Jéssica, Amélie, yo (y millones)
Mis apellidos con Sierra Solorio, los mismos que los de mi maravillosa madre. Ella como millones de valientes mexicanas y mujeres en todo el mundo me crió como mamá soltera y de entre las tantísimas cosas hermosas y valiosísimas que me hereda, están mis apellidos. No ...
Mis apellidos con Sierra Solorio, los mismos que los de mi maravillosa madre. Ella (como millones de valientes mexicanas y mujeres en todo el mundo) me crió como mamá soltera y de entre las tantísimas cosas hermosas y valiosísimas que me hereda, están mis apellidos. No tenía por qué ser distinto. En nuestro país son millones de mujeres las que se hacen cargo de sus familias, las que trabajan, educan, protegen y mantienen a sus hijos. Pero, sobre todo, las que están ahí, junto o detrás de uno para formarnos, para ser quienes debemos ser, para enseñarnos a valorar nuestro propio potencial, las que nos llenan con su amor incondicional. ¿Por qué entonces la ley no se ha asegurado de que, en cualequiesquiera cirucunstancias, con o sin padre presente, los mexicanos tengamos la opción de portar en primer lugar (como sí ocurre en otros países) el apellido materno, si así lo consensuaran las parejas, o, llegado el caso, si así lo decidiera el hijo o hija en su edad adulta? A últimas fechas se han agudizado (incompresible e irracionalmente) los debates sobre la equidad, el feminismo, el patriarcado. Pero a últimas fechas, también, se han logrado, afortunadamente, avances históricos que representan un antes y un después en la manera en que vamos entendiendo estos temas. Pero, sobre todo, en cómo la ley está haciendo de estos asuntos algo elemental para tomar en cuenta y corregir su ejecución. Ejemplo de ello es lo que logró Jéssica Reinah Serrano, mamá de una pequeña, de nombre Amélie, que hoy es la primera menor registrada en nuestro país con el apellido materno en primer lugar. Jessica es también madre soltera y hace un tiempo, el padre de su hija decidió aparecerse (al menos por escrito), y sin consultarle nada a la mamá, él volvió a registrar a la niña —quien ya contaba con un acta de nacimiento como la mía, o sea, con los apellidos de su mamá, además de todos sus documentos de identidad— por lo que Amélie, al menos legalmente, de pronto tuvo papá y mamá. Pero ya no era Amélie Reinah. Y ya no tenía un pasaporte. Ni un seguro médico. Ni los tantos etcéteras que a usted se le ocurran. Esto provocó que Jéssica se amparara para invalidar esta nueva identidad de una hija a la que durante dos años y medio ella crío, educó, mantuvo y cuidó completamente sola. Y fue ahí en donde comenzó, más que un debate, una batalla legal que hoy podemos decir que tuvo un final feliz para Jéssica y Amelie, quien ya tiene de nuevo su identidad. Y tal vez también para el padre, que decidió reaparecer para serlo. Y aunque su apellido vaya en segundo lugar, tal vez tenga una oportunidad de oro para comenzar a trabar la relación más importante de su vida: con su hijita. Una de las excusas que dieron a Jéssica en los juzgados, es que por usos y costumbres del país, primero va siempre el apellido paterno. Y es que las leyes y el cotidiano nacional se rigen erróneamente por una cultura en donde el padre se entiende como la única cabeza de familia. No siempre es así, las familias son diversas y la ley debe obligar a reconocerlas.
Jéssica y Amélie son una de la misma manera en que la suya, querido lector, lo es. Por eso es importantísimo, y creo que también histórico, la victoria de Jéssica, porque son este tipo de entendimientos lo que nutre la manera en cómo se interpretan las leyes y ni qué decir el impacto social (y eventualmente de transformación cultural) que traen consigo. Desde ahora cualquier mujer madre en nuestro país tiene la oportunidad de hacer lo que Jéssica, darle a sus hijos su apellido en primer lugar. Ya hay un precedente, ya es posible. Es una batalla ganada que abona muchísimo, tal como ocurrió hace unos años con el caso del pequeño Max, un menor que tiene dos mamás (a quienes entrevisté entonces), quienes tuvieron que enfrentar una batalla legal para que, de la misma forma, pudiera ser registrado con el apellido materno. El de la mamá biológica y no el de su esposa. Porque hasta cuando la mente logró abrirse para registrar a un bebé con dos mamás, al registro civil no le cabía en la cabeza que la criatura tuviera como primer apellido el de la mujer que lo cargó nueve meses en su panza.
Todos los cambios culturales se dan gracias a la normalización de lo que antes era temido o rechazado. Las leyes son la plataforma perfecta para hacernos entender que la sociedad es diversa. Y casos como el de Jéssica y Amélie, el de mi mamá y el mío, o el de millones de personas en este país así como en el mundo, ayudan a cerrar la brecha que hay entre la realidad y la destructiva doble moral que lamentable e irracionalmente, subsiste entre muchos sectores de la población.
