… Pues yo cuento cuentos, hermano.

Los andenes son sus calles; los vagones, escenarios; los usuarios, el público; policías, los villanos

Los andenes son sus calles; los vagones, escenarios; los usuarios, el público; policías, los villanos.
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CIUDAD DE MÉXICO.

La flora y fauna que te toparás en el transporte público es, en suma, variopinta, vigorosa y afrodisiaca, tanto como el desconocido pasajero con el que compartes el asiento, el pasillo, el tubo de agarre.

En uno de tus «días de descanso», en los que ya aprendiste que la jornada tiene de todo, menos descanso, irás perdido en tus propios pensamientos sobre si fulanito o menganita de tal te «dejó en visto en WhatsApp», las actividades que realizarás llegando a casa, y acabas de recordar a la persona con la que tienes cita mañana.

Vienes entre estos y otros vaivenes mentales, cuando un grito te agarra desprevenido y te hace pegar un brinquito, que después te da risa: estás en el metro.

     «¡Es la rica y grande barra de alegría de amaranto, endulzada con miel de abeja, nuez y pasas! Para esa presión baja, para ese licuado por las mañanas. No la pagues en su precio comercial que va de los diez a quince pesos en tiendas de autoservicio. Como única oferta, llévatela el día de hoy por el módico precio de cinco pesos. Así es: cinco pesos te vale, cinco pesos te cuesta la rica y nutritiva barra de amaranto».

Por un momento crees que es el único vendedor a bordo del vagón, pero mientras observas que el «amarantero» ofrece su producto, recibe monedas o billetes y da cambio a diestra y siniestra, un nuevo pregón inunda la acalorada atmósfera —que más bien parece un decrépito sauna— tomándote por sorpresa, una vez más, y dando una continuidad mercadológica a su colega anterior:

     «O bien, si lo prefieres, te vas a llevar los audífonos originales de la marca Samsung, de cable reforzado, con goma de chícharo, entrada universal tres punto cinco, para el celular, la tableta, la computadora, el iPod, el iPad, la laptop: veinte pesos vale, veinte pesos cuesta. Puedes calarlo, puedes probarlos sin compromiso de venta».

Y así, consecutivamente, en casi todas las estaciones, algún comerciante tratará de vender a los pasajeros algún artilugio que, tal vez, no necesites, pero que por lo accesible de su precio, terminarás comprando.

Hallarás en el desfile comercial dulces y golosinas; discos con música de banda, reggaetón, los éxitos del momento, obras clásicas, las que no pueden faltar en las fiestas o, en su defecto, cuando alguna leyenda musical fallece, hasta te ofrecen el DVD con sus conciertos en vivo y sus temas más conocidos o una antología de su carrera artística para todo aquel melómano obsesionado con algún cantante o grupo.

***

Te lo puedes encontrar en la línea café o nueve, de Pantitlán a Tacubaya; en la verde u ocho, de Garibaldi/Lagunilla a Constitución de 1917; en la línea «A» del metro férreo, de Pantitlán a La Paz, o donde a él se le ocurra accidentalmente pararse y protagonizar un pequeño performance.

Tampoco lo neguemos: en ocasiones el no poder tener un viaje sin ruidos se vuelve tedioso, pero si te agarra en un día donde tu curiosidad está de buenas, y lo escuchas atentamente, caerás en la cuenta de que no son cuentos comunes.

Mis historias deben de golpear a la gente en su psique, tienen que hacerlos revirar en las formas de ver su vida. Si uno no sabe quién es, cómo va a saber qué quiere, y si no sabe qué quiere, cómo saber a dónde va. Una gente sin eso, es una máquina que genera patrones.

Su nombre es José Juan Bermúdez, de veintinueve años, y se dedica a contar cuentos en el metro porque «la neta salió por accidente: un amigo me dijo que era muy bueno para contar cuentos». Pero no comenzó declamando cuentos, no.

Al principio, pues vendía de todo, carnal: empecé con las Bon Ice, y me iba chido, ¿eh?, me rayaba, pero después pasaron; luego vendí pomadas para lesiones musculares, manuales para aprender a hablar inglés, de todo un poco. «Mi vida está llena de historias, es por eso que sé contar historias».

Habla igual que cuando recita sus cuentos en el vagón: sus ademanes son bien marcados y muestran sus emociones. Su rostro tiene la divertida capacidad de tergiversar los gestos; lo que tú crees que será un ceño risueño, resulta sarcástico; la sonrisa de galán de telenovela, vira entre malvada y hasta depravada; la boca guasona, finaliza incitante, como si tramara un plan.

