La cobertura

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Marcelino Perello 29/04/2014 03:24
La cobertura

El delirio de legiferar es tan antiguo como extendido. Tanto entre los científicos como entre los legisladores, que por eso se llaman así. El vértigo según el cual la naturaleza y la sociedad humana deben someterse a los caprichos y dictados de leyes estrictas, por muy doctas y justas que se pretendan, se topa siempre con la realidad desobediente. Parecería inútil decirlo y sin embargo no sólo no lo es, sino que resulta imprescindible. Son las leyes, naturales y sociales, las que deben adaptarse, reflejar y obedecer al mundo, y no al revés.

Todo ello viene a cuento porque, a pesar de que la grilla y la confusión obligaron a nuestros insignes parlamentarios a posponerlo, se inició el debate de las leyes secundarias a la reforma en materia de telecomunicaciones que ya fue aprobada. Leyes secundarias que a todas luces son las principales. Como siempre y en todos los dominios, lo que realmente cuenta es aquello que se añade, aquello que explica y regula.

En este caso, la áspera confrontación se produce esencialmente en dos dominios bien diferenciados. El primero, el de establecer las reglas de juego entre los consorcios que se disputan los espacios y las concesiones de transmisión televisiva.

En este rubro, y en medio del diabólico merequetengue de los must carry y el must offer, toda la cuestión se reduce a establecer los derechos y obligaciones de las compañías implicadas. A pesar de los discursos hipócritas, zalameros y sibilinos acerca de la libertad y el bienestar de los ciudadanos televidentes. Aquí entre nos, y dicho sea de paso, tal expresión, “ciudadano-televidente”, como que suena a oxímoron, pues el televidente se embota y apoltrona, y renuncia cada vez más a su condición de ciudadano en sentido pleno.

En otras palabras, al margen y por encima de la bella y edulcorada grandilocuencia, se trata de un mero asunto de morlacos, un mundano regateo mercantil y empresarial entre los dueños de la palabra y la imagen electrónica. Y poca cosa más. Tal como postuló el buen James Carville, en aquel lapidario apotegma, dirigido a todos los que parecían ignorarlo y hacerse bolas, y que tanta fortuna conoció: “It’s the economy, stupid”.

El segundo dominio es menos pecuniario y bastante más peliagudo. Y se refiere a las normas que intentan regular las relaciones electrónicas entre particulares, tanto en el rango de la mera telefonía y mensajería celular como en el de ese auténtico Cafarnaúm en el que se ha convertido internet.

La problemática aquí es, más que interesante, definitivamente apasionante. Por intrincada e incontrolable. Su repentina, reciente y arrolladora embestida se produjo hace apenas 25 años. Para los jóvenes ello les parecerá, y con justa razón, toda una vida. Pero para los que tenemos ya más horas de vuelo que un piloto de Caeleeme, tan violenta irrupción tuvo lugar apenas esta mañana.

En este terreno estricto nos enfrentamos a dos ingenuidades que se contraponen y que se solapan recíprocamente. Una, la de los gobernantes y congresistas que pretenden regular un fenómeno inabordable, no sólo por su complejidad y novedad, sino además, y sobre todo, por su incierta e inminente, sin duda espectacular y asombrosa, evolución.

Quién sabe con qué nuevos logros nos sorprenderá y enfrentará la tecnología en los próximos años. En los próximos meses. Y quién sabe cuál será la respuesta social a tales avances y posibilidades. ¿Cómo normar tan enigmático y enloquecido maremágnum? Cualquier ley que se apruebe ahora habrá envejecido y se habrá vuelto obsoleta antes de poder ponerla en práctica. ¿Cómo pretender ordenar ese fenómeno, cuando la banda ya está tres pasos adelante? Son de una candidez enternecedora.

Más allá, déjeme decirle, escéptico lector, que ni siquiera ayudaría a los ínclitos hacedores de normas una perspicacia de la que carecen y que les permitiera vislumbrar un desenlace que no existe. Tal astucia, en el mejor de los casos, sólo les serviría para envaselinar un poco la embestida y hacerla menos afrentosa.

Prever el resultado final únicamente modelará determinadas expresiones retóricas ocultando sus elementos significativos, limará las invectivas beligerantes retocando el sentido inquisitorial al manejar otros registros. Modificaciones impredecibles vuelven inútil intentar juicios objetivos.

La otra credulidad a la que me refiero dos párrafos atrás, que es simétrica y hace juego con la de las instituciones, es la de la llamada sociedad civil y de los defensores de esas libertades, que algo tienen de espejismo, y que se acurrucan en el enramaje de las redes sociales y el universo de los blogs.

No son pocos los que ven una amenaza letal en las normas que se están incubando, y que temen ver estrechados y confinados sus maravillosos y flamantes espacios, tan recientemente conquistados. De ella, de esa otra ingenuidad, hablaremos, usted y yo, la semana que viene. Y constataremos que tal vez los inflamados adalides de las nuevas tribunas olvidan que para el Poder las leyes no son ni han sido más que una cobertura. Y que nunca, nunca, en lugar alguno, las ha necesitado para imponer sus pautas y fueros.

        *Matemático

            bruixa@prodigy.net.mx

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