El vuelo de Madero, sobrevendido

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Pascal Beltrán del Río 03/06/2014 02:05
El vuelo de Madero, sobrevendido

El miércoles 21 de mayo, tres días después de la elección interna del Partido Acción Nacional para renovar su dirigencia, comenté en este espacio lo que me había relatado un colaborador cercano del jefe nacional reelecto, Gustavo Madero, cuando le pregunté por la intención del candidato derrotado, Ernesto Cordero, de levantar públicamente el brazo de su contrincante si y sólo si el bando triunfador accedía a otorgar a simpatizantes suyos un número de posiciones en la Comisión Permanente del PAN equivalente al porcentaje de votos que Cordero había obtenido.

La fuente, que llamó “absurda” la exigencia de los corderistas, me dijo: “El nuestro no es un sistema parlamentario. Aquí el ganador se lleva todo; el perdedor, nada”.

Fieles a esa visión, los maderistas avasallaron a los perdedores en la integración de la Comisión Permanente, el órgano partidista que sustituirá muchas de las funciones que anteriormente hacía el Comité Ejecutivo Nacional.

Como le informó Excélsior el domingo pasado, 38 de las 40 posiciones en la Comisión Permanente fueron para partidarios de Madero: las 27 que por estatutos le tocaba designar al jefe nacional y 11 de las 13 que salieron por votación de entre los 300 miembros del Consejo Nacional.

Las senadoras Adriana Dávila Fernández y Rosa Adriana Díaz Lizama fueron las únicas simpatizantes de Cordero que alcanzaron lugar.

Hay quienes han interpretado que la súper mayoría maderista tuvo que ver con un abuso de fuerza por parte del grupo triunfador o con una venganza por la pretensión de los derrotados de imponer condiciones para reconocer el resultado.

Sin embargo, la razón real parece ser otra: Gustavo Madero llegó con tal nivel de compromisos a la elección del 18 de mayo que ahora está teniendo dificultades enormes para pagar los favores recibidos durante la campaña.

Lo escribí aquí antes de que comenzara la contienda: Madero no sólo deseaba derrotar a Cordero, quería noquearlo.

Para cumplir su propósito, el chihuahuense se hizo de los servicios de cuanto operador pudo conseguir. Por ejemplo, no quiso limitarse a escoger entre los conocidos acarreadores panistas Jorge Manzanera y Ulises Ramírez. Se hizo de ambos.

Para armar su equipo de campaña en Nuevo León, no tuvo que optar entre la alcaldesa regiomontana Margarita Arellanes y el senador Raúl Gracia. Los jaló a los dos. 

En el Estado de México, pactó mismo con los Bravo Boys, el grupo de jóvenes panistas que se formó en torno de Luis Felipe Bravo, que con las facciones de los exalcaldes José Luis Durán, de Naucalpan, y Ulises Ramírez, de Tlalnepantla.

Todos podían darle votos. Unos más, unos menos, pero se los dieron.

Al final, Madero ganó de una manera aplastante los comicios internos —los primeros en que la militancia elige por voto directo a la dirigencia—, pero ahora se encuentra en la difícil situación de tener que cubrir los servicios que contrató.

Como quien se paga a crédito una gran vacación, al jefe nacional panista ya le llegó el estado de cuenta de la tarjeta.

Y al igual que una aerolínea que sobrevende un vuelo para asegurar que no despegará con asientos vacíos, Madero ya está enfrentando a un grupo de pasajeros con boleto que no logró subir al avión.

“El reto de Madero no es unir al partido; es más, no está pensando en eso”, me dijo ayer por la tarde una fuente del PAN. “Su reto es cumplir con todos los compromisos que estableció”.

Entonces, lo del sábado pasado no fue tanto un agandalle con las posiciones en la Comisión Permanente. Fue, más bien, un primer intento de dejar satisfechos a los grupos y actores del panismo con los que Madero quedó endeudado, algunos de los cuales no alcanzaron pago en esta repartición.

Habrá que esperar el momento de renovar las coordinaciones de las bancadas en el Congreso —un asunto que no ha quedado saldado y que podría beneficiar al senador Salvador Vega Casillas, una vez que pasen los próximos periodos legislativos extraordinarios— y de nombrar a los candidatos para las elecciones federales y locales de 2015.

Apuntes al margen

Acabó una era para España y para la monarquía. La abdicación del rey Juan Carlos a favor de su hijo Felipe se ha leído como el reconocimiento de la mala salud del monarca y un intento de salvar a la corona del desprestigio que ha acumulado.

Para bien y para mal, el rey Juan Carlos es un personaje que ha hecho historia. Tuvo su momento de gloria, hace 33 años, cuando se opuso a la intentona de golpe de Estado que encabezaba el teniente coronel Antonio Tejero.

Hasta abril de 2012, Juan Carlos era un símbolo de estabilidad y contaba con el apoyo de tres de cada cuatro compatriotas. Pero luego vino Botswana, el episodio en que el rey fue fotografiado cazando elefantes mientras el país se hundía.

De ahí, la monarquía española sólo ha visto para abajo. Las operaciones y las muletas del rey, el ojo morado producto de “un portazo”, y, sobre todo, el escándalo financiero protagonizado por su yerno e hija, han dado al traste con la imagen de la corona.

Muchos serán los retos para el nuevo monarca Felipe VI. Por si no tuviera suficiente con las consecuencias del caso Urdangarín y el espinoso tema de las autonomías, ayer muchos españoles salieron a la calle a exigir el fin de la monarquía. Tiempos veredes, don Juan Carlos.

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