Club Sándwich
Después de un largo recorrido por diferentes festivales en el mundo, en los que entre otros reconocimientos ha sido ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la Mejor Película y Mejor Actriz en el ...
Después de un largo recorrido por diferentes festivales en el mundo, en los que entre otros reconocimientos ha sido ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la Mejor Película y Mejor Actriz en el Festival de Cine de Turín, en el de La Habana, Mar del Plata, etcétera, la película mexicana Club Sándwich (México, 2013), tercer largometraje de Fernando Eimbcke, se estrena mañana en un reducido circuito comercial.
Con numerosos cortos en su filmografía, en 2004 Eimbcke causó sensación en el cine nacional con una película íntima y “pequeña” —en el mejor sentido de la palabra—, en la que deambula en la cotidianidad de sus pocos personajes en unas cuantas horas de un domingo aburrido. Con un guión escrito entre el propio Fernando Eimbcke y Paula Marcovitch, Temporada de patos se convirtió en un gran éxito en el que Fernando conquistó la difícil sencillez de lo complejo.
Filmada en blanco y negro en las cuatro paredes de un departamento de Tlatelolco, sigue a tres adolescentes aburridos y ociosos que con un repartidor de pizzas arman un coctel bien contado.
En 2008 el segundo largometraje de Fernando fue Lake Tahoe, colaborando de nuevo en el guión con Marcovitch. Filmando ahora en color, la problemática adolescente vuelve a ser el eje del relato repitiendo el actor Diego Cataño, que interpreta a un joven cuyo padre acaba de morir y trata de salir adelante en medio de la depresión de la madre, la descompostura de su coche y el vacío de su mundo.
Club Sándwich es el tercer largometraje en el que persiste el estilo de Eimbcke, con largas tomas, poca acción, prolongados silencios incómodos, y en un guión escrito por él mismo que tarda en tomar vuelo, pero una vez que lo hace se conecta con el espectador hasta el final. También se ocupa de un adolescente pero ahora acompañado de su madre, una mujer sola de poco más de 35 años, espléndida María Renee Prudencio, y su hijo Héctor de 15 años, a quien interpreta Lucio Giménez Cacho. Ambos están en plena efervescencia hormonal en sus respectivas edades y viven una relación intensa, muy singular. Juntos viajan a Puerto Escondido a un hotel modesto, en una experiencia de unos cuantos días que los cambiará para siempre. Aunque sin visos incestuosos, ella es sobreprotectora y al ser una mamá sin pareja su eje de rotación es Héctor que está por despegar en el vuelo de la vida, en pleno descubrimiento del sexo y nuevas sensaciones. Ambos actores logran una complicidad encantadora en la pantalla y en verdad los vemos como madre e hijo.
Una virtud del cine de Fernando Eimbcke es su talento para dirigir a los actores. Es un cineasta plenamente consciente de que lo más importante es contar una historia y para ello hay que construir buenos personajes y darles a los actores todos los recursos para adueñarse de ellos. En Club Sándwich ya se presenta como un realizador más maduro, y lo que se ha interpretado como “minimalismo” no es más que un largo proceso para hacer que cada secuencia de la película parezca un cuadro arrancado a la vida real, sin rebuscamientos, y en ese sentido es un trabajo muy logrado.
Con otros jóvenes realizadores como Carlos Reygadas, Michel Franco, Amat Escalante, comparte el gusto por mantener la cámara prácticamente estática y que los actores entren y salgan del cuadro, o se sugiera la acción fuera de éste. Eimbcke aprovecha bien las bondades de esta técnica, y convierte la cámara en el ojo indiscreto asomado por la ventana que nos lleva a la intimidad y los secretos de un grupo familiar.
Los primeros minutos de Club Sándwich se ven afectados por esa falta de desplazamientos que hace que como espectadores tardemos en conectarnos con la trama, pero el guión tiene un giro muy atractivo en el que Fernando se apoya en la madre, y la convierte en la protagonista de la historia con gran sensibilidad y con el notable trabajo de María Renee Prudencio, que contagia un sentimiento de empatía y ternura en su recreación de una madre viviendo el doloroso y natural proceso de ver crecer a su hijo.
Muy recomendable.
