y todo, finalmente, para acceder a lo más sagrado: a una unicidad que se sostiene libre, genuina y respetuosa.
Sí, mi querido lector, la unicidad y la solitud se han convertido en un nuevo lujo. Quizá porque hoy se valora más el poder desconectar, abrazar el silencio, arriesgarse a no encajar, a ser y vivir diferente y valorar su propia compañía. O quizá no lo sea para los que temen aún a estar solos… Solos con uno mismo. Como siempre, usted elige.
¡Feliz unicidad, feliz vida!
