De cabaret y arrabal
Cada quien su vida, de Luis G. Basurto, se estrenará el 16 de enero en el Salón Los Ángeles, con Margarita Gralia y Raquel Olmedo a la cabeza
CIUDAD DE MÉXICO, 16 de diciembre.- Entrar al Salón Los Ángeles es un viaje en el tiempo, 77 años atrás. Por eso, su escenario fue el elegido por el director Enrique Pineda y el productor Rubén Lara para el nuevo montaje de Cada quien su vida, escrito por Luis G. Basurto (1920-1990), que será protagonizado a partir del 16 de enero por la actriz argentina Margarita Gralia, como La Tacón Dorado, y la cubana Raquel Olmedo, como La Siempreviva.
Su trama es una conjugación de diferentes historias de mujeres que habitan en el nada sofisticado cabaret El paraíso. Sus vidas son de arrabal, de prostitución, venganza, desamores, alcohol y baile; son memorias nocturnas, callejeras, apasionadas, dolorosas y solitarias en una noche de fin de año.
El olvido es lo único que tienen seguro, pero habrá clientes para esta velada: un maestro y un diputado, ambos transformados por el ambiente del cabaret que dirán las verdades que afuera no revelarían.
Raquel Olmedo toma su libreto, se coloca guantes y va hacia una esquina para reunirse con un guitarrista. Desde ahí canta Cada quien su vida, el tema que da título al espectáculo. Su voz se percibe como una trovadora hecha de años, de experiencias, de melancolía y del frío que se siente en el salón.
“Cuando la gente se entera qué es lo que sucede en esta historia, pensarán que los personajes son frívolos, baratos o corrientes, pero no hay nada de eso, y menos con La Siempreviva. Ella fue una mujer que nació en muy buenos pañales, en una familia de mucho dinero, pero creo que ha sido una desilusión amorosa muy tremenda la que ella tiene y, de repente, le cambia la vida. Ayuda a quien necesita y yo, Raquel, me encanta representarla.
“Creí que había hecho todos los tipos de teatro, pero nunca de esta tesitura. Nunca vi la obra, así que empiezo desde cero, y es muy disfrutable hacerlo, porque nunca he tenido roces con la prostitución. Sin embargo, he hecho al personaje cada vez más humano”, expresa Olmedo con voz enfática a Excélsior.
Margarita Gralia baja de su camioneta y cruza por la banqueta de la calle Lerdo en la colonia Guerrero. Entra al salón, erguida, sonriendo ligeramente y ávida para entrar a escena. Mira alrededor suyo y habla de La Tacón Dorado, su papel.
“Este lugar ya nos da el 50 por ciento de la obra, porque tiene historia en sus paredes y mucho sabor. Mi personaje es una responsabilidad muy grande. Tenía muchas ganas de hacer una obra mexicana, pero nunca pensé que me iba a salir un proyecto tan bonito como éste. La Tacón Dorado es un personaje icónico en el teatro mexicano, lo cual me da terror, porque no sé en la mente de cada quien qué se imaginen. Ella es una mujer con una carga dramática muy fuerte, con mucho misterio, trágica y es líder dentro del cabaret, pero también solidaria con sus compañeras.
La obra es de la época de los años 50, pero podría ser ésta, porque habla de los sentimientos humanos. El público estará muy cerca, ya que se recrea un cabaret y la gente forma parte de él. Será tan atrevido como lo escribió el señor Luis G. Basurto, con un lenguaje fuerte. Además bailaré con el público... ¡claro, con el que mejor pague! (ríe) Es una obra de atmósferas”, dice la argentina antes de quitarse el abrigo y pisar la duela de ensayos.
El productor Rubén Lara hace un recorrido por las placas de develación expuestas en la entrada del Salón Los Ángeles. Fue ahí donde se realizó Aventurera hasta sus 800 representaciones. En las paredes también hay fotografías de Celia Cruz y de los carteles de la época: Rigo Tovar, La Sonora Santanera, La Sonora Matancera, Celso Piña, imágenes de los llamados pachucos, de los pasos de baile, de las mujeres abrazadas por su pareja. Es un lugar de memorias, de son y danzón.
Al fondo, Gralia y Olmedo ensayan en un elenco que incluye a Lourdes Munguía, Aída Pierce, Ivonne Montero, Raquel Garza, Luz Ramos, Nora Velázquez Chabelita, Alberto Rojas El caballo, Otto Sirgo, Mauricio Islas, Ricardo Franco, Pepe Olivares, Alfonso Dávila, Pedro Romo y Érik Díaz.
Mauricio Islas saluda a sus compañeras, es jovial, aunque en escena será un padrote, El Ojitos. Aquí, recuerda, dio funciones con Aventurera.
El salón sigue igualito, pero son otros tiempos, aunque el tiempo está allá afuera, porque aquí es el mismo. Mi personaje es cínico y tiene un grado de maldad, porque seguramente tiene un pasado tormentoso. Es el padrote de la época: galán, sexual y malvado”, señala Islas.
La barra está intacta y el productor decidió hacer una réplica de madera para utilizarlo en las funciones de la obra, que tiene una adaptación libre de Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008). No habrá templetes. Las escenas serán a la misma altura del público, a ras del suelo, con el fin de que las cabareteras puedan “fichar”, en la ficción, a través de sus personajes y pasearse entre los espectadores, quienes tendrán lugar en mesas, gradas o sillas hasta sumar más de 700 “butacas”.
Ivonne Montero mece a su Antonella en un descanso breve, antes de regresar con Raquel La Penas, su personaje.
Es mágico entrar a un ambiente como éste, a un lugar de energía y anécdotas. Siempre me ha gustado trabajar historias de época, porque personificas algo totalmente ajeno en espacio y tiempo. Recreo a una prostituta joven que trae a cuestas una pena muy grande, porque le detectan una enfermedad en la cabeza con pocas esperanzas de vida. Anda penando y no se vuelve atractiva para ningún hombre, porque es mucha su tristeza y poca su fe. Nadie sabe lo que le pasa, habla muy poco, pero sus palabras pesan. No tiene familia, ni pareja, ni esperanza. Es muy especial para mí el proyecto, porque bailaremos danzón con la gente y algunas cumbiancheras, además de que cantaré Amor, amor, amor y tendré a Ricardo Franco como pareja, con quien en la historia triunfaremos en el amor dentro de lo mundano de este lugar”, explica la actriz.
Raquel Garza baja la voz, pero revela: “Soy La Jarocha, la broncuda, la de carácter, la que defiende su territorio y está apegada a su padrote, El Ojitos, con una relación enfermiza. Es un personaje humano, sufrido, marcado por la vida, pero luchador, bravo”.
Somos prostitutas de cuarta, por lo que maneja el autor, y hay un lenguaje corporal, así que lo que proyectas tiene que ser veraz, creíble, porque estamos en un burdel. Ha sido difícil, no puedes caer en el cliché, es orgánico, te tienes que adentrar y hay un atractivo visual para el público”, dice.
Al salir del salón, en la calle, una mujer se acerca: “¿Me regalas un cigarro muñequita, discúlpame, tienes uno?”. Garza busca en su bolsa, encuentra la cajetilla y le ofrece dos. La mujer da la gracias y se va. La noche cae sobre el recinto y adentro ensayan lo que afuera sucede: otras mujeres salen a las esquinas en espera de mejor suerte.
hch

