El autismo de la oposición y el fraude
La oposición no entiende que no entiende, ni con el batacazo en las urnas. La estrategia de impugnar para rascar en tribunales posiciones en el Congreso y estados linda con el trastorno del espectro autista, por el que no puede comprender la peor derrota de su historia en ...
La oposición no entiende que no entiende, ni con el batacazo en las urnas. La estrategia de impugnar para rascar en tribunales posiciones en el Congreso y estados linda con el trastorno del espectro autista, por el que no puede comprender la peor derrota de su historia en democracia.
Ésa es la principal falencia, paradójicamente, de sus propias alertas sobre los contrapesos y regresión democrática. Si las urnas dejan concentración de poder, no es por la elección de Estado que sirve a su denuncia electoral o a un maquiavélico plan C del Presidente, sino a su incapacidad de no ver a una sociedad con la que no conecta; a la que prefieren descalificar de votar por el autoritarismo y no la democracia, de la que se asume salvadora para salvarse a sí misma. Que, negada a cambiar, no tiene futuro.
El triunfo arrollador de Sheinbaum con 30 puntos arriba de Xóchitl no da lugar a revertir y menos anular la votación. Aun así, y luego de reconocer la derrota, prefieren el camino de la huida hacia adelante antes que escuchar y comprender el mensaje de las urnas. Son síntomas de su desconexión con la gente e incapacidad para comunicar un proyecto de oposición, como explica su fracaso, pero ahora para enfrentar la hegemonía de Morena en el Congreso y en 23 de los estados.
Que se refleja en el comportamiento inflexible de insistir en el mensaje de la democracia vulnerada mientras competían en la campaña, para lograr, a toda costa, acortar distancia, pese al alto margen de su derrota; con intereses repetitivos de las dirigencias del PRI y del PAN, aferradas a su sobrevivencia, y del PRD, en vías de extinción. López Obrador dice que están “pasmados” porque no esperaban una debacle así, en otra muestra de la incertidumbre de las urnas; otros que se autoengañan o quieren salvar el pellejo asumiéndose como resistencia al fraude. Pero son manifestaciones reveladoras de su enfermedad. La anormalidad no es exigir recuento de votos por oler “algo raro” en los resultados preliminares e inconsistencias con datos en algunas de las 170,000 casillas de la elección para ver si cambia el resultado. Los errores de ese programa se pueden subsanar porque muestran tanto las fotos del acta como los datos del conteo; se hizo también en 2018 y dejó variaciones marginales. Nadie se opone tampoco a abrir los paquetes como, al contrario, negaron a López Obrador en 2006 en una elección muy cerrada de 0.5% de distancia entre los punteros.
La narrativa del fraude no es el problema. La afección de la oposición es la falta de identidad sobre qué representa y a quién quiere representar, como condición sine qua non para socializar con los votantes y ofrecer una opción esperanzadora que mueva voluntades. López Obrador los encuadró frente a su gobierno como un bloque conservador interesado en defender privilegios y corrupción, incluso antes de unirse en un frente contra él. Uno de sus mayores engaños fue entregarse a la trampa del discurso de la polarización política y negarse a comprender su triunfo y popularidad a partir de autoconvencerse de su verdad con sus propias mentiras y argumentos opuestos a las inconformidades de la mayoría social con que aspiran comunicarse.
Pero su dolencia viene de lejos, de una sangría permanente de votos que los últimos dos sexenios mermó al PAN, al PRI y al PRD con 3.5, 9 y 8 millones de ellos, respectivamente. Sobre todo, sin buscar cura y resistirse a los cambios, lo que debilitó su presencia territorial y su imagen frente a los votantes hasta desdibujar el sistema de partidos. Nada sacudió a dirigencias esclerotizadas ni con la mínima sanción de la renuncia, como obligaría su fracaso. Hoy, tampoco. Por eso su insistencia en culpabilizar a otros de su falta de proyecto y preferir autorreferenciarse como “resistencia” contra la regresión autoritaria antes que hacer balance y autocrítica sobre sus fallas; y generar discursos como el “mito” de la inconformidad de las clases medias, que las urnas desmienten, o presentarse como salvadores de la democracia para borrar los “negativos” de su imagen y sacar la cabeza del cadalso.
Quizás el mayor golpe para la oposición sea constatar que su discurso contra la mentira del oficialismo que esgrimen para recuperar el país de la vida y la verdad es el mismo recurso que usaron para tratar de ganar fallidamente en las urnas.