Total que un día llevaba una cajita de caramelos Broncolin, y con lo que pretendía vender, compraría otra para seguir vendiendo, «pero ya llevaba una hora y nomás nada, hermano»; «¿y qué hiciste?»; «pues que me acuerdo y que se me ocurre contar un cuento»; «¿cuál?»; «el que ya te conté, en de Napoleón, pues era el único que me sabía; lo leí en Caldo de pollo para el alma»:

     «El cuento habla de Napoleón Bonaparte, que estaba en la Riviera francesa, y ahí, que se encuentra a sus enemigos: ¡escapa, corre, baja una colina! Toca la puerta de una humilde casa —José Juan golpea el mosaico donde estábamos recargados con sus nudillos: ¡toc, toc, toc!— y le abre un venerable y humilde anciano, que lo mira extrañado. ‘Por favor, venerable, me persiguen, haga la ayuda de esconderme un momento en su casa; se lo agradecería mucho’».

Mientras me cuenta el suceso literario, el andén de Centro Médico, línea café, de repente se transmuta en un improvisado escenario urbano, repleto con gente de verdad, sin maquillaje ni guiones memorizados. Todas las personas que pasan lo voltean a ver, y también al idiota que le está poniendo mucha atención y hace anotaciones en una libreta: y es que ¡ay!, en el metro te encuentras a cada pinche loco.

— En aquel entonces, hermano, mi idea de vivir era sobrevivir, salir adelante como pudieras. Al principio yo pensé que era suerte de principiante, porque cuando terminé, se pusieron a aplaudir; después pasaron los años y me fui haciendo de mi público, Hay ocasiones en las que voy en la calle y me reconocen: ‘¡Oye! Tú eres el que cuenta cuentos en el metro, y no sé qué y no sé cuánto’. Es difícil hacerse de su público, no te creas.

— Sigue, sigue, ¿qué más te ha pasado?

Una vez, terminé un cuento y ya, ¿no? Pues se baja una morra y que me dice: ‘Amigo, me encantó tu cuento, ¿te puedo dar un beso?’—a José Juan se le ilumina el rostro recordando—: ¡Cómo no! ¡Pues faltaba más!

José Juan Bermúdez participó en un concurso televisivo en donde los participantes mostraban el mejor talento que la divina providencia les haya proveído, «y te digo algo carnal: la gente que estaba detrás de cámara mostraba más interés que los realizadores. Nada más como que se dieron chispazos con la producción. Total que no pasé. Pero un día voy viendo que en la página de la televisora mis videos tenían más de doscientas cincuenta mil visitas. Y comentarios, ¡ufff!, de a madres. Con decirte que había ocasiones en que me pasaba noches enteras leyéndolos».

La gente de ahí no tienes expectativas, así te lo digo, carnal. Tampoco creas que yo iba con la ilusión de hacerme millonario. Para nada. Siempre tuve los pies bien plantados sobre la tierra: ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano? —Chava Flores—, ¿no? Pues me di cuenta de que esto no vende. Todo resultó ser una verdadera charada.

     «El viejo, que se dedica a las pieles —algo así como talabartería— esconde a Napoleón en un montón que tiene ahí, en el suelo; le dice ‘métete, métete’. De repente, llegan los enemigos y tocan la puerta del viejo:

¡Ábranos, venimos buscando a Napoleón!’

‘Aquí no está ese señor, caballeros’.

‘¿Está usted seguro?’

‘Claro que sí’.

A pesar de todo, los oficiales entran y empiezan a picar cada rincón de la morada con los mosquetones que portan. Incluso inspeccionan en el montón de pieles donde se encuentra escondido Napoleón.

Por azahar del destino no lo encontraron».

Hoy en día, Juan José busca que alguien, por fin, después de múltiples e infructuosos intentos, una persona u organización le financie un programa. Él asegura que no los dejaría mal —tiene una magnífica voz que podría servir para el doblaje de villanos en caricaturas o algo por el estilo, y actúa muy bien—. Contó que en un día cualquiera

— Me eché el cuento de Napoleón. Me bajé y que detrás de mí se viene un albañil. Se notaba que venía de la chinga. Él no sabía nada de arte; lo único que suponía es que ésta se encuentra en el museo y te cobran por entrar. Y como un niño que pregunta algo que desconoce, me dice:

‘— Joven, ¿le puedo hacer una pregunta?’— de hecho ya la hizo.

‘— Sí, dígame’.

‘— ¿Así es el teatro?’

‘— Mmmm, sí. Más o menos’.

‘— ¿Y todas las obras están así de chingonas?’

‘— Sí, algunas. La mayoría’— y ya muy resuelto, orgulloso de haber descubierto un secreto de Estado o un tesoro, irguiéndose y con una resolución que pocas veces en la vida tenemos:

‘— Usted me ha inspirado, joven. Creo que voy a ir al teatro un día de estos.

— ¡No mames! Es de lo mejor que me ha pasado, Cambiar una vida, una mentalidad, saber no sólo te subiste, diste, te dieron y te fuiste. Pero bueno, también me ha tocado el comentario malo.

Juan José trabajo en el Centro Cultural ALIAC, «pero me desmadré el nervio ciático y pa´ qué te cuento, me quedé en cama como seis meses y valió madres».

— Y ¿de dónde sacas tus cuentos?

De internet, libros, libros antiguos, de todos lados. Hubo una época en la que tuve acceso a bibliotecas privadas y también a la de Ciudad Universitaria. Leí un chingo de libros. Fácil, en mi vida, llevó unos ciento cincuenta. Qué más quisiera yo que tenerlos en mi casa, pero ni pedo. Cuando empecé a leer conocí a mucha gente. En C.U., un señor, que era antropólogo, me dejaba leer el libro de La verdadera historia de la caída de Tenochtitlán.

     «El viejo pensó que los soldados habían matado a Napoleón y sólo esperaba ver un río de sangre correr desde las pieles.

Pero el militar salió como si nada hubiera pasado.

El anciano se tranquilizó.

En ese momento tocaron de nueva cuenta la puerta, pero ahora se trataba de los guardias de Napoleón:

‘Sabemos que el señor Bonaparte se escondió aquí, venerable anciano’.

El militar se sacudía el hermoso y jerárquico traje, cuando le pregunta su anfitrión:

‘¿Qué se siente estar a punto de morir?’

Napoleón se cuadró, miró despectivamente a su interlocutor que lo había salvado de una muerte segura, y ordenó, marcial y poderoso:

‘¡Mis hombres: fusilen a este anciano!’»

Se nota que Juan José es una persona que lee demasiado. Oficialmente, estudió hasta la secundaria. Hoy en día, forma parte de una escuela de pensamiento gnóstico: «la verdad la  escuela no me llevaba a nada, la veo como la lotería de los pobres: ¡Espero-algún-día-ganarme-la-lotería!», canta mientras mueve la muñeca simulando una degenerada masturbación y con los ojitos en blanco, sufriendo un rico orgasmo.

Si deseas contactar a Juan José Bermúdez, ofrecerle trabajo después de que hayas visto algunos de sus videos que compartirá contigo, su número y nombre de usuario en Facebook es ‘100001879867384’ y ‘AlBeto Lara’; o también puedes mensajearlo a elcuentacuentos.oficial.mx@gmail.com. En los próximos días abrirá una cuenta de Twitter, así que estate al tanto de sus actividades.

Tengo una esposa sexy, una hermosa e inteligente hija. Hubo una temporada en que mi esposa padeció de postparto. Me las vi negras, hermano, pero, un día agarré a mi hija, que tenía menos de un año, y le dije: ‘vamos a chingarle m’ija’. Un año estuve solo con ella, un año la hicimos feo, un año le echamos huevos, y ese año nunca lo cambiaría. Luego vamos caminando por la calle y me dice:

‘— Oye, papá, ¿ya viste a ese pendejo?’

‘— ¡No digas eso m’ija! Yo le digo pendejos a los pendejos, pero tú…’

Y no me pide nada, lo único que me pide es pasar tiempo con ella (…) Un día me voy a morir de algo. Joven o viejo. Te apuesto lo que quieras que cuando me muera, lo primero en lo que voy a pensar es en mi hija, y al menos así me iré, sin pensar que no disfruté de la riqueza que tengo.

—Mi proyecto de vida es sencillo: quiero crear mi propio espectáculo. Que alguien me financie. El único problema es que no lo encuentro. Quiero que mi proyecto crezca, y un día, aunque sea un pinche ambicioso o guajiro, ser alguien como Chabelo, Chespirito —suelta la carcajada—, un ídolo de las masas. En un teatro me piden el 30 por ciento de la taquilla, está bien, pero necesito publicidad.

     «En el paredón, al buen hombre lo colocan sobre una tarima.

Le vendan los ojos con una hedionda tela negra.

Le amarran muñecas y tobillos con una áspera soga.

Escucha que los militares disponen sus armas.

La inconfundible voz del ‘Pequeño Cabo’, como de energúmeno, y con la yugular a un tras de salirse chorreando de su cuello, dicta:

¡Preparen! ¡Apunten! ¡FUEGO!

No pasa nada.

El ambiente se enrarece y es invadido por uno de esos incomodos silencios que gritan. Que gritan de tanto mutismo.

Se escucha la proximidad de unos pasos.

Napoleón le retira, suavemente, con cariño, la venda de los ojos:

‘Eso fue lo que sentí, estimado caballero. Muchas gracias por todo’».

          Pero bueno, eso ya es otro cuento.

edd