Una mala jugada de póquer
Cataluña venía pidiendo que España reconociera su calidad de nación y más facultades para su gobierno

Leo Zuckermann
Juegos de poder
Me gusta el póquer. Es un juego donde puede ganar el jugador con las peores barajas faroleando a los demás. Hay que tener suerte y saber calcular probabilidades. Pero también hay mucha sicología involucrada. En las mesas de juego he visto partidas increíblemente irracionales. A pesar de que en la universidad nos enseñan que el hombre es racional, que minimiza costos y maximiza beneficios, el póquer me ha demostrado, una y otra vez, que tenemos fuertes impulsos irracionales. He observado partidas donde dos jugadores tienen pésimas barajas y, sin embargo, vuelta tras vuelta, van doblando las apuestas jugándose verdaderas fortunas. Enloquecidos, sin medir las consecuencias, acaban perdiendo todo su dinero. Lo que está pasando entre España y Cataluña me recuerda este tipo de partidas.
Los catalanes tienen todo el derecho a pedir una mayor autonomía en su gobernanza. En el fondo, nada ni nadie, puede detener la voluntad de un pueblo a autogobernarse. Bueno, sí lo puede parar alguien: los que no quieren dar esa independencia. Pero el costo es muy alto: represión policiaca y/o militar.
Desde hace años, Cataluña venía pidiendo que España reconociera su calidad de nación y más facultades para su gobierno autonómico. Después de negociaciones con el gobierno central de Madrid, se logró sacar un nuevo estatuto que resolvía, por lo pronto, el tema. Dicho instrumento fue votado mayoritariamente por todos los españoles en un referéndum y ratificado por el parlamento. Hasta aquí las cosas iban relativamente bien.
Sin embargo, el Partido Popular (PP), que tiene raíces en el franquismo con una fuerte dosis de nacionalismo español, presentó una demanda en contra del estatuto al considerarlo inconstitucional en muchos de sus puntos. Comenzó, así, el juego de doblar las apuestas. El Tribunal Constitucional les dio la razón y echó para atrás el estatuto.
Ante esto, todas las organizaciones nacionalistas catalanas, que quieren la independencia de España, se unieron y ganaron, en 2015, las elecciones de Cataluña. Tienen mayoría en el parlamento local y controlan el gobierno autonómico. Ante la decisión del Tribunal Constitucional, los nacionalistas catalanes doblaron la apuesta llamando a un referéndum el primero de octubre para consultarle a la población si querían o no la independencia de España.
El problema es que la Constitución española no permite este tipo de ejercicios de democracia directa. El gobierno central, controlado por
Mariano Rajoy del Partido Popular, subió de nuevo las apuestas declarando ilegal el referéndum lo cual fue, de nuevo, avalado por el Tribunal Constitucional.
Los nacionalistas catalanes, entonces, las doblaron de nuevo: harían el referéndum fuera como fuera. Resultó, a todas luces, una farsa. Sólo hubo campaña a favor de la independencia. Los que estaban en contra no pudieron expresarse. No se respetó el padrón ni hubo autoridad neutral que contara los votos. En suma, sólo votaron los que estaban por el “sí” demostrando su músculo. En realidad no sabemos cuántos catalanes verdaderamente quieren la independencia (hay encuestas pero los resultados no son confiables porque existe mucha presión social a responderlas con la verdad).
El hecho es que el referéndum carnavalesco se llevó a cabo. Y el gobierno central del PP dobló estúpidamente de nuevo las apuestas enviando a la guardia civil a reprimir a los votantes. Las escenas, en un país europeo democrático-liberal, fortalecieron el juego de los independentistas catalanes de tal suerte que, su líder, Carles Puigdemont, procedió a subir las apuestas expresando que declararán la independencia de España para establecer un Estado soberano que se constituirá como república. Acto seguido, el rey Felipe VI, que conoce los resortes republicanos que todavía existen en su reino, condenó al gobierno catalán por su “deslealtad inadmisible”. Defendió, como tenía que hacerlo, la Constitución, pero no dijo nada de la represión del domingo.
Ahí están pues los dos jugadores, nacionalistas españoles por un lado, nacionalistas catalanes por el otro, doblando las apuestas uno tras otro. ¿Quién ganará? Ninguno de los dos. Me parece que, después del domingo, será difícil detener las fuerzas independentistas catalanas. Ante esto, España tendrá dos opciones. La primera: invadir la región militarmente, declarar un Estado de excepción y reprimir a la población. Por donde se vea, terrible para españoles y catalanes. La segunda: permitir la independencia de Cataluña y abrir la puerta para que los vascos hagan lo mismo. También, pésimo para los dos. España perdería un territorio importantísimo y los catalanes se quedarían aislados de sus ex- compatriotas, de Europa y del mundo, pero, eso sí, bien independientes.
Twitter: @leozuckermann