Ignacio Calderón y la vida antes del Clásico

El ex portero de las Chivas revive el tiempo y los recuerdos. Desde cuando soñaba con ser profesional, hasta cuando se vivían los primeros partidos contra el América

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CIUDAD DE MÉXICO, 28 de octubre.-  Ignacio Calderón quiere ser portero igual que su hermano Carlos. Los dos le van a las Chivas y juegan cada vez que pueden en las calles de la colonia Ladrón de Guevara, un fraccionamiento fuera de la ciudad de Guadalajara en el que no suelen pasar muchos carros. Se valen de una pelota y no de un balón, principalmente porque, como éste es de cuero, se desgasta rápido y les dura poco.

Tienen entre 11 y 12 años, pero aún así buscan ganarle a los vecinos (algunos mayores) en las canchas que están cerca del templo de la Santa Cruz. Su equipo se llama Veracruz, que es la calle donde viven, y entre sus integrantes aparecen Sergio Valdés (ahora banquero); Carlos Aceves (fallecido); Carlos Enrique Orozco (ginecólogo reconocido) y Ramiro Ureña, (de quien no se sabe su paradero).

Hubo una vez que los jugadores del Necaxa, un rival de por ahí, los vieron jugar y los invitaron a su equipo. Les pidieron  fotografías para el registro y los citaron para el siguiente sábado. Nunca llegaron.

Al poco tiempo –recuerda Nacho– el médico del club Guadalajara, el doctor García Silva, que era muy amigo de la familia, le propuso a su papá la idea de meterlos a las fuerzas básicas de las Chivas. “A nosotros nos encantó la idea”, continúa. “Con todo y que antes hubo una advertencia: teníamos que sacar buenas calificaciones, sino no habría permiso de nada.”

Así los Cuates empezaron a estudiar más, a sacar buenas notas y lograron llegar al club Guadalajara, donde los dos tenían pinta  de ser porteros. A los ocho días, sin embargo, Carlos decide jugar como centro delantero y Nacho se queda en la portería.

Para entonces, ya llamaba la atención una fotografía: era Nacho a la edad de 13 años, lanzándose por una pelota en medio de dos troncos de árbol, con una camiseta de manga larga, sin guantes, y unos tenis negros marca Súper Faro.

“Fue en la calle Garibaldi, esquina con Amado Nervo (antes Veracruz). Yo no llegaba todavía al Guadalajara. Ahora que estoy retirado es cuando me doy cuenta de las cualidades que tenía en ese momento. Nací para ser portero. Nadie me decía cómo tenía que caer ni cómo tenía que aventarme. Eran cosas naturales. Pareciera que yo ya era un niño que había entrenado desde antes, pero no. Era un portero callejero”, agrega.

Nacho debuta en el equipo juvenil del Guadalajara a los 15 días de haber entrado, mientras Carlos lo hace a los ocho. Tras dar varios saltos de categoría, llega a las reservas de la Liga mayor, donde le toca alternar con los suplentes del primer equipo. El ingeniero De la Torre es quien le llama para empezar a entrenar a las 10 de la mañana.

“Para mí era un sueño, porque estaba conviviendo con todo el Campeonísimo, esos jugadores que yo admiraba desde chavito.”

En 1956, cuando tenían 13 años, los Cuates habían sido testigos del primer campeonato en la historia de Chivas, en el campo Felipe Martínez Sandoval (o Parque Oblatos). Estuvieron ahí como aficionados.

Terminando el juego (1-0 sobre el Irapuato), los dos recolectaron autógrafos y esperaron a que salieran todos los jugadores del túnel, ya listos para festejar.

“¿Quién iba a pensar que luego yo conviviría con ellos?”, se pregunta Nacho. “Antes de llegar a las reservas, en la juvenil, Carlos y yo íbamos a ver a los jugadores del primer equipo a Colomos. Tomábamos el camión y nos parábamos en la calle de Avenida Américas (antes Avenida Unión), para saludarlos. Varios nos reconocían por ser cuates y, como íbamos mucho a los entrenamientos, luego nos veían en la parada y nos daban un aventón.”

