El anuncio del descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, 1882
La máquina del tiempo*: el viaje de hoy es al 24 de marzo de 1882, a la capital del Imperio alemán, cerca del mediodía, en una zona alejada de la ciudad; imaginemos...
En un inédito e increíble experimento científico, dos físicos y una reportera viajan juntos en una máquina maravillosa que se desplaza a través de agujeros de gusano del espacio-tiempo. Su objetivo: Comprender e investigar más a la humanidad para mejorarla, así como generar herramientas tecnológicas más avanzadas y conocimiento. (Amigos lectores, empleen su imaginación y ¡acompáñenos semana a semana!)
Berlín, a 24 de marzo de 1882.
Se había abierto el increíble agujero de gusano nuevamente. Nos había arrojado y sin sufrir espaguetización –gracias a la diminuta fuerza de marea– a la capital del Imperio Alemán cerca del mediodía, en una zona alejada de la Ciudad y de sus numerosos edificios neoclásicos. Inmediatamente comenzamos a percibir en el ambiente un gran nacionalismo imperial, el orgullo de saberse una de las potencias más poderosas de ese tiempo en el planeta y la grandeza económica bajo el káiser Guillermo I y su “canciller de hierro” Otto von Bismark. Hacía 4 años había finalizado el Kulturkampf –una etapa cultural que opuso a dicho canciller contra la Iglesia Católica y su partido político en el Imperio, pues se creía que el catolicismo amenazaba la unidad de éste−, debido a que el socialismo de Marx estaba cobrando fuerza y desde luego no era grato para los poderosos ni para los católicos conservadores.
Mis compañeros y yo comenzaríamos desde temprano a trabajar. Ninguno hablábamos alemán, pero eso no impidió que con su ingenio y conocimiento idearán un discreto dispositivo que nos traduciría y nos ayudaría a entender en tiempo real lo que la gente decía. De esta manera podríamos interactuar con la gente y adquirir la vestimenta de la época. Los tres en la noche debíamos estar preparados para la gran conferencia que ofrecería el doctor Robert Koch, el padre de la bacteriología moderna y miembro del entonces Departamento Imperial de Sanidad, en la Sociedad de Fisiología de Berlín sobre la tuberculosis y no nos podía fallar nada. Sabíamos que sería asombroso, pero no cuánto.
Después de tener todos los preparativos listos, nos dirigíamos al recinto ubicado en la calle Dorotheenstraβe número 96 –de donde vengo, la propiedad pertenece al Hospital Universitario Charité de Berlín– donde nos recibía un edificio impresionante, de estilo clasicista tardío construido por el arquitecto Paul Emmanuel Spieker. El reloj marcaba las 7:00 p.m., la conferencia comenzaría a las 8:00 p.m. Los tres nos hicimos pasar por médicos de la época que buscaban saber la última novedad en las enfermedades infecciosas. En 40 minutos, la sala pequeña donde se llevaría a cabo estaba llena y se escuchaba una gran expectación entre los asistentes quienes murmuraban. Nos sentaríamos por en medio y en las filas de adelante se encontraban Rudolph Virchow –un famoso patólogo alemán que había desanimado a Koch en sus investigaciones– y Paul Erlich –un inteligente microbiólogo–.
Mientras esperábamos el inicio de la plática, observaba la sala con detenimiento. Estaba formada por dos niveles y en la parte de abajo, donde nos encontrábamos, nos rodeaban por los cuatro costados elegantes paredes de madera. Arriba, al fondo, había de una magnífica arcada con columnas y por delante se encontraba un parapeto metálico de formas geométricas y doradas. Estaba también presente la prensa. Sólo esperábamos que el doctor Koch se instalara para iniciar una nueva etapa en la ciencia médica.
