Una señal en la tormenta
Ya he comentado en este espacio que siendo el público entre los 16 y los 35 años el mayor comprador de boletos de cine en el país, una buena parte de las producciones que nos llegan de nuestros vecinos están dirigidas a ese sector. Privan las historias comerciales, de ...
Ya he comentado en este espacio que siendo el público entre los 16 y los 35 años el mayor comprador de boletos de cine en el país, una buena parte de las producciones que nos llegan de nuestros vecinos están dirigidas a ese sector. Privan las historias comerciales, de humor escatológico y hormonal, en las que los adolescentes son representados como estúpidos. Entiendo que a veces estas cintas pueden resultar atractivas para sus espectadores, pero cuando llegan historias con más profundidad, que atienden con detalle la problemática de la dolorosa transición del mundo adolescente, de manera reflexiva y sensible, hay que ponerles particular atención.
Recientemente ese fue el caso de Me and Earl and the Dying Girl (Yo, él y Raquel), que cuenta la transformación de un joven inseguro y solitario a través de la enfermedad de su amiga Raquel. Muy recomendable.
El viernes pasado se estrenó Una señal en la tormenta (White Bird in a Blizzard, Estados Unidos, 2014). Es una película muy recomendable basada en la novela homónima de Laura Kasischke y la adaptación cinematográfica es de su director Gregg Araki. Está narrada en primera persona por su protagonista Kat, Shailene Woodley, una actriz de escasos 25 años con unos expresivos ojos rasgados que le dan profundidad y dulzura a su mirada. Woodley tiene un gran potencial, como lo ha mostrado en películas anteriores a ésta, como Los descendientes, o posteriores, como el éxito de taquilla Bajo la misma estrella y Divergente.
Kat inicia contándonos que tenía 17 años cuando su madre se fue de la casa, dejándola con su padre desolado que estaba profundamente enamorado de ella, muy convincente Christopher Meloni. A partir de ahí, a través de su relato, la película se convierte en una inteligente exploración de la compleja personalidad de la mamá, muy bien Eva Green, quien es una presencia que viene y va a lo largo de la historia de acuerdo con los flashbacks en la memoria de Kat.
Araki hace que los sueños de Kat transcurran en medio de la desolación de una tormenta de nieve y todo entra en un sentido muy especial en el desenlace.
Kat hace un ejercicio de introspección y desglosa cómo era la relación con su mamá desde que era una niña pequeña. Sus cambiantes estados de ánimo, la obsesión por ser un ama de casa perfecta, por embellecer a la niña, su tránsito a la aburrición y la monotonía de la vida junto a un hombre al que veía muy poca cosa, sin respetarlo ni amarlo. Eva Green recrea muy bien a esa mujer bellísima y feliz en su juventud, que poco a poco se hunde en la frustración y la tristeza que la deterioran emocional y físicamente, casi envidiando la juventud y belleza de su propia hija.
Pero lo más interesante es el análisis que Kat hace de sí misma, de su evolución sexual y de la responsabilidad de sus decisiones en este aspecto. Por sí sola entra en un proceso de aprendizaje, y en su frialdad aparente busca a la madre desaparecida tratando de comprender por qué se fue. Kat parece convertirse en una mujer madura prematuramente, pero por dentro tiene todavía una niña atrapada en las inconsistencias de su disfuncional familia.
