Bitácora en el Monte Elbrús
Guillermo Campos Romero y su padre -del mismo nombre- alcanzan la cumbre más alta de Euro-pa. En territorio ruso encuentran edificios fantasmas, tanques alemanes destruidos y rastros de la Segunda Guerra Mundial
CIUDAD DE MÉXICO, 27 de enero.- Ascender el Monte Elbrús era un viejo proyecto que Guillermo Campos Romero pretendía hacer en compañía de su padre (Guillermo Campos López), un sueño que el arquitecto de 40 años de edad y su padre, un hombre jubilado de 70 inviernos, cumplieron el pasado 8 de agosto de 2014. Pero, levantar la bandera mexicana y la del Club de Exploraciones de México en la cumbre del Elbrús no fue tarea fácil, pues antes de conquistar los cinco mil 642 metros de altura hubo que sortear diversos obstáculos: prácticas burocráticas del pasado soviético, territorio en conflicto bélico, edificios fantasmas y rincones del mundo en donde uno sólo puede comunicarse de dos formas (en ruso o a señas).
El Monte Elbrús se encuentra entre la cordillera del Cáucaso, todavía en la parte europea, por lo que es la cumbre más alta de dicho continente. Ello a pesar de que durante algún tiempo los franceses apostaron porque tal designación pertenecía al Mont Blanc.
Ya con maletas hechas, así como pasaportes y boletos de vuelo en mano, Guillermo Campos Romero comenzó a hacer la bitácora de viaje, en compañía de su padre y guía, rumbo a una cumbre que alguna vez fue conquistada por la Alemania nazi de Adolfo Hitler (agosto de 1942).
La aventura comienza el 30 de julio en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Un vuelo tras otro. Aterrizar en el Charles de Gaulle, de París, y de ahí al aeropuerto Sheremetevo, de Moscú. Tres días de vuelos y aterrizajes culminarían en el aeropuerto Mineralnye Vody, cerca de la real aventura. Todavía había que viajar en transporte terrestre, tomar taxis con sólo hacer señas y señalar un pequeño mapa. Había que llegar a Azau, que está en la base del Monte Elbrús, y son unas cuatro horas de recorrido para estar realmente cerca del objetivo”.
El clima en la región del Cáucaso es voluble. Al calor le pueden seguir viento, nubes negras, tormentas eléctricas y la mala noticia de que todo el tiempo y dinero invertidos pueden irse a la basura. Regresar a tu país con las manos vacías y las mochilas sin abrir.
El otro factor de riesgo era el político. “La situación entre Rusia, Ucrania y la OTAN llegaron a niveles de mucha tensión. Rusia anexó a su territorio la Península de Crimea y el ejército ucraniano, en respuesta, derribó un avión de pasajeros. El Elbrús, por su cercanía a la zona de conflicto y por ser frontera con Georgia, se congestionaría de tropas rusas atentas a la visita de cualquier extraño. Nosotros éramos dos mexicanos pacíficos, pero extraños al fin”.
Llegando al Monte Azau, Memo Campos relata: “Entrar a este lugar es como hacer un viaje al pasado. Tal parece que el tiempo se detuvo en la época soviética. Hay edificios de aquella época vacíos, automóviles ‘Lada’. En la ciudad de Elbrús hay un retén militar y uno policiaco. En el retén hay tanques y soldados”.
De Azau hay que tomar un teleférico que pasa por la estación Krugozor, hasta la estación Mir (3,467 msnm). Desde ahí aparece el Monte Elbrús y sus dos cumbres completamente nevadas. “Nosotros atacaríamos la cumbre oeste (5, 642 msnm)”.
En el camino vas encontrando huellas del pasado bélico. Hay un tanque alemán completamente destruido, que sirve como atracción turística y como testigo de la histórica batalla del Cáucaso en 1942-43. En todos los monumentos dedicados a la guerra hay flores frescas, mucha gente sigue llevando ofrendas florales. Siguen los rezos y el llanto. Los rusos siguen recordando a sus muertos de la Segunda Guerra Mundial, aunque ellos la llaman la Gran Guerra Patriótica”.
En la estación Mir los alpinistas mexicanos, padre e hijo, se instalaron en uno de esos tanques gigantes que alguna vez sirvieron para almacenar combustible. Hoy hacen de refugios para los que se atreven a retar al Elbrús. “Nos tocó el barril 9”.
El 4 de agosto harían el primer intento hacia la cumbre. “Tras varias horas de ascenso, habíamos dejado atrás las rocas Pastukhova (4,700 msnm) y nos encontrábamos en la base de la cumbre este, muy cerca de la Silleta, cuando nos tuvimos que detener. Llegando a los 5, 079 msnm se fueron formando nubes que hicieron mínima la visibilidad. Faltaban seis horas de ascenso (más el regreso), cuando apareció un montañista ruso cuyo idioma se convertía en un obstáculo. Con señas, nos indicó que había relámpagos. Se avecinaba una tormenta eléctrica. No había más que discutir. Regresamos al campamento base”.
Tras casi una semana de permanecer encerrados en los barriles, Guillermo y su padre decidieron, en compañía de alpinistas rusos, japoneses y británicos, realizar un ataque masivo a la cumbre.
Segunda capa, tercera capa, arnés, buff, guantes, polainas, casco, lámpara, GPS, mochila de ataque y piolet. Sólo faltaba ponernos los crampones”.
Igual que en primer intento, los mexicanos Campos iniciaron el ascenso rumbo a la cumbre oeste. “Pude identificar tres filtros en los que la gente desertó: las rocas Pastukhova, la Silleta (entre las dos cumbres) y la ante cumbre (a unos pasos de la cima)”.
Los Guillermos, padre e hijo, alcanzaron la cumbre oeste del Monte Elbrús literalmente abrazados. Fue el viernes 8 de agosto de 2014 a las 9:34 a.m.
“Me agaché para sacar de mi mochila el banderín del CEMAC y la bandera de México. Le pedí a un ruso que nos tomara la foto de cumbre y cuando vio nuestra bandera exclamó: ‘¡ah, mexicanos!’. Finalmente, habíamos hecho realidad nuestro sueño”.
Faltaba el regreso.
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