Un México de clase mundial

No va a faltar quien me reclame que este tipo de eventos sólo beneficia a la “burguesía” nacional que es la que tiene los recursos para asistir a conciertos como el de McCartney o la carrera de la Fórmula Uno. Y tienen razón. Los pobres del país, que son más de cincuenta millones ni en sus sueños más guajiros podrían comprar boletos de eventos que se cotizan en dólares. Sin duda, es un tema que beneficia a las clases media y alta.

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Hay mal humor en México. Eso es indudable. Una y otra vez, las encuestas lo demuestran. Los que trabajamos en los medios lo sabemos. Cada vez que hablamos de alguna cosa buena, la gente deja de escucharnos, en el mejor de los casos, o de plano nos tilda de “vendidos”. El gobierno de Peña tiene, en parte, la culpa por azotarnos todos los días con miles de spots de radio y televisión para presumir un país donde “las buenas noticias no se cuentan, pero cuentan mucho”. Ya chale con la frasecita.

Pues bien, a riesgo de que me abandonen en este momento los lectores, hoy voy a hablar de una buena noticia. Lo hago con la convicción de que el trabajo de un columnista es registrar, analizar y debatir las cosas malas del país, pero también las buenas. No todo está podrido en México. De hecho, hay situaciones en las que nuestro país se puede jactar de ser de clase mundial.

Este fin de semana atestigüé, por ejemplo, cómo la Ciudad de México es una de las metrópolis del mundo donde se organizan espectáculos que no le piden nada a nadie. El sábado fui a ver el concierto de Paul McCartney en el Estadio Azteca. Es la tercera vez que lo veo (ni modo, soy beatlemaniaco de toda la vida). Qué cosa más maravillosa. No cabía un alfiler en el coloso de Santa Úrsula que vibró en todo momento con las canciones de Sir Paul. Todo esto en un gran orden y con una organización ejemplar.

Al día siguiente, el domingo, me fui a ver el Gran Premio de México en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez. No soy particularmente fanático a las carreras de coches. Esta carrera de la Fórmula Uno, en la que Lewis Hamilton se coronó como campeón del año viniendo, literalmente, del último lugar, fue muy emocionante. En lo personal, lo que me pareció más asombroso fue la organización impecable del evento. Todo funciona a la perfección en este país donde esa palabra hay que usarla con mucho cuidado. Además, se trata de un ejemplo fantástico de cómo pueden trabajar bien y coordinados el sector privado con los gobiernos federal y capitalino.

En suma, un fin de semana en que la Ciudad de México enseñó su mejor cara. Una faceta que la pone a la altura de ciudades como Barcelona, Londres, Singapur o Tokio. No cualquier metrópolis tiene el privilegio de tener, por un lado, conciertos de los principales artistas mundiales y, por el otro, eventos deportivos como la Fórmula Uno en el mismo fin de semana. De hecho, en el continente americano, sólo cuatro ciudades tienen circuitos donde se corre la “categoría reina del automovilismo”: Montreal, Austin, Sao Paulo y nuestra capital. Y, desde que regresó la Fórmula Uno a México en 2015, los dueños le han dado el premio como el mejor premio de todos por la estupenda preparación y la entrega inigualable de los espectadores. Vaya manera de trasmitir al mundo entero una imagen muy positiva de México, tan diferente a la que cotidianamente aparece en los noticieros producto de la maldita violencia y vergonzosa corrupción.

No va a faltar quien me reclame que este tipo de eventos sólo beneficia a la “burguesía” nacional que es la que tiene los recursos para asistir a conciertos como el de McCartney o la carrera de la Fórmula Uno. Y tienen razón. Los pobres del país, que son más de cincuenta millones ni en sus sueños más guajiros podrían comprar boletos de eventos que se cotizan en dólares. Sin duda, es un tema que beneficia a las clases media y alta. Pero algo nos dice que se lleven a cabo este tipo de espectáculos en nuestro país: que también hay gente pudiente dispuesta a pagar boletos caros para entretenerse y empresarios visionarios y exitosos que se atreven a organizar en México eventos de clase mundial.

¿Acaso no es mejor tenerlos que no tenerlos? Yo creo que sí. México debe resolver el problemón de la pobreza. Pero no por eso debemos cegarnos a ver las cosas positivas de este país. Ya quisieran muchas otras ciudades del mundo tener la oferta de entretenimiento que hay en nuestra capital: de clase mundial. Yo, como burgués y capitalino, lo celebro.

                                Twitter: @leozuckermann

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