La máquina del tiempo*: Estreno de la Sinfonía núm. 9, Beethoven
Más puntualmente asistimos al estreno de la Sinfonía núm. 9 en re menor, op. 125 de Ludwig van Beethoven
En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento. (Amigos lectores, empleen su imaginación y ¡acompáñenos semana a semana!)
Viena, a 7 de mayo de 1824.
En algún momento de estos turbulentos viajes temporales, llegábamos a ver con detenimiento el espacio y su interminable paisaje de estrellas. Se abría ante nuestra mirada una ventana del universo –o universos– infinito que nos recordaba la propia existencia y el propio cosmos interior que todos tenemos. Eran tan intensos esos lapsos de tiempo que quedábamos conmovidos, extasiados y perdidos en nuestras propias percepciones. Aun así, teníamos un plan maestro que deseábamos ansiosamente acatar para saber más sobre nuestra historia. Ahora, visitaríamos a uno de los grandes compositores de la humanidad: Ludwig van Beethoven.
Llegaríamos a las 6:00 a.m. del 7 de mayo del año citado a una ciudad de Viena un poco fría, poética, pero en una visible transformación por la industria; desde lejos, nos impresionaba cómo estaba embellecida por el Danubio, los bosques, los jardines y los Alpes. Queríamos acercarnos por lo que decidimos ponernos la ropa de la época para observar con detenimiento la urbe. Los edificios nos presumían la combinación perfecta entre la arquitectura barroca italiana y neoclásica con el gótico alemán. También, veíamos en las calles a los aristócratas y sus carros de caballos, así como numerosos burócratas y obreros. Estábamos justo en pleno romanticismo; algunos años antes, el movimiento artístico alemán, denominado Sturm und Drang, había llegado al ámbito cultural y social para reivindicar la pasión, la subjetividad y las emociones humanas sobre el raciocinio rígido que permeaba a las sociedades europeas del siglo XVIII, influenciadas por la Ilustración y la ciencia.
En este tiempo, Viena fungía como la capital del Imperio Austriaco desde 1806, tras la Confederación del Rin y las guerras napoleónicas que habían disuelto el Sacro Imperio Romano Germánico. El emperador Francisco I de Habsburgo y su canciller, Klemens von Metternich, llevarían a cabo en la ciudad un Congreso internacional en 1815 que restauraría las fronteras y, territorios austriacos y europeos por medio de decretos imperiales, cuyo resultado generó en el Imperio una economía estable y en crecimiento, además de una política que ubicó a Viena como una de las capitales más importantes de Europa políticamente hablando.
Después de que conoceríamos a Viena, un poco, admirando su belleza, llegaríamos a las 8:00 a.m. al Kärntnertortheater o Teatro de la puerta Carintia –denominado de igual forma como Teatro de la Corte Imperial y Real de Viena, ubicado en los actuales terrenos del Hotel Sacher en la calle Philharmonikerstraße esquina Tegetthoffstraße, en Innere Stadt– porque se ejecutaría por primera vez a las 7:00 p.m. ni más ni menos que la Sinfonía número 9 en re menor, op. 125 del Maestro Ludwig van Beethoven, quien hacía diez años no se presentaba en un escenario, desde la Sinfonía número 8 en fa mayor, op. 93, y sabíamos con certeza que esta sería su última aparición artística. La taquilla lucía abarrotada y rápidamente los boletos se habían agotado aparte de que se habían ofrecido a un precio bajo comparado con la genialidad de su autor. Adquirimos nuestras entradas y esperábamos con ansia la hora de la premier para reconocer –en nuestro caso– la musicalización del Maestro basada en el gran poema de Friedrich Schiller An die Freude/Oda a la alegría.
A las 6:00 p.m. habíamos llegado al mencionado teatro. Mientras aguardábamos con otros asistentes –entre los que figuraban aristócratas, amigos y músicos admiradores del Maestro–, veíamos la arquitectura barroca de su fachada que se adornaba con un frontispicio delante de un hastial o techo de cuatro vertientes y la vasta cartelera musical que incluía óperas italianas de Gioacchino Rossini. En el interior, el teatro estaba conformado de elementos neoclásicos, pero el escenario constaba de un templete de madera de media luna donde se colocarían los músicos, los cantantes y sus instrumentos.
