Tiempos de odio

El multimillonario Donald Trump ha logrado conjuntar una coalición de miedosos y frustrados que ha resultado ser muy poderosa.

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Está ocurriendo en todas las democracias liberales: partidos o candidatos demagogos con un discurso de odio en contra de las minorías. El resurgimiento del nacionalismo más chabacano que existe: el de una nación “buena” amenazada por “malos” externos que han venido a corromperla. “Son los judíos”, gritaron los nazis en Alemania hace ochenta años. “Son los musulmanes”, advierten los del Frente Nacional en la actualidad en Francia. “Son los mexicanos”, vocifera Donald Trump en Estados Unidos. Es el miedo de enfrentarse a un nuevo mundo que no entienden. Es la frustración de una economía global que los ha perjudicado. Es el atractivo simplista de echarle la culpa de los males a los otros. Es la falta de autocrítica. Es el odio como centro de la acción política.

Terrible que el payasito gritón esté subiendo en las encuestas. Yo era de los que pensaba que más temprano que tarde se desinflaría en una de las cunas de la democracia liberal, como es nuestro vecino del norte. Nos equivocamos. Trump sigue creciendo. Va adelante en las elecciones primarias del Partido Republicano. Ha tocado, al parecer, una poderosa fibra de una buena parte de la sociedad estadunidense. ¿Cómo explicarlo?

Evan Osnos lo resume bien en un reciente artículo en la revista The New Yorker. El multimillonario ha logrado conjuntar una coalición de miedosos y frustrados que ha resultado ser muy poderosa: “Habitar en el paisaje de Trump por un tiempo, perseguir su jet o quedarse atrás con sus fans en una media docena de estados es encontrarse con una confederación de frustrados —no tanto un electorado compacto como una alianza dispersa de estadunidenses que se sienten traicionados por los políticos, victimizados por un mundo cambiante y cautivados por la insurgencia de Trump”.

Insurgencia basada en demagogia pura y dura. Demagogia como echarle la culpa de los problemas económicos y de inseguridad a los migrantes indocumentados, en particular a los mexicanos. “Ya no dejaremos que se aprovechen de nosotros”, grita el payasito. ¿Y quiénes son “nosotros”? No lo dice, pero está implícito: los anglos, blancos y protestantes, los primeros que llegaron a América, los que fundaron esa nación y ahora ven, con mucho miedo, cómo van perdiendo la batalla demográfica contra los hispanos, morenos y católicos. Y esos, para ellos, no son americanos auténticos. En el mejor de los casos son unos oportunistas. En el peor, una bola de delincuentes que azotan a las comunidades e importan drogas.

Puras tonterías. Pero este discurso está teniendo una gran resonancia en esa coalición de miedosos y frustrados. Trump, por eso, ha propuesto un plan para remediar a una nación que, según él, ha sido victimizada: “deportar a todos los inmigrantes indocumentados, confiscar el dinero que esos inmigrantes intenten mandar a sus hogares y negarles la ciudadanía a sus hijos nacidos en territorio estadunidense”. Además, construir un muro a lo largo de toda la frontera con México y hacer que los mexicanos lo paguemos. Y no se trata de castigar sólo a los mexicanos de allá. También a los que vivimos acá porque nos estamos “robando” los empleos de los estadunidenses. Trump propone un proteccionismo ramplón: ponerle un arancel de 30% a los coches producidos en México para que, según él, la Ford regrese sus armadoras a Estados Unidos. Como si no existiera un Tratado de Libre Comercio, que es una ley aprobada por el Congreso de su país. Demagogia pura.

En su artículo, Osnos cita la biografía que publicó Trump en 1987 titulada The Art of Dealing: “Yo juego con las fantasías de la gente […] la llamo hipérbole verídica. Es una forma inocente de exageración —y una forma muy efectiva de promoción”. Me temo que le está funcionando. Mucha de la basura de odio que promueve es exactamente lo que quieren escuchar los miedosos y frustrados. “Entre más complicado es el problema, las demandas se tornan más simples”, dice el gran politólogo, experto en temas electorales, Samuel Popkin: “cuando la gente se siente frustrada e irritada, quieren cortar el nudo gordiano”. De eso viven los políticos demagogos y racistas: nada de complejidades, únicamente soluciones simplonas, sin pies ni cabeza, como sembrar el odio en contra de las minorías.

Twitter: @leozuckermann

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