Y entonces llegaría el momento. En una mesa justo enfrente de la sala comenzaría su interesante lectura en un tono sereno y conciso:
“El descubrimiento de Villemin en que la tuberculosis es transmisible a los animales ha encontrado, como es bien sabido, ratificaciones variadas…”
Comentaría su novedosa técnica de tinción azulada, los procedimientos de sus preparaciones, las observaciones directas del bacilo en microscopio, la presencia de colonias de bacilos en otros órganos del cuerpo, no sólo en los pulmones; la experimentación en conejillos de indias, gatos, monos y ratas; las características del tejido tuberculoso, el empleo de tubos de ensayo con un suero sanguíneo solidificado y agar-agar para realizar los cultivos bacterianos, y trece experimentos con los que daría a conocer posteriormente lo que ahora llamamos “los postulados de Koch”, base de la epidemiología contemporánea.
Al terminar de leer, Koch tomaría asiento. Invitaba a los asistentes a preguntar, pero nadie diría nada. Todos estaban enmudecidos. Vimos como el doctor Virchow se acicalaba la barba y se retiraba de la sala tomado su sombrero y sin decir una palabra –creo que fue mala idea no creer en Koch, pensé–, me miraba y sonreía con mis compañeros viajeros y todos estábamos maravillados. Rápidamente unos reporteros que estaban por ahí partieron a sus medios pues nos habían comentado que irían a telegrafiar la noticia. Nosotros también nos retirábamos pues ya teníamos hambre. Habíamos comentado en la cena, con gran jocosidad, el descubrimiento, la cara indiferente de Virchow que no lo podía creer, la salida como bólidos de los reporteros, etc., etc.
Más tarde iríamos a descansar, ya habíamos guardado la valiosa información sobre el ilustre descubrimiento del doctor Koch. A la mañana siguiente amaneceríamos con nuevas energías y nos enteraríamos de que muchos periódicos del mundo habían publicado la gran noticia: “Robert Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis”. En ese instante pensaba todo lo bueno que esto traería para la humanidad y la genial existencia de médicos como Koch. Finalmente nos dirigíamos a ese artefacto alucinante del espacio-tiempo, nos esperaba otra aventura, otro lugar y tiempo importante, otras vivencias históricas que han marcado la humanidad. Hay mucho que aprender y reflexionar, los invito a que me sigan la próxima semana. Au revoir!
- Appendini, Ida; Silvio Zavala. “Formación de la unidad alemana” y “Panorama europeo a fines del siglo XIX” en Historia universal moderna y contemporánea. México: Editorial Porrúa; 1996, pp. 355-359 y 416-417.
- Flüh, Torsen. “La imagen corporal y Leid en Corpus en la Sala Robert Koch” en el Blog de conocimiento científico alemán NIGHT OUT @ BERLIN: https://nightoutatberlin.jaxblog.de/post/Korper-Bild-und-Leid-Junges-dt-spielt-Corpus-im-Robert-Koch-Saal.aspx
- Fresán, Magdalena. Robert Koch: el sabio apasionado. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello; 1999, pp. 45-55.
- Koch, Robert. “Etiología de la tuberculosis” en Salud Pública de México. Época VI, Volumen XXIV, Número 3, mayo-junio 1982; pp. 241-257. Disponible en la web de Salud Pública de México-Instituto Nacional de Salud Pública: https://saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/706/693
- Somolinos Palencia, Juan. “Roberto Koch. El descubrimiento del bacilo de la tuberculosis y su primera noticia en México” en Salud Pública de México. Época VI, Volumen XXIV, Número 3, mayo-junio 1982; pp. 237-240. Disponible en Salud Pública de México-Instituto Nacional de Salud Pública: https://saludpublica.mx/index.php/spm/article/viewFile/705/692
- Torrico, Raúl. “Breve recuerdo histórico de la tuberculosis” en Archivos bolivianos de historia de la Medicina. Volúmen 10, Número 1-2, enero-diciembre, 2004; pp. 54-63. Disponible en Biblioteca Virtual de Salud Pública de Bolivia: https://saludpublica.bvsp.org.bo/textocompleto/rnabhm20041013.pdf
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* La presente crónica está basada en documentos e investigaciones de hechos reales; los elementos ficticios son sólo secundarios para justificar lo real. La bibliografía consultada se encuentra al final del texto.
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