Moby Dick, el poder de la obsesión

El ilustrador Gabriel Pacheco revivió el clásico de Melville, que narra la travesía del Pequod, comandado por el capitán Ahab, en la autodestructiva persecución de la temible ballena blanca

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CIUDAD DE MÉXICO, 1 de marzo.-Para ilustrar un libro clásico primero hay que desnudarlo y reunir la mayor cantidad de imágenes creadas a su alrededor; luego es imperativo olvidar todo y volver a escuchar cada palabra. La idea es superar la memoria visual y aterrizar en la profundidad de las palabras, dice Gabriel Pacheco (Ciudad de México, 1973), quien ha ilustrado la nueva versión de Moby Dick, la novela escrita por Herman Melville en 1851, que ya circula en librerías.

El texto es magnífico y para conseguir su relectura tuve que salir de las imágenes, pinturas y grabados existentes, luego olvidarlas y abstraerme en las palabras que recrean esos ambientes rugosos, con personajes oscuros y una ballena de grandes dimensiones que ha sido herida una y otra vez, y en cuya piel habita un mapa de cicatrices”, explica en entrevista con Excélsior.

La parte más atractiva de esta historia escrita hace más de 160 años, considera el ilustrador, es la lucha de antagónicos, pues por un lado está la obsesión del alma humana y por el otro la fuerza de la naturaleza: “Yo en definitiva me quedo con el espíritu de Moby Dick, porque la persecución que ahí se cuenta sólo responde a la obsesión del capitán Ahab, que comanda del ballenero Pequod”.

Qué es Moby Dick si no el interior de un viaje obsesivo y filosófico, construido como un diálogo con uno mismo, explica. “Moby es la vida y la naturaleza que se impone, esa fuerza inmensa, más grande y poderosa que nosotros. Por eso me quedo con el espíritu de la ballena, esa masa de vida que nos arrastra afortunada o

trágicamente”.

Para desarrollar la idea en este libro, las sogas fueron un aspecto clave para el artista visual. “Justo esas líneas que describen la forma de cazar y cómo deben amarrarse las sogas para sujetar a una ballena porque la historia sucede hace más de cien años con una tecnología rudimentaria… pero el tema de las sogas captó mi atención, porque también se asemejan a la obsesión del capitán”, asegura.

Para mí, la soga también habla de la obsesión humana y es un elemento importantísimo en el texto: simboliza la fortaleza que hace perseverar a los personajes, pero es una fuerza que, si se aplica en exceso, puede ahorcarlos.

Sobre el carácter de los personajes, Pacheco asegura que se inclinó por destacar a aquellos rasgados, con el rostro duro, agrio y plagado de rasguños como la piel de la ballena, vestidos con la ropa desgarrada, además de recrear una atmósfera mortecina y lúgubre, como si todo el tiempo estuvieran encerrados en el barco.

Aunque, en ese sentido, recuerda que el editor Santiago Tobón le pedía que pusiera un poco de color al trabajo. “Entonces manché los rostros con pequeñas gotas de vida, las cuales en realidad parecen un poco grotescas”.

Para esta versión, que ha sido traducida por Andrés Barba y publicada por Sexto Piso, Gabriel Pacheco señala que la mayor dificultad que enfrentó fue al definir las dimensiones de la ballena.

Al principio no sabía si mostrar un concepto de la ballena o concentrarme en la atmósfera de la novela, pero el trabajo empezó a partir de dos elementos: las manchas blancas, que en este caso son el símbolo de la grasa, y el conjunto de imágenes veladas. Éste es el resultado”.

Desmenuzar Palabras

Moby Dick está basada en las experiencias del propio Herman Melville como marinero, aunque también se apoya en dos conocidos hechos: la epopeya que padeció el ballenero Essex, atacado por un cachalote en 1820; y la leyenda de un cachalote albino conocido como Mocha Dick, que habitaba la isla Mocha, en Chile, alrededor de1839.

Y sobre esta obra el crítico estadunidense Harold Bloom ha dicho que se trata de un clásico entre clásicos, una pieza intensa, desmesurada, erudita, fascinante y polifónica, pero, sobre todo, una de las pocas obras que reúnen  tantos méritos para aspirar al ansiado trono de “la gran novela americana”; es un libro que, como el propio leviatán que atraviesa sus páginas, es monstruoso, intempestivo y sublime.

A seguir ilustrando

Ahora que Pacheco concluyó este trabajo, adelanta que se embarcará en dos nuevos retos: ilustrar la historia de Pinocho, del italiano Carlo Collodi, y el cuento No, no y no, del argentino Julio Cortázar.

En el primero la lucha, por supuesto, está en superar el imaginario colectivo que perfiló Disney, aunque por fortuna ya he logrado alejarme de esa estética, pues para eso hay que creer en las palabras que estás leyendo e ir más allá de la memoria… Aquí debo confesar que cuando era niño, algunas partes de Pinocho me daban miedo. Ahora, también”.

Y en el caso de Cortázar, se trata de un cuento pequeño, pero con una idea insólita, explica Pacheco, pues se trata de un relato que describe cosas comunes, como bajar una escalera, pero el autor lo hace de una forma peculiar, como destinado a alguien que lo desconoce todo”.

¿Qué diferencia hay entre ilustrar El libro de la selva, Arenas movedizas y ahora Moby Dick?, se cuestiona al ilustrador que radica en Buenos Aires.

Bueno, cada texto tiene un universo propio. La gran fortuna es que todos son grandes textos y grandes escritores. Pero la clave nace cuando me siento con tranquilidad para leer y desmenuzo las palabras”.

Es más, en el caso de Moby Dick podrían crearse nuevas imágenes, asegura,  “porque la historia tiene escenas poéticas, filosóficas, dotadas de una atmósfera impactante”.

Gabriel Pacheco estudió en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de México y su obra merecido numerosos reconocimientos en España, Italia y Japón; ha formado parte de la Muestra de Ilustradores de la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, ha sido nominado en tres ocasiones al premio ALMA y ha ilustrado libros como: Arenas movedizas, de Octavio Paz, y El libro de la selva, de Rudyard Kipling.

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