Evocan al infrarrealista imprescindible: Roberto Bolaño (1953-2003)

En su décimo aniversario luctuoso, que se conmemora justo hoy, el autor chileno sigue despertando sentimientos encontrados entre sus colegas y amigos

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CIUDAD DE MÉXICO, 15 de julio.- Irónico, sarcástico, crítico, “con un sentido del humor corrosivo” y siempre dispuesto a reírse de todo, hasta de sí mismo, el narrador y poeta chileno Roberto Bolaño (1953-2003) levantó ámpula, causó desasosiego, por donde pasó.

Quienes convivieron con él en Chile, México y España (Barcelona), países en los que vivió, tienen aún fresca en la memoria su irreverencia; pero también su disciplina y su pasión por la literatura.

Desde que conocí a Bolaño en Barcelona, en 1995, se estableció una complicidad inmediata. Fue un amigo muy culto, divertido, curioso y muy leal.” Jorge Herralde, editor

Roberto Bolaño no fue el fundador del infrarrealismo, como se ha divulgado, fuimos 20 fundadores.” José Vicente Anaya, miembro pionero del movimiento y autor de uno de sus manifiestos

El considerado uno de los escritores latinoamericanos imprescindibles, cuyo décimo aniversario luctuoso se conmemora justo hoy, sigue despertando sentimientos encontrados entre sus colegas y amigos.

Pero hay algo que nadie pone en duda: la calidad de su trayectoria literaria, que comenzó en México en 1976 con la publicación de su primer poemario, Reinventar el amor, y se consolidó en Barcelona con el lanzamiento de su novela Los detectives salvajes (Premio Herralde 1998 y Rómulo Gallegos 1999) y la póstuma 2666.

Bolaño siempre hizo las cosas a su manera, siguiendo la escuela de la vida. Llegó a México en 1968, a los 15 años de edad. “Era autodidacta. No terminó la secundaria, pero era un devorador de libros. Él fue su propia universidad”, afirma el poeta chileno Hernán Lavín Cerda, quien conoció al joven Bolaño en 1973.

“Yo era profesor de la UNAM. Él ubicó mi dirección y llegó a visitarme junto con su amigo Bruno Montané. Ahí empezó una amistad. Él asistía al taller literario que el poeta Juan Bañuelos impartía en CU. Ahí nos encontrábamos”, cuenta.

Lavín Cerda narra que Bolaño lo invitó a participar en la antología de poesía latinoamericana Once poetas desnudos bajo el arco iris de fuego, que editó junto con el escritor Miguel Donoso y el poeta Efraín Huerta.

Fue testigo del surgimiento del infrarrealismo, movimiento poético fundado en 1975 por un grupo de 20 jóvenes, entre ellos Bolaño, el cual se opuso a los poderes dominantes en la poesía mexicana y al stablishment literario, que tenía a Octavio Paz como su figura preponderante.

Pero la amistad con Hernán Lavín duró poco, dice. “No sólo porque Roberto decidió irse a España, sino porque no firmé, como me lo pedía, un documento en el que sostenían que la UNAM estaba perdiendo su sentido de vanguardia, que se estaba aburguesando”.

Detalla que no habló después con él sobre este asunto. “Tal vez habría dicho que era una tontería. Pero no lo volví a ver. Fui después a Barcelona, pero él ya vivía a las afueras.”

Lavín piensa que Bolaño llegó a ser un gran escritor porque detrás de su narrativa está la poesía.

 “El tenía un patrono, un gran santo, que es Nicanor Parra, decía que él venía de su costilla. Su ombligo materno era la poesía. Por eso su literatura no es rígida, crea palabras, juega con el idioma.”

Un infrarrealista más

“Bolaño no fue el fundador del infrarrealismo, como se ha divulgado, fuimos 20 fundadores”, aclara el poeta José Vicente Anaya (1947), miembro pionero del movimiento y autor de uno de sus manifiestos.

Explica que tampoco Bolaño escribió el primer manifiesto. “No hubo uno primero y otro después, sino tres simultáneos, el de Roberto, el de Mario Santiago Papasquiaro y el mío. Los escribimos al mismo tiempo, sólo que se publicaron en fechas distintas. Pero esa discusión no tiene sentido. Lo fundamental es que sigue vigente aquel ímpetu de rebelión que nos unió para formar ese grupo”, añade.

El ensayista y traductor destaca que Bolaño fue uno de los más disciplinados del grupo para escribir. “Gracias a su novela Los detectives salvajes se sabe que fuimos rechazados por el status quo.

Recuerda que los infrarrealistas nació por la amistad, las fiestas, las lecturas de poesía, el baile. “Lo que todos llamaban ‘sabotear’ a los escritores serios, para nosotros eran performances; era divertido irrumpir la seriedad acartonada de muchos intelectuales de ese tiempo. “Bolaño fue un gran amigo. Reíamos mucho. Él sabía hacer críticas de nosotros mismos”, indica.

Roberto encontró otra amiga en México, la artista visual estadunidense Carla Rippey (1950), quien en 1973 llegó al país procedente de Chile. Ella participó en la primera reunión de los infrarrealistas y después colaboró con la revista del movimiento.

