Los sabores del palacio

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Lucero Solórzano 30/04/2014 00:00
Los sabores del palacio

Este viernes se estrena una cinta francesa que pudo ser una gran película, pero que quedó en una deliciosa exposición, eso sí, de recetas y platillos franceses con los que se halagó el paladar de un famoso inquilino del Palacio del Elíseo: François Mitterrand.

Tomando como inspiración la autobiografía de Daniele Mazet-Delpeuch, Etienne Comar, cuya película más lograda como guionista y productor es De dioses y hombres, y el director Christian Vincent con una filmografía prácticamente desconocida en México, producen Los sabores del palacio (Les saveurs du Palais, Francia 2013) que formó parte del más reciente Tour de Cine Francés.

Daniele Mazet-Delpeuch fue la cocinera particular del Presidente Mitterrand entre 1988 y 1990. Se cuenta que el estadista, en su segundo mandato, ya cansado y enfermo, lo que buscaba era alguien que le cocinara los platillos de su infancia y juventud. Quería rememorar la sazón de su madre y abuela, con platillos de la cocina tradicional francesa, sin fusiones ni extravagancias. Mazet-Delpeuch era una experta cocinera, mujer del campo con debilidad por el mismo manjar que gustaba al Presidente: las trufas, que además cultivaba en su granja en Périgord, y cuyo cultivo está tratando de llevar actualmente a Nueva Zelanda.

Para contar la historia Vincent y Comar optan por el género de la comedia, cambiando nombres y situaciones y ubicándola atemporalmente. La protagonista en Los sabores del palacio se llama Hortense y está interpretada por Catherine Frot, actriz muy popular en Francia y de la que le recomiendo en particular La cambiadora de páginas. La experiencia de Frot permite sostener el ritmo de la película cuyo guión peca de falta de conflicto, y que profundiza poco en la singular relación entre la cocinera y el Presidente que en la cinta es sólo eso: “el Presidente”, sin identificarlo con nadie en particular.

Está contada en dos tiempos. Por un lado el presente, en el que Hortense se está despidiendo de una base en la Antártida neozelandesa en la que ha cocinado un año para los trabajadores que la habitan. Hortense es un personaje del cuyo pasado y entorno sabemos muy poco, y eso genera distancia entre ella y el espectador. Tiene una recia personalidad y es voluntariosa.

Mediante flashbacks intercalados en la narración, viajamos a la etapa en que trabajó en el Palacio del Elíseo, de la que parece guardar un recuerdo más bien amargo, a excepción de la relación amable que logra con el Presidente. Se encontró con un ambiente misógino, dominado primordialmente por hombres que la recibieron en forma hostil y eran poco cooperativos con ella. Las envidias no se hicieron esperar, y las continuas entradas y salidas de la cocinera a las oficinas del Presidente eran vistas con suspicacia.

Como le comento la exploración de esos dos años se hace de manera muy superficial, pero la cinta se deja ver gracias a la interpretación de Catherine Frot que le da una personalidad singular a Hortense, presentándola como una mujer fuerte, decidida, hecha a sí misma. Los encuentros con el Presidente pudieron aprovecharse mejor, como la secuencia en que el mandatario baja a la cocina una noche y se encuentra todavía trabajando a Hortense, que le enseña las trufas —cultivadas en su granja de Périgord— que guarda celosamente. Todo es tomar una tostada, untarle un poco de mantequilla y cubrirla de finas rebanadas de los deliciosos hongos. Acompañadas de un buen vino, el Presidente disfruta en la cocina del Elíseo de su platillo favorito; gran momento, muy cinematográfico, que pudo explotarse mejor.

Le reconozco a Vincent y Comar que el cuidado en los detalles de la recreación de la preparación de los alimentos, y su elegante presentación en platos y platones le dan a la cinta un atractivo adicional, pero no al punto de evitar que Los sabores del palacio, aunque siendo una película que se deja ver y permite un buen rato, pueda resultar olvidable.

Buscaré, eso sí, la receta de la tarta Saint Honoré que en la película se ve deliciosa.

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