Adiós a la abuela
Por Guillermo Fajardo Qué poco sabemos de los muertos. Mi abuela, Olga Dolci Azzarini, murió el 14 de enero de 2025. Vivió una larga vida92 años ayudó a mucha gente, y tuvo muchos amigos. Eligió ser cremada, lo cual concuerda con los hechos de su vida, si es que ...
Por Guillermo Fajardo
Qué poco sabemos de los muertos. Mi abuela, Olga Dolci Azzarini, murió el 14 de enero de 2025. Vivió una larga vida — 92 años— ayudó a mucha gente, y tuvo muchos amigos. Eligió ser cremada, lo cual concuerda con los hechos de su vida, si es que existe alguna relación simbiótica entre nuestras experiencias y el destino material de nuestros cuerpos: de padres europeos, nació en Uruguay en 1932, su padre construía lo que podía y, durante la Segunda Guerra Mundial, mi bisabuelo escuchaba las noticias en la radio de onda corta sobre la guerra en alemán. Del lado de la madre corrió una veta artística originada en Carrara, que lo mismo esculpió el Palacio Legislativo que las cruces del cementerio de Montevideo.
Cuando hace muchos años le pedí a mi abuela que escribiera algo de su infancia, lloró y me dijo que sentía pena por su padre, cuando era joven obtuvo una beca del gobierno uruguayo para estudiar salud pública en Estados Unidos y acabó estudiando en la Universidad de Minnesota, donde conoció a mi abuelo y donde yo estudiaría 50 años después.
Se asentó en México y ahí vivió durante el resto de su vida. Nunca perdió el acento uruguayo y eso la ancló para siempre a otro lugar, poniendo su presencia en otro pasado, acaso por eso la cremación: porque la ligereza del polvo posee cierta libertad alada. Dos cosas me han obsesionado desde su muerte: si supo que ya se iba y qué fue lo último que dijo. Nada de eso reparará su muerte, pero le restará algo a la deuda que tengo con ella: lo poco que sabemos de los muertos. Hay que decir que con los abuelos nos une una relación especial: no es la reverencia hacia los padres filtrada por el miedo, la disciplina, el amor o el desprecio. Con ellos nos une una especie de amistad templada y sencilla que no exige ni domina, que no pregunta ni despoja, sino que simplemente se maravilla ante por los pormenores de nuestras vidas.
La muerte, sin embargo, nos vuelve elusivos para los demás. ¿Qué seremos cuando nos toque con su odiosa recurrencia? Aquí se revelan los límites de nuestro lenguaje, del todo inútil para capturar la esencia de una vida, pues algo siempre se nos escapa: ya sea alguna manía de los muertos, algún gusto anodino, las confecciones de su risa o el contorno de sus defectos. Lo que sí sé de la abuela es que fue una persona carismática, amada por todos, que trató a los demás como si fuesen parte de su familia: no por algo muchos la llamaban tía y no por algo cientos de personas asistieron a su funeral. En una época donde tenemos nuestros odios al alcance de la mano, mi abuela fue una persona que sabía curar con sus palabras y con el afecto siempre tierno de una inteligencia práctica y decidida. Unos años antes de su muerte, el Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, paseaba por Perisur, “todo de blanco”, recuerda mi madre, la cual había ido de compras con mi abuela y con una sobrina de mi abuela de Uruguay. Apenas había salido del Sanborns cuando mi madre lo reconoció y se paró a saludarlo. Entonces García Márquez se detuvo, vio a mi abuela y le dijo: “Qué mujer más hermosa”. Olga Dolci Azzarini se sonrojó. El escritor siguió su camino.
Sabemos mucho de la muerte, pero poco de los muertos. Olga Dolci Azzarini murió el 14 de enero de 2025 a eso de las diez y cuarto de la mañana. El mensaje de mi padre anunciando su muerte me llegó dos horas después. Durante aquel breve periodo de tiempo la imaginaba o la creía viva, débil, pero lúcida, creyendo que todavía habría tiempo para que me contase una o dos partes de su vida. Aquellas memorias a las que ya nunca tendré acceso. Para bien o para mal, a los muertos sólo les queda lo poco o lo mucho que sabemos sobre ellos.
Peter Fenwick, el experto mundial en experiencias cercanas a la muerte (NDE, por sus siglas en inglés), falleció en noviembre del año pasado. Su investigación reveló que aquellas personas con este tipo de experiencias —aquellas clínicamente muertas, pero que regresaron a la vida— vieron una luz, experimentaron paz y afecto, algunos vieron a familiares y amigos, “pero cuando llegaron a una frontera específica sintieron que no debían cruzarla” y regresaron a la vida. Lo hicieron porque así lo decidieron, pues todavía tenían cosas que hacer en la Tierra. Si esto es cierto, entonces mi abuela decidió irse, pues ya había cumplido con lo que se propuso.
Esto me ha dado mucha paz: seguramente vio su vida en esos segundos finales y decidió que ya nos había dado todo, que ya no encontraría tregua alguna con el tiempo, que su destino había sido completado, que ahora sin duda nos tocará completar los nuestros.