“Tuve la idea de que el infrarrealismo podría ser una especie de colectivo de escritores y artistas plásticos, con tintes políticos, pero eso no cuajó”, señala.

La artista, quien estaba casada con Ricardo Pascoe, evoca a Roberto como a un amigo cercano. “Venía seguido a nuestra casa a refugiarse de sus broncas sentimentales y de su vida errante en la calle. Trabajamos juntos con Juan Pascoe, mi cuñado y editor artesanal del Taller Martín Pescador, para publicar su primer libro, Reinventar el amor, del cual hice la portada.

“La imagen fue originalmente un grabado en madera de una sirena, representando la noche, entrelazado con una especie de Apolo, representando el día. No es la gran obra, pero a Roberto le fascinó el concepto”, indica.

Rippey señala que, debido al nacimiento de sus dos hijos, su convivencia con los infras se limitó. “Pero con él siguió la amistad. Era súper entusiasta, cálido, entregado y apasionado. Muy fiel a sus amigos.”

En enero de 1977, especifica, fue con sus hijos a despedirlo al aeropuerto. “Mantuvimos una nutrida correspondencia durante cuatro años. Luego me fui a vivir a Xalapa y la vida se me complicó, dejé de escribirle. Pero en 1995 le mandé un paquete con cartas, fotos y catálogos de mis exposiciones. Me contestó con una larga carta. No lo volví a contactar hasta marzo de 2003. Me habló por teléfono en junio, un mes antes de su muerte; pero nunca lo volví a ver”, lamenta.

España, la consolidación

Bolaño partió a España en 1977 y no tuvo empacho en desempeñarse en oficios varios. Escribía en sus ratos libres y, cuando no tenía un empleo fijo, todo el día. Empezó a ganar concursos literarios y a publicar su obra.

Pero su suerte cambió cuando se encontró con Jorge Herralde, director de Anagrama, quien se convirtió en su editor y amigo. “Desde que lo conocí en Barcelona, en 1995, se estableció una complicidad inmediata. Fue un amigo muy culto, divertido, curioso y muy leal”, asegura.

El editor detalla que después de publicar La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas, que tuvieron buenas reseñas, pero con escasas ventas, parecía que su destino iba a ser un “autor de

culto”.

“Pero con Los detectives salvajes dio un salto importante, por la ambición y originalidad de esa novela”, cuyas ventas totales, añade, se están aproximando a los 200 mil ejemplares. Y apunta que le sigue 2666, con alrededor de 125 mil ejemplares vendidos.

Herralde destaca que México fue muy importante para Bolaño, pues aquí se forjó como poeta. Pero piensa que, a pesar de este nexo, los lectores mexicanos no lo han leído lo suficiente. Por esta razón, Anagrama acaba de lanzar la edición mexicana de sus obras.

El editor participará hoy en el homenaje a Bolaño organizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Su polémico adiós a Chile

En 1973, Roberto Bolaño regresó temporalmente a Chile; pero el golpe al gobierno de Salvador Allende lo hizo regresar a México, tras unos meses de estancia. En 1998, tras 25 años de ausencia, volvió a su país natal convertido en un escritor consolidado.

25 años estuvo Bolaño fuera de Chile 

La narradora chilena Lina Meruane (1970), quien lo conoció en enero de 1998, “a propósito de una entrevista que acabó prolongándose por dos días y de la que surgió una amistad a larga distancia”, narra esa visita que causó polémica.

“Vi a un Bolaño que se estaba reencontrando con Chile (alucinado ante las manifestaciones concretas del devenir neoliberal del país) y con su familia. Se empeñó en conocer a sus contemporáneos y en particular a Diamela Eltit, escritora que él había leído”, detalla.

Cuenta que ella gestionó ese encuentro de buen agrado, porque le parecía oportuno que estos dos novelistas se conocieran. “Ambos eran autores críticos de la dictadura, provenían de espacios sociales marginales, trabajaban a partir de las vanguardias y estaban entre los más importantes narradores chilenos del momento”.

Recuerda que fue una cena muy agradable. “Se volvió legendaria gracias al ácido relato que Bolaño hizo de ella y, sobre todo, por la polémica que generó en Chile el modo paródico y hasta misógino con que se refirió a Eltit. Él diría (esto lo supe después) que se trataba de un relato humorístico, que toda la polémica que se desplegó en los diarios era absurda e incluso cómica.

“Pero su crónica no fue leída así en Chile. No en ese momento. Bolaño era el emigrado que retorna a criticar sin entender las claves de lo local. El gesto de ese forastero, que llegaba amparado por el éxito, desestabilizaba el precario equilibrio de la vida literaria chilena”, apunta.

La también ensayista agrega que, aunque había oído que Bolaño portaba un pasado de polémicas, “no entendía que polemizara precisamente con una escritora que, a mi entender, era de una estirpe ideológica y literaria tan cercana. Ahora pienso que acaso ahí estaba el origen de esa pelea: un desafío a una escritora de su talla a un combate cara a cara, la disputa por el espacio literario. No tuve oportunidad de discutir esto con él.

“Era otro el Bolaño que regresó al año siguiente, ya con prestigiosos premios a cuestas. Ese Bolaño llegó disparándole a muchos otros escritores, incluso a José Donoso. Yo ya me había distanciado de él”, cuenta.

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