Los partidos preliminares de la juvenil eran vistos por Chava Reyes, Mellone Gutiérrez, Guillermo Tigre Sepúlveda y Jaime Tubo Gómez, entre otros, un poco antes de meterse a los vestidores para el calentamiento.

Algo notó El Tubo en Nacho Calderón que, en una entrevista, no dudó en advertir que “ese muchachito me va a quitar el puesto”. Y así sería, luego de llegar como tercer portero, aprovechar la venta de Miguel Chilaquil López al Morelia (segundo en el puesto) y las contadas lesiones del propio Tubo.

En la Temporada 1963-64, Carlos y Nacho ya jugaban como profesionales; el primero anotando goles y el otro volando bajo los tres postes.

***

Nacho fue de los que vivió los inicios del clásico contra el América, en esa época en blanco y negro. Entonces, según cuenta, se peleaba por el amor a la camiseta. Era vencer o morir, no había de otra. A pesar de que en un principio la rivalidad se centraba en los juegos contra el Atlas, la enemistad creció y los terminó contagiando.

“Eran los millonetas, los que presumían tener mucho dinero y a los mejores jugadores. Nosotros siempre fuimos puros mexicanos, de gran calidad, y de ahí se viene todo. En la semana la gente iba a vernos entrenar. Se llenaba el campo, las gradas. Nos hacían documentales e infinidad de entrevistas previo al partido. ¡Los aficionados lloraban si perdíamos! No te imaginas la cantidad de sentimientos que se ponían en juego.”

En la serie de clásicos acumulados en la carrera de Nacho como portero de Chivas aparece la final del torneo Campeón de Campeones de 1964.

Chivas ganaba por 1-0, teniendo al América encima; “es cuando se da la expulsión del Tigre Sepúlveda y aquella frase de que con la pura camiseta les ganábamos”. En una descolgada, el Rebaño hizo el segundo tanto y se quedó con el campeonato.

Ése fue el tercero en su carrera, después de coronarse en la Temporada 1963-64 y en la Copa México (1962-63). Luego sumaría otros dos trofeos de Liga (Temporada 1964-65 y 1969-70), dos Campeón de Campeones (1965 y 1970), y una Copa México (1969-70).

***

Nacho se caracterizó por usar rodilleras, coderas y suéteres de colores. “Primero porque antes siempre jugábamos en canchas de tierra y tenía que protegerme. De ahí me acostumbré. Los suéteres siempre me gustaron y poco a poco los fui diseñando, los combinaba con el color de las medias”. También se dejaba las patillas (por moda) y solía salir en fotonovelas y películas.

Su debut se dio en una Copa México, el 4 de abril de 1962,  tras durar dos o tres meses como suplente del Tubo. El fin de su etapa en el equipo rojiblanco se da después de ser seleccionado nacional, de jugar dos mundiales (1966 y 1970) y de alargar la época del Campeonísimo.

Nacho, que ganaba 18 mil pesos al mes, le pidió un aumento  (33 mil) a Jaime Ruiz Llaguno, presidente del Guadalajara, pero éste no quiso dárselo. “Me puso en venta y me dijo: si tú quieres ganar eso, entonces has de valer tres millones de pesos. Era una cantidad prohibitiva en el futbol mexicano. El club me presionó, no me dejó entrenar, tuve que hacerlo en clubes privados, y llegó la llamada del rector de la Universidad de Guadalajara (Rafael García de Quevedo).”

Así pasaría a la U de G, con una cantidad con la que en aquel entonces se podría haber adquirido una franquicia y media de algún equipo de futbol profesional.

“Duré ahí cinco años con los Leones y el Atlas, que siempre se estaba yendo a la segunda división, preguntó por mí y me llevó. En ese tiempo se podían contratar jugadores aún sin terminar la temporada, no había tantos límites como ahora. Mi carrera terminó en un partido contra el Atlante,

que quedó 2-2. Luego puse un negocio y decidí dejar el futbol.”

Cosa curiosa, cada vez que Nacho obsequia alguna tarjeta de su trabajo (Industria Textil Calderón), la gente no le cree que sea quien es. “Mucha gente dice ‘¡ah!, Ignacio Calderón, como el portero de las Chivas”.