A las 7:00 p.m. en punto y con una sala a reventar, estábamos todos dispuestos a escuchar la Novena con una emoción indescriptible. El director, Michael Umlauf, comenzaría a coordinar una orquesta asombrosamente grande para la época –tenía cerca de 200 músicos, la mitad eran los cantantes del coro y los solistas– que tocaría de inicio la obertura Consagración de la casa, op. 124 y los himnos “Kyrie”, “Credo” y “Agnus Dei” de la Missa Solemnis en re mayor, op. 123. Beethoven no estaba dirigiendo, sólo se encontraba marcando el tempo y seguía con recalcadas gesticulaciones la partitura, por lo que algunos en el público preguntaban el porqué. Nosotros sabíamos que ya había perdido la audición por completo, la orquesta estaba enterada del lamentable suceso y los intérpretes sólo ponían atención a Umlauf y al maestro concertista Ignaz Schuppanzigh.
Había llegado el instante esperado. Umlauf daba apertura al primer movimiento de la Sinfonía número 9, Allegro maestoso. Gradualmente y desde el silencio nos iba introduciendo a un ritmo intenso y fuerte; mis compañeros y yo sentíamos una gran agitación sin descanso que terminaba de igual manera reafirmando la impresionante fuerza de los instrumentos y su sonido. Luego prosiguió el segundo movimiento, Scherzo molto vivace. Beethoven nos presentaba un enérgico y brillante scherzo. La pausa y el silencio nos envolvía a todos. –Es una de las partes más conocidas de la Novena desde el tiempo donde venimos. ¡Cómo me gusta este movimiento!– pensaba.
Después, escucharíamos el tercer movimiento, Adagio molto e cantábile. La calma y la tranquilidad habían vuelto al escenario. Percibíamos el carácter dulce, lento y lírico de los violines como si estos quisieran bailar con el viento. Cerrábamos los ojos para sentir una emotividad pacífica y de completa comunión con la obra del Maestro. Finalmente empezaría el cuarto movimiento, Allegro presto. Sería la voz humana la protagonista de la sinfonía. La Oda a la alegría de Schiller estremecía las almas y hacía reflexionar a todos los asistentes –no se imaginaban, pero esta parte en 161 años llegará a ser muy importante; en 1985, se convertirá en el Himno Europeo que representará a la hermandad de la Unión Europea por excelencia–. Al acabar la interpretación completa del movimiento, el director Umlauf bajaba los brazos y todo el público aplaudía apasionadamente la obra reconociendo al Maestro Beethoven; todos se levantarían y aventarían sombreros y pañuelos –incluidos nosotros–, pero el Maestro no nos escuchaba y estaba de espaldas ensimismado llevando en su mente la partitura perfectamente. Fue tal la algarabía en el teatro que la contralto, Caroline Unger, tomaría del brazo al Maestro para mostrarle cómo el público premiaba su genialidad única. Voltearía y nos agradecería profundamente con la mirada. Yo, por mi parte, creo que ese día tan intenso hizo a Beethoven volver a nacer y nosotros un poco con su esperanza.
Cerca de las 10:00 p.m. comenzaríamos a salir del Kärntnertortheater. Toda la gente iba comentando la magnífica obra que acabábamos de escuchar. No había palabras para algo tan increíble y diferente en la música dentro de una sinfonía. Jamás se había escuchado una composición de tantos movimientos y el genio del Maestro era indiscutible entre conocedores y novatos. Así nacería una leyenda de la música clásica y de la humanidad. Así cerraba Beethoven su última presentación pública antes de morir en 1827. Pasadas las 11:00 p.m. y con el espíritu lleno de emociones, mis compañeros y yo regresábamos a nuestra máquina fantástica que nos permitía conocer los distintos talentos y genios de la humanidad. La historia sigue y nos espera en otro de sus valiosos capítulos. El viaje al aprendizaje es eterno. ¡Disfrutémoslo! Los invito a que me sigan la próxima semana. Au revoir!
Appendini, Ida; Silvio Zavala. “La revolución francesa”, “Imperio napoleónico” y “Ciencias y artes en los siglos XIX y XX” en Historia universal moderna y contemporánea. México: Editorial Porrúa; 1996, pp. 266-291, 371-372 y 378.
Beethoven, Ludwig van. Symphony No 9 in D minor, Op 125 “Coral” (1824). Orquesta de Concertgebouw, Amsterdam, Otto Klemperer (dir.), en vivo el 17 de mayo de 1956. Archivos de audio disponibles en: https://archive.org/details/beethoven9
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“Sinfonía n.º 9 (Beethoven)” en Wikipedia, la enciclopedia libre: https://es.wikipedia.org/wiki/Sinfon%C3%ADa_n.%C2%BA_9_(Beethoven)
Steinitzer, Max. “Comienzos prometedores” en Semblanza de Beethoven. México: FCE; Fondo 2000. Disponible en: https://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/fondo2000/vol1/beethoven/html...
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