El dramático cambio climático
La semana pasada, la Organización MeteorológicaMundial (OMM) dio a conocer una muy mala noticia parael bienestar del planeta y de la humanidad: las de por sínocivas emisiones de gases de efecto invernadero (GEI)en la atmósfera aumentaron tanto, que rompieron récorden 2015. Lo cual nos ha puesto en una nueva y dramáticaera de cambio climático.
Irónico, porque a finales de ese año, los líderes mundiales consensuaron el Acuerdo de París, concebido como un poderoso y ambicioso instrumento para reducir las emisiones de GEI, ralentizar los fenómenos del clima, mitigar sus efectos devastadores, así como construir sociedades resilientes, entre otros objetivos.
Sí, un documento histórico, tanto por el corto tiempo que llevó su construcción, su ratificación, su rápida entrada en vigor —la cual será en esta semana, el 4 de noviembre— y lo más importante, se trata de un protocolo jurídicamente vinculante.
Pero los resultados arrojados por el informe de la agencia de Naciones Unidas también resaltaron una máxima concentración de CO2 —uno de los principales contaminantes atmosféricos— en este 2016 como consecuencia del fenómeno de El Niño, pues las sequías que desencadenó “limitaron la capacidad de absorción de CO2 en la tierra y la única forma de reducir la concentración de ese gas en la atmósfera es reforestando y disminuyendo las emisiones”.
Nada halagüeño lo señalado por el secretario general de la OMM, Petteri Taalas, pues el CO2 tiene una vida muy larga y podría tomar miles de años para volver a los niveles preindustriales de su presencia en la atmósfera.
Este informe evidencia un mayor desastre, o mejor dicho, un enorme fracaso, porque en 2016 los niveles de las emisiones podrían ser aún mayores, lo cual llevaría a la fragilidad el optimismo internacional de reivindicarnos con el planeta.
Hecho que nos confronta con una “verdad incómoda” e inconveniente: serán mucho más difíciles de alcanzar las metas trazadas por el Acuerdo de París, entre las que destacan no rebasar el umbral de los 2ºC, así como las de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Aunque muchos estén en contra, una manera urgente para tratar de limitar el cambio climático es no postergar más la implementación del impuesto a emisiones de CO2 (comercio de los derechos de emisión o mercado de carbono) en aquellos países en donde no existe o es muy poco utilizado este mecanismo.
Y la verdad es que el mejor momento es éste, por la caída de los precios del petróleo, pues quemar combustibles fósiles es barato.
Tampoco, debemos seguir tapando el veneno emanado por la quema de hidrocarburos y que respiramos, lo cual se traduce en muerte y en altos costos por enfermedades respiratorias —ahí está el reciente informe de la OMS que señala que 92% de la población mundial vive en lugares donde la calidad del aire excede los límites fijados—.
Con este instrumento verde de fiscalización, los gobiernos se ayudarían a alcanzar las metas registradas en el Acuerdo de París. Por ello, el diálogo constante con las empresas es vital para la compra de bonos de carbono y, lo más importante, si contaminan, que paguen, además las orillaría a instrumentar mejores prácticas en sus procesos de producción, como la adopción de energías limpias.
Esto reduciría las emisiones de GEI y podríamos alcanzar economías descarbonizadas, además de fortalecer el desarrollo sustentable y fomentar la innovación y transferencia tecnológica para usar cada vez más las energías renovables.
Sí, el desafío es mayúsculo para aquellos gobiernos e intereses corporativos renuentes a entrarle al mercado de carbono, pero hay experiencias exitosas a replicar o adaptar, como los mecanismos instrumentados por Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega.
Entrar en acción para limitar los gases de efecto invernadero no es una buena intención, es una obligación imperante por el presente y futuro de la humanidad.
Y en medio de tan malas noticias, bienaventurado un logro anhelado por años. Representantes de 24 países y la Unión Europea llegaron al acuerdo histórico para que el mar de Ross, en la Antártida, por fin sea la mayor área marina protegida del mundo, libre de pesca por los próximos 35 años.
Se trata de uno de los últimos ecosistemas intactos del planeta, donde viven pingüinos Adélie y emperador, petreles antárticos, focas Wedell, merluzas negras y una especie única de orca, entre otros animales marinos. Y es un invaluable éxito para comprender, justo en estos momentos, la nueva era del cambio climático y su impacto en los océanos.
Ahora sólo falta que pronto el Ártico logre la protección internacional y sea declarado santuario, donde intereses petroleros y de otro tipo no lo destruyan más. Ya mucho sufre por el calentamiento global.
Twitter: @lorerivera
