Excélsior en la Historia: El día de la debacle del presidente Nixon

El escándalo del ‘Watergate’ acorraló al mandatario para que se convirtiera en el primero en dejar la Casa Blanca; 40 años después la polémica sigue en la mente de los estadunidenses

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CIUDAD DE MÉXICO, 9 de agosto.-  Al cumplirse 40 años de su renuncia, Richard Nixon es todavía uno de los presidentes más vilificados en la historia estadunidense, pero muchas de las causas y los efectos de su caída son ahora parte de la vida política de ese país.

Nixon debió dimitir como consecuencia del escándalo del Watergate, desatado por el descubrimiento de sus vínculos con un semidelictivo comité para la reelección del Presidente que no vaciló en llegar al delito para cumplir sus funciones, y sobre todo por la exagerada visión de Nixon en sus prerrogativas.

Nada ha contribuido más al actual cinismo estadunidense sobre la política y los políticos que el Watergate o la traición de Nixon a la confianza pública que le costó la Presidencia”, consignó el historiador Robert Dallek.

El punto de Dallek no puede ser suficientemente subrayado. Para muchos, incluso personas cercanas a Nixon, el hecho del Watergate fue prácticamente lo que el autor Stanley Kutler (The Wars of Watergate) definió como “la peor amenaza a las instituciones democráticas estadunidenses desde la Guerra Civil”.

La mala reputación de Nixon es merecida, de acuerdo con todos los testimonios a lo largo de 40 años, desde junio de 1972, cuando el arresto “infraganti” de cinco operativos del Comité para la Reelección del Presidente en los cuarteles del Comité Nacional Demócrata en el edificio Watergate inició una cadena de hechos que culminó con la renuncia en desgracia de Nixon, el 9 de agosto de 1974.

Watergate se ha convertido en un sinónimo para los incomparables abusos de poder que Gerald Ford, el segundo vicepresidente de Nixon y su sucesor, correctamente describió como nuestra larga pesadilla nacional”, señaló el historiador.

La presencia del escándalo y la renuncia de Nixon están tan firmes en el imaginario estadunidense que a 40 años de ocurridos son momentos icónicos y los libros en torno a ellos son todavía motivo de atención y debate.

De hecho uno de los últimos, y más destacados fue escrito por John Dean, que como Consejero Legal de la Casa Blanca y luego como principal testigo de la acusación fue uno de los protagonistas del escándalo, dedicó su vida a precisar los por qué y para qué de lo que pareció una operación absurda desde un principio.

En su nuevo libro La Defensa de Nixon —que desde el punto de vista del autor es todo menos una defensa—, Dean recoge más de 600 conversaciones inéditas de las cintas grabadas por el sistema secreto que Nixon hizo instalar en la Casa Blanca.

Y aunque históricamente tienen importancia podría ser visto como un caso de patear al caído, sólo que el caído es culpable de tales abusos que Watergate, según dice, “fue apenas una particularmente egregia expresión de los frecuentemente despiadados abusos de poder de Nixon”.

Bob Woodward, que junto con Carl Bernstein fue uno de los dos reporteros del Washington Post que conquistaron fama y fortuna con base en el descubrimiento y cobertura de lo que empezó como una incursión de pillería menor, recuerda que con las 250 grabaciones que se conocían la idea de corrupción en el gobierno Nixon era particularmente sólida, pero ahora ya es incontestable.

“La criminalidad, abuso de poder, obsesión con enemigos reales y recibidos, rabia, egoísmo y estrechez mental revelado en esas cintas lo dejaron

abandonado por su propio partido y lo obligaron a renunciar”, recordó Woodward.

El que aún los legisladores republicanos hubieran estado dispuestos a buscar la renuncia de un Presidente republicano puede sonar extraño ahora, cuando demócratas y republicanos parecen encerrados en una permanente discusión en la que niegan posibilidades de mérito a las afirmaciones —buenas, malas o regulares— del otro.

“Cierto: fechorías de funcionarios de la Casa Blanca que atraviesen líneas legales y éticas —del anillo del Whiskey que manchó al gobierno de Ulysses Grant, al fiasco del Domo de Té de Warren Harding, los intentos de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) de asesinar a Fidel Castro que oscurecen los mil días de John F. Kennedy, al escándalo Irán ”Contras” que afecta la posición de Ronald Reagan— han socavado las reputaciones presidenciales”, anotó Dallek.

Y eso ciertamente sin contar los pecadillos sexuales de Bill Clinton o la reputación de incapacidad que sigue a George W. Bush.

Pero esas ofensas —por más que los políticos del momento las hayan querido presentar como algo que cimbraba a Estados Unidos mismo— fueron en todo caso actos de corruptela económica o de pláticas clandestinas sin sanción popular o legal.

Watergate fue un intento de conformar una elección presidencial por medios distintos a los constitucionales y violando la más sagrada de las instituciones estadunidenses desde el inicio de la república: la elevación de alguien a la Presidencia por decisión popular”, subrayó Dallek en The New York Times.

Ciertamente Nixon fue en su propia escala un buen Presidente. Negoció el retiro de la desastrosa aventura de Vietnam, que hizo bastante por dividir y enconar los ánimos de los estadunidenses, dio una lección de realismo político al reconocer a China Popular.

Pero su innegable solidez como estadista, que ya en sus últimos años le permitió un cierto eco político y un grado de regeneración de imagen, no fue suficiente para cancelar sus culpas y su renuncia por el escándalo de Watergate es una mancha indeleble en su historia, y la de la Presidencia.

Nixon falleció en 1994, 20 años después de su caída política, y ha sido el único Presidente de la historia estadunidense obligado a renunciar antes que verse sujeto de lo que sería un humillante proceso legal.

Pero a diferencia de otros que han enfrentado esa posibilidad, el largo rosario de escándalos que formó el caso del Watergate socavó su imagen y su poder a tal grado que el senador Barry Goldwater, uno de los más importantes republicano de su

tiempo y a la fecha un icono entre los conservadores, le hizo saber que no tenía apoyo suficiente para sobrevivir un voto de desconfianza.

Ninguno, antes de él, había tratado de usar las organizaciones del estado —como la Agencia Central de Inteligencia y la Oficina Federal de Investigaciones— para tratar de desviar una investigación sobre sus errores de política doméstica.

Eso fue Watergate. Sus efectos se sienten todavía, aunque la mitad de los estadunidenses actuales ni siquiera había nacido y el hecho de que Nixon se hubiera sentido obligado a renunciar hace soñar a legisladores que sin embargo, hasta el momento, sólo han tenido que lidiar con infidelidades, errores políticos en vez de los “elevados crímenes y fechorías” que demanda la Constitución estadunidense